Conversación en Princeton. Con Rubén Gallo, es un libro ameno, cercano, claro, que deja fijados los temas generales de algunas novelas de Vargas Llosa –como Conversación en La catedral y La fiesta del chivo- donde aborda el tema de las dictaduras en América Latina, luego su visión sobre la democracia, la libertad de expresión y el problema del terrorismo. Se trata de un libro “artesanal” en el sentido de una confección de un curso donde se entremezclan la parte académica con la parte coloquial, esa que introduce al lector a la mente del autor y a su modo de trabajo, es como entrar en el taller de un artesano que explica cómo realiza sus piezas, cuál es el material del que parte y cómo va armando la obra que, después, será no sólo como el mueble útil, sino la obra de arte que, además de funcional, es estético: cumple la función de atrapar la admiración de quien la observa.
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El tema es político más que académico, por ello mismo su lógica es como la de un rizoma, en el sentido deleuziano, se le puede entrar por cualquiera de sus partes; no es la lógica del a, be, ce, sino la de equis, ye, zeta, infinito, equis prima. Es en estas conversaciones con Rubén Gallo y con los alumnos de esos cursos en Princeton –inclusive con Philippe Lançon, uno de los sobrevivientes del ataque terrorista islámico al semanario Charlie Hedbo en 2015- donde Vargas Llosa puede mostrar la parte interna de la dinámica de un escritor, de un político fracasado –como él mismo afirma allí- y de un apasionado por las letras, la democracia, la tolerancia y el humor.
Hay muchas partes de reflexión que van más allá de analizar las novelas mencionadas y las dictaduras a que hacen referencia (la de Odría en el Perú y la de Trujillo en Dominicana). Y una de esas partes tiene que ver con su campaña presidencial cuando contendió con Fujimori –y perdió- en 1990. Cuenta su experiencia en términos sucintos: en política no son las ideas lo que prevalece, sino la retórica y los eslóganes de campaña, sobre todo los ataques y las calumnias.
Fue una campaña perfecta y demoledora, que funcionó como ellos esperaban que funcionara. Cuando empezó la campaña las encuestas de opinión me colocaban en primer lugar, pero poco a poco la campaña de desprestigio fue erosionando mi posición. Un día anunciaron de la nada: «El primer día de gobierno de Vargas Llosa despedirá a quinientos mil empleados públicos». Yo nunca dije algo parecido ni tenía idea de dónde habían sacado esas cifras, pero la gente se lo creía y a mí me preguntaban por la calle: «¿Pero por qué va usted a despedir a medio millón de personas el primer día de gobierno?» (Vargas Llosa, Conversación en Princeton. Con Rubén Gallo, Alfaguara, México, 2017: 205).
Claro que esto –que en sociedades de larga tradición democrática se conforma de manera sutil- en una sociedad dictatorial o de poca formación democrática es pan cotidiano. Tiene éxito en sociedades donde hay arbitrariedad, donde el estado de derecho está sólo en el discurso y en las leyes pero no en la realidad ni en la cultura política; en suma, en sociedades donde la democracia es sólo un nombre o, bien, donde se han pervertido y secuestrado a las instituciones democráticas y de interés público para ponerlas al servicio de un proyecto de grupo o de facción, como muchos analistas coinciden en que ocurre en Puebla actualmente. Ese puede ser uno de los escenarios para el presente proceso electoral, máxime cuando el grupo dominante está en riesgo de perder el poder con el que se valieron para enriquecerse y para pervertir a sus comparsas.
De ahí la importancia de la libertad de expresión, de decir las cosas con holgura, incluso con ironía, con humor (y hasta con negro humor). En Puebla tendremos la oportunidad de medir si la libertad de expresión corre de manera ordinaria o si se subordina al poder y al dinero en vistas de favorecer a sus alfiles. Una vez que se definan las candidaturas –o que se vayan perfilando- tendremos oportunidad de ver lo que representan y lo que buscan. Veremos trayectorias, historias, formas de ser y de hacer, y con ello fisonomías políticas. Cosas vederes, Sancho.
Luto en la arquidiócesis de Puebla
El viernes pasado por la tarde, un grupo de amigos platicábamos con don Manuel Díaz Cid sobre diversos temas y salió el de don Rosendo Huesca, el obispo emérito. Tengo que platicar con él -dijo don Manuel-, tenemos una plática pendiente. No sé si lo logró, el obispo emérito murió en la madrugada del sábado, de acuerdo al dato que difundió la arquidiócesis, a las 3.00 horas. Su largo episcopado, sin duda le hizo conocer muchas cosas de la Iglesia y del Estado, y en general de Puebla, de la conferencia episcopal mexicana, de Roma y de muchas otras cosas. Es muy pronto para definir su herencia en el sentido eclesial, intelectual y/o social, pero sin duda será importante acceder a ella en beneficio del pueblo creyente. El documento de Puebla de la CELAM y la visita del papa Juan Pablo II en el 79, sin duda marcaron el horizonte de su episcopado y la manera de entender su acción pastoral. Descanse en paz, un abrazo al pueblo católico y nuestra oración en comunión.