La salida de Margarita Zavala de las filas del PAN probó que dos egos no caben dentro de las tres letras de esa organización. Eso evidencia el tamaño de los intereses de ella y Ricardo Anaya.
Así ocurre en las luchas por el poder. En ninguno de los dos cupo la prudencia, la humildad o la disciplina. Un refrán africano dice con toda razón: “Cuando dos elefantes pelean, el que pierde es el pasto”.
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Y su partido, en este caso, quedó sumamente dañado, justo cuando más urgido está de la unidad. Hay que decir que los dos han hecho contribuciones generosas para el sacrificio partidario. Cargan a cuestas ambos pesadas cargas que se nutren de su ambición. Y su partido quedó abajo, maltrecho, muy por debajo de sus intereses.
Anaya marchaba con un desbordado triunfalismo hasta que las revelaciones de su discutible fortuna lo derrumbaron. Eso abrió fisuras que se convirtieron en grietas en la estructura panista.
En cuanto a Margarita, soy de los que piensan que sus credenciales son sumamente pobres para la dimensión de la presidencia. Su trayectoria ha sido gris antes, durante y después de la presidencia de su esposo.
No existe nada para recordarla como una política con cualidades o compromiso social sobresalientes. En su currículo no figuran las grandes ideas, aportaciones brillantes en la lucha legislativa, algún acento especial en su tarea como primera dama, y tampoco una inteligente o aguerrida postura como aspirante presidencial.
Por decir algo: los zapatos de Conchello o Castillo Peraza, dos conspicuos panistas, le quedan notoriamente grandes a esta respetable señora de cabellos largos.
Digámoslo con franqueza y lejos de cualquier antifeminismo ramplón: para los mexicanos no existiría si no fuera la esposa de Calderón.
Dicho de otra manera: casi invariablemente al mencionarla, todos deben vincularla a su marido. Y esto, la verdad es de una pobreza franciscana para ocupar la presidencia del país.
Hoy, irá independiente dejando tras de sí al PAN,… o lo que queda de este. Ahí en el blanquiazul sigue la carnicería, con personajes de no mejor catadura de los que ahora riñen y le dejan sus deplorables marcas.
Dos ex presidentes del país de ese establo –así se dice en el box-, Fox y Calderón, ambos con el sueño de una reelección dinástica pero en la figura de sus consortes, no son del todo ajenos a la debacle panista.
Sus correligionarios se los reprocharán.
Otra Margarita fue noticia este fin de semana en el plano doméstico poblano.
Murió doña Margarita Alcalá, conocida en el medio periodístico solamente como “Doña Mago”. Una mujer dedicada toda su vida al noble trabajo de vender periódicos y revistas.
Pero en la práctica, rebasó con mucho la modestia de su quehacer y se convirtió en una dama sensible y solidaria con todos los periodistas, desde su eterna trinchera en el puesto del Portal Juárez y esquina con la 2 Norte.
En el auge de la noticias impresas, los tiempos del papel, Margarita sabía muy temprano cada mañana qué diario traía las notas o comentarios trascendentes; qué columna contenía oro informativo; qué político cometía torpezas y cómo sería tratado al día siguiente en los medios.
Desarrolló un olfato excepcional. Daba tips a los reporteros y fotógrafos, sabía todos aquellos secretillos que no se publicaban en los medios; conocía de antemano las agendas públicas o privadas de los hombres del poder y los periodistas; guardaba una lealtad admirable con el gremio periodístico, por eso todos la tratábamos con cariño y respeto.
Ese termómetro político que poseía, le permitía emitir juicios certeros y severos contra los políticos ante sus amigos periodistas; y acostumbraba también decir sus verdades de modo discreto a las figuras públicas que la saludaban.
Sus relaciones, sus antenas, su aguda observación de la cotidianidad política, le permitía saber dónde eran las conferencias de prensa mañaneras de cada día, qué política había estado dónde y con quien; quién había mandado a comprar todos los ejemplares de “Proceso” o “Reforma” para que no circulara equis información. Pero, con discreción suma, a uno que otro amigo-amigo, le guardaba esos ejemplares.
Y uno pasaba a recogerlos con cautela, un poco más tarde.
Mujer trabajadora absolutamente todos los días del año. Su día comenzaba poco antes de las seis de la mañana, con lluvias, truenos, relámpagos o temblores. Era parte imprescindible del zócalo poblano. Su puesto, ahí en la contra esquina del Salón de Protocolo, era una suerte de santuario para el gremio de los periodistas.
La vamos a extrañar, pero sobre todo la vamos a recordar siempre, porque era un eslabón importante en la vida y el quehacer de los periodistas en Puebla.
Descanse en paz, mi amiga DOÑA MAGO, así, con mayúsculas.