Una vez más. En la elección presidencial de 2018, volverá a germinar el semen priista que indeleblemente López Obrador lleva adentro de él. Cosa que no puede ocultar, aunque ahora se arrope con el disfraz de Morena, como 2006 y 2012 se abrigó con el disfraz del PRD, que hoy estigmatiza y desprecia.
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Faltando menos de tres meses para que se inicie oficialmente el proceso electoral más importante del país y un año para que sea electa la persona que ocupe la presidencia de la república durante el sexenio 2018-2024 y cuando todavía los partidos políticos no designan a sus respectivos candidatos, se puede asegurar que el triunfador será el PRI y la derrota, por tercera ocasión, corresponderá al eterno candidato presidencial, Andrés Manuel López Obrador.
Anticipar otro fracaso electoral más, de AMLO, no es predecir mal su futuro político inmediato, ni expresar tampoco animadversión contra él, ni contra su terca ─pero legítima─ intención de ser presidente de la república. Su derecho a equivocarse, cuantas veces se le ocurra y pueda, es tan inalienable como respetable.
Simplemente se trata, esta vez, de analizar, con objetividad, los resultados obtenidos por el Movimiento de Regeneración Nacional en las elecciones del 4 de junio en Veracruz, Coahuila, Nayarit y, particularmente, en el Estado de México, que con una población estimada para 2017 ─por el Consejo Nacional de Población─ en 17 millones 363 mil 387 habitantes, es la entidad federativa más poblada del país y, por consiguiente, con el listado nominal de mayor peso específico en el territorio nacional. Once millones 313 mil 282 electores.
De esas 4 entidades federativas, fue en el Estado de México, donde Morena obtuvo su mejor y más alta votación, aunque ésta representa apenas el 16.61% de los electores registrados en el listado nominal y el 30.95% de los votos emitidos el 4 de junio. La candidata del partido político usufructuado por López Obrador, Delfina Gómez, perdió la gubernatura ante el priista Alfredo del Mazo III, por una diferencia de168 mil 900 votos.
Si López, haciendo caso omiso de su conocida arrogancia y su carácter autoritario, hubiese convocado a los dirigentes de su ex partido político ─el PRD─ a formalizar una alianza electoral entre éste y Morena, sobre la base de un programa de gobierno de izquierda bipartidista, que incluyera la asignación equitativa de los cargos públicos de primer nivel y un candidato común, designado democráticamente por los militantes de ambos partidos, la morenista Delfina Gómez hubiera triunfado con una diferencia de más de 900 mil votos.
Pero la alianza Morena-PRD, aunque necesaria para democratizar el ambiente político del Estado de México y poner fin a 88 años ininterrumpidos de la hegemonía caciquil del PRI, que data desde 1929, no fue posible porque Andrés Manuel López Obrador no acepta alianzas ni coaliciones políticas que pongan en peligro su eterna y anacrónica candidatura presidencial. No es partidario de la democracia, sino del sometimiento y subordinación a su persona y a lo que él dice, decide y hace o deja de hacer. No existe otra opción, más que acatar su voluntad con sumisión y obediencia.
Al negarse a formalizar una alianza entre Morena y el PRD, en igualdad de condiciones y circunstancias, para que ambos partidos políticos participen, unidos y con un candidato común, en la elección presidencial de 2018, López Obrador, se convirtió, automáticamente, en el factor que asegura desde ahora, con un año de anticipación, el triunfo del PRI.
Independientemente de la calidad personal de quien sea su candidato. Llámese Miguel Ángel Osorio, Luis Videgaray, José Narro, José Antonio Meade, Aurelio Nuño o Perico de los Palotes.
AMLO cometió el error de declarar, sin consultar la opinión de los militantes de Morena y cuando todavía no se conocía el resultado oficial de la votación, que él no aceptará una alianza con el PRD con vista a la elección presidencial de 2018, ni con ningún otro partido, que no sea el mafioso y servil PT, sin darse tiempo a percatarse que si Morena, con el millón 879 mil 426 sufragios que obtuvo en las urnas, y el PRD, con el millón 87 mil 608 votos que logró, se hubieran coaligado oportunamente, habrían conseguido, sin dificultad de ninguna índole, la gubernatura mexiquense.
De esta manera, tal como sucedió en las elecciones presidenciales de 2006 y 2012 y sino ocurre un milagro, también sucederá en la elección de 2018, López Obrador, será el único y absoluto artífice de su tercera derrota.
Con lo que vuelve a demostrar que el peor enemigo de Andrés Manuel López Obrador, es el propio Andrés Manuel López Obrador.
Las cuentas alegres del líder del PRI Enrique Ochoa Reza
El domingo 4 de junio, en la noche, cuando el cierre de casillas todavía no cumplía tres horas de haberse efectuado, el presidente del comité ejecutivo nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, anunció que el PRI logró triunfos muy positivos en la jornada electoral de ese día.
Si en la elección homóloga anterior, de 2011, el entonces candidato del PRI, Eruviel Ávila, obtuvo 3 millones 18 mil 588 votos, con un listado nominal compuesto por 10 millones 555 mil 669 electores y ahora, en la elección de 2017, Alfredo del Mazo III, con la ventaja que le representa ser familiar del presidente Enrique Peña Nieto, a duras penas y a pesar de los votos que le acarrearon los partidos comparsas del PRI, Verde Ecologista de México, Nueva Alianza y Encuentro Social, logró captar únicamente 2 millones 48 mil 325 votos, de un universo de 11 millones 313 mil 282 potenciales votantes, es absurdo que se le haya ocurrido autoproclamarse candidato triunfador, cuando de haber enfrentado a su adversaria de Morena, en igualdad de condiciones, o sea sin acumular la votación de los partidos aliados, habría sido derrotado por Delfina Gómez de manera contundente e irreversible.
Es una estupidez, que se le haya ocurrido al líder supremo del PRI, Enrique Ochoa Reza, proclamar que su partido logró un triunfo “muy positivo” en el Estado de México, cuando el resultado electoral de 2017, reporta que ese partido político obtuvo 970 mil votos menos que en 2011, no obstante tener ahora 757 mil 613 electores más que hace 6 años.
La exsecretaria general del comité ejecutivo nacional del PRI y aspirante a la candidatura presidencial en 2018, Ivonne Ortega, en sentido opuesto a la declaración de Ochoa, admitió que su partido ha perdido competitividad.
Mientras que en una actitud, de arrogancia desbordada, Enrique Peña Nieto ─o Peñita como, cariñosa o burlonamente, le llama una colaboradora del periódico Reforma─, Alfredo del Mazo III y el gobernador mexiquense, Eruviel Ávila, instalados cómodamente en un salón de la residencia presidencial de Los Pinos, celebraron el triunfo electoral del primo del primer mandatario de la nación, exclamando, llenos de júbilo, ¡ya la hicimos!
Por qué celebrar anticipada y estridentemente un triunfo pírrico, que tiene un penetrante tufo a derrota. En vez de demostrar que se tienen las agallas y honestidad necesarias para efectuar un ejercicio de autocrítica que le permita al PRI detectar y, sobre todo, corregir los errores, las deficiencias y las corruptelas en que pudieron incurrir, durante sus respectivos mandatos, gobernadores como Emilio Chuayffet, César Camacho, Arturo Montiel, Enrique Peña y Eruviel Ávila.
De entrada, también, se darían cuenta que explotar la necesidad de las personas económicamente vulnerables y corromperlas al obsequiarles, con un marcado interés electoral, computadoras, pantallas, tinacos, becas y ofrecerles salarios color de rosa, entre otras dádivas más, ya no funciona. Porque ya no produce votos como antes. Porque si los produjera, Alfredo del Mazo III, hubiera triunfado con el 80 o 90% de la votación y no con el minoritario 33.69% que con gran dificultado logró.
Las causas más visibles del triunfo-derrota del PRI en el Estado de México, el PRI nacional las puede encontrar en la creciente inseguridad pública, que por ineficacia de los gobiernos priistas, se vive en toda la entidad federativa y particularmente en los municipios de Ecatepec, Nezahualcóyotl Ixtapaluca, Chalco, Chimalhuacán, Tejupilco y otros. También las puede localizar en la infinidad de femenicidios que se cometen cotidianamente, en el desempleo, en la pérdida del poder adquisitivo de la clase media y baja, en el irrefrenable encarecimiento de los bienes de consumo cotidiano, en los servicios públicos de mala calidad y en la relación mafiosa de gobernantes con empresas constructoras como OHL el consorcio Grupo Higa.
Lo único que le falta al PRI para tratar de recuperar la confianza popular, si acaso la hubo alguna vez, es corregir la conducta de los gobernantes que emanaron de sus filas.
Los mexicanos estamos cansados de soportar ejemplares como Javier Duarte, Roberto Borge, César Duarte y porque no decir también del presidente-espía Enrique Peña Nieto y otros especímenes de la misma ralea.