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OPINIÓN

Sísifo mexiquense: la difícil marcha democrática en el Edomex

Pluralidad de fuerzas políticas. Campañas con figuras nacionales. Jóvenes, incidencia y desinterés.

Miércoles, Mayo 24, 2017

Tal como el mito griego del rey Sísifo que fue condenado eternamente a subir una piedra por una ladera empinada, pareciera como si la sociedad mexiquense se enfrentara cada seis años con la pesada tarea de elegir un gobernante. En esta ocasión, la loza que carga una de las entidades más importantes de país viene acompañada de lastres que la hacen casi inamovible: inseguridad, desempleo, corrupción, y una larga serie de vicios públicos y privados que hunden las posibilidades de mover un ápice esta roca llamada democracia.

Dadas las condiciones actuales en las que se desarrolla la competencia política por el Estado de México, es fácil advertir que en el fondo los cambios más importantes no se dan en el discurso de los actores políticos, sino en la percepción del ciudadano de a pie quien empieza a observar que su voto sí es útil para activar mecanismos de rendición de cuentas hacia los partidos políticos en el gobierno. Por aventurada que suene la afirmación anterior, hay indicios que apuntan a que la de este año será la elección más competida de la que se tenga registro en el estado, no tanto por la calidad de los contendientes sino porque es una prueba para el partido en el gobierno dados los resultados y las deudas que tiene de cara a la sociedad.

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Sin ánimo de entrar en una reflexión amplia acerca de las propuestas y plataformas de cada uno de los candidatos, es pertinente un breve acercamiento al contexto en el que se desarrolla el proceso electoral mexiquense, ya que ofrece vetas interesantes por explorar y de este modo conocer algunas de las características más reveladoras de ciertas condiciones socio culturales que hacen de ella la “joya de la corona”.

Un primer elemento a tomar en cuenta es que desde el año 2000, el Edomex ha ido rompiendo paulatinamente con la imagen del partido hegemónico o dominante, pues es a partir de ese año que se viven múltiples transiciones municipales reconfigurando el mapa político-electoral, mismo que a la fecha presenta un colorido inimaginable hace tres décadas. Esto supone un giro para limar la noción que desde otras entidades se hace sobre el estado, pues aún y cuando en el Poder Ejecutivo local no ha gobernado otro partido político, la pluralidad partidista es un fenómeno dinámico y pujante que cada tres años se hace presente en las elecciones para ayuntamientos y el congreso estatal.

Esta realidad ha estado ausente en varios de los análisis que nutren las columnas de opinión de diversos medios pues la coyuntura de los comicios para elegir gobernador acapara la atención, dejando de lado el mosaico municipal que retrata ya no el dominio de un actor, sino la presencia real de fuertes polos de oposición electoral que dan la oportunidad a otros partidos de competir por el Palacio de Gobierno. Desde esta perspectiva, la elección de este año es el reflejo de un estado en el que prácticamente todas las fuerzas políticas nacionales tiene representación –cosa que no ocurre en otras entidades- con la diferencia sustancial de que los llamados “partidos pequeños” (Movimiento ciudadano, PVEM, NA, PES) necesitan ir en alianza para lograr colocarse en el juego.

Otra consideración de relevancia está relacionada con el cambio sutil pero significativo de la manera en cómo se hace campaña en el Edomex. Más allá de los esquemas tradicionales de eventos masivos –con su respectiva dosis de acarreo-, entrevistas en radio, televisión o prensa escrita, lo que se ha apreciado es que, salvo la candidata independiente, el resto de los candidatos ha requerido del apoyo de figuras nacionales para tratar de apuntalar su imagen frente al electorado mexiquense. Esto podría pasar desapercibido ya que es una práctica común en otras latitudes, salvo por el hecho de que revela que a nivel local ningún instituto político cuenta con liderazgos regionales que por sí solos sean capaces de convencer a la ciudadanía y lograr una campaña efectiva. La falta de cuadros políticos debe ser un foco de atención para los partidos porque mina sus posibilidades de competencia al tener que presentar candidatos desgastados, con bajos índices de popularidad o credibilidad que, aún contando con cierta experiencia de gobierno, ya no son credenciales suficientes para presentarse a una ciudadanía mayormente desinteresada en los asuntos públicos.

En ese orden de ideas se distingue una alta influencia de lo que acontece a nivel nacional en esta elección. En efecto, los escándalos de corrupción que afectan a todos los partidos, los desacuerdos por temas socialmente espinosos, la disputa por el control de los institutos políticos y el flujo de recursos correspondiente, aderezan la disputa por el estado con el mayor presupuesto de la federación. Bajo ese marco, se entiende que el interés del Estado de México destaque por encima de otros comicios locales que se llevarán a cabo el mismo 4 de junio.

Un tercer ingrediente de este proceso electoral es el impacto que ha tenido en el ánimo de los mexiquenses más jóvenes el contenido reproducido en las redes sociales. La innegable presencia de estos medios en lo político sirve como un termómetro de lo que este sector opina acerca de la renovación del ejecutivo local. Si bien hay que tomar con la debida reserva todo lo que se expresa a través de dichos canales de comunicación, no se puede obviar que para aquellos menos informados o que no cuentan con otras fuentes para formar un criterio robusto, los mensajes ahí transmitidos se vuelven parte de su concepción personal de la política. En el contexto del cambio de gobernador, es interesante observar el comportamiento de los jóvenes -quienes son, casi por excelencia, asiduos usuarios de las redes sociales- ya que es este sector el que se siente menos atraído por la elección.

 

Los debates organizados por la autoridad electoral son un claro ejemplo de lo anterior. El seguimiento a los temas del momento dio cuenta de que la mayoría de las opiniones acerca de los candidatos no versaba sobre sus propuestas sino en la descalificación personal, el ataque en grupo hacia uno o varios contendientes, la burla o, en un extremo, la amenaza velada en contra de quien manifestara su apoyo por algún partido político. En ese tenor, si bien la tecnología ha permitido una mayor integración e interlocución social, no necesariamente ha traído consigo una mejora en la calidad del debate público mexiquense.

Al refractar las percepciones personales, las tecnologías de la información y comunicación modernas son también un espacio en el que toma forma la cultura política. No obstante, si se acerca la mirada, será evidente que ello no trastoca los cimientos sobre los que se sostiene buena parte de la opinión pública. Esto quiere decir que el tono que magnifica lo que se comenta en esas arenas, no necesariamente es lo que el ciudadano común asimila como parte de sus insumos para cualificar a un candidato, especialmente si éste tampoco cuenta con un arraigo que le permita visibilizar una faceta distinta a la que sus opositores manejan en las redes sociales.

 

Esto último lleva a la cuarta consideración sobre los comicios mexiquenses. Si la mayor parte de la ciudadanía no suele abrevar de los ríos de comentarios que se vierten en internet, sino que atiende a factores de cercanía política, identificación partidista, o incluso tradición social, es factible suponer que las mediciones realizadas en últimas semanas pueden no detectar el verdadero sentido del voto. Aunado al descrédito de ese tipo de ejercicios derivado de sus fallas metodológicas en recientes jornadas electorales en México, se obliga una reconsideración profunda de éstos como indicadores fiables de lo que se puede esperar el día de la elección. 

 

Y es que como se ha dicho, no es suficiente con atender a un dato duro para anticipar algo que de suyo es más complejo de lo que aparenta. Independientemente de los negativos o positivos que pueda tener un candidato, lo cierto es que el elector del Estado de México es pendular y oscila entre la apatía moderada o el rencor exacerbado. Incluso en escenarios competitivos –como la elección a gobernador de 2005 en la que resultó ganador el actual Presidente de la República- la decisión final atraviesa por múltiples dimensiones que no siempre están sujetas a lo políticamente correcto o lo estadísticamente previsible.

 

La leyenda griega a la que se hizo referencia al inicio de este texto dice que el esfuerzo de Sísifo por subir la piedra en la colina siempre resultaba infructuoso pues, antes de llegar a la cima, el monolito se hacía tan pesado que lo obligaba a retroceder hasta el punto de partida.  Quizás la democracia mexiquense se encuentre en situación similar ya que aún con condiciones para elevar su calidad (entiéndase experimentar la alternancia, ampliar la deliberación pública, informar apropiadamente a la ciudadanía), los lastres que arrastra son anclas que parecen no abonar a aligerar su carga. En todo caso, el 4 de junio se sabrá si el Sísifo mexiquense rompe con su condena o permanece en ella. 

[El autor es doctorando en Ciencias Sociales y Políticas en la Universidad Iberoamericana campus Ciudad de México]

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