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Sartori, ese Quijote del lenguaje | Bernardo Aguilar Rodríguez
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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Sartori, ese Quijote del lenguaje

Jueves, Abril 27, 2017

El sentido fallecimiento del politólogo y sociólogo italiano Giovanni Sartori (1924-2017), ha desdoblado una serie de reflexiones en torno a su prolífica obra de la cual varias generaciones de científicos sociales y público en general podrán, sin duda, seguir abrevando para cultivar una mirada crítica a la formación de las sociedades contemporáneas. Más allá de una remembranza de clásicos como Partidos y Sistemas de Partidos (1980), La Política (1984), Teoría de la democracia (1988), Ingeniería Constitucional comparada (1994), entre otros, en este texto se sugiere un abordaje general de cómo a través de sus escritos, el florentino se preocupó vehemente por nutrir y preservar la importancia del lenguaje como vehículo civilizatorio por excelencia que se ha visto vulnerado recientemente por los avances tecnológicos de nuestro tiempo.

Una de las ideas centrales de Sartori sobre el uso del lenguaje es que éste caracteriza y distingue al hombre del resto de las especies. En efecto, dada la capacidad de comunicar a través de “palabras que refieren a abstracciones”, el ser humano trasciende la vida animal, instintiva, y se ubica en una dimensión mucho más compleja. Así, desde la tradición oral pasando por la imprenta hasta llegar a los medios digitales, la palabra es el medio que acerca a los individuos haciéndolos agentes de una socialización de múltiples contenidos que, en el fondo, reafirman la vocación universalista del lenguaje.

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Ante este hecho, el italiano advertía (Homo videns, 1997) que el manejo irreflexivo de los nuevos medios de comunicación –especialmente los audiovisuales como la televisión y el internet- podían llegar a ser una amenaza para el lenguaje mismo al vulnerar los mensajes que llegarían a un público que, ajeno a la construcción semántica de los discursos, no sería capaz de cultivar o privilegiar el lenguaje escrito reemplazándolo por imágenes vacías, de un contenido masificado pero cualitativamente empobrecedor para el público.

En ese sentido, la recuperación del valor de la palabra escrita se vuelve un imperativo de las sociedades contemporáneas puesto que a través de ella se pule la habilidad humana de transmisión de ideas y, sobre todo, de realidades. Como lo describía Sartori (La política, 1984), lo que aprendemos del mundo que nos rodea pasa por varios filtros de los cuales la expresión verbal o escrita es la que cristaliza el potencial humano de abstracción. Ejemplo de lo anterior fue el cúmulo de conocimientos que se generaron en la Grecia clásica con la filosofía, cuya base no puede comprenderse sin una referencia a las palabras que denotaban y connotaban aquello que los pensadores querían conocer o explicar.

Así, saber decir implica saber pensar; y es que para que una persona logre transmitir con claridad sus ideas es requisito que cuente con un bagaje suficiente de conceptos previamente abstraídos –es decir, aprehendidos de la realidad- cuyo trazo gráfico o voz –esto es, hecho palabra escrita o hablada- sintetice la articulación de mente y espíritu. Dicho de otro modo, los saberes dotan al sujeto de una capacidad casi ilimitada de comprensión de su propia existencia.

Por otro lado, en virtud de ser de uso cotidiano, el lenguaje suele estar contaminado de apreciaciones sociales que lo han deconstruido, dejando significados y signficantes prácticamente al arbitrio de quien lo ocupa. Este nuevo Babel (Cómo hacer ciencia política, 2011) representa un reto para quienes estudian y pretenden darle sentido a la vida social. En efecto, la diversidad generada en el seno de una comunidad que permite un relativo e indiscriminado empleo de las palabras, termina por no encontrar asideros comunes que identifiquen a sus integrantes; aún más, se crean espacios con códigos lingüísticos específicos que atomizan y, en casos extremos, polarizan a la sociedad.

Dentro de este proceso de "segregación por el lenguaje", los medios de comunicación juegan un papel trascendental. Y es que, como apuntaría el florentino, por medio de ellos el individuo comienza a elaborar nuevos patrones que condicionan su quehacer a una suerte de dependencia mediática. Sea por medio de la radio, la televisión o la prensa y más actualmente el internet, los contenidos emitidos carecen en su gran mayoría de arquitecturas conceptuales abstractas, profundas, reproduciendo cada vez más mensajes vacíos y modelando con ello mentes incapaces de reflexionar a partir de una realidad propia.

Lo alarmante de ello no radica en el hecho de que sea un fenómeno que no pasa desapercibido -según Sartori (Homo videns, 1997) el éxito de los medios modernos de comunicación es precisamente su grado de visibilidad y por tanto su alcance social-, antes bien, pareciera como si en cierto modo los sujetos se conformaran con ese estadio semejante a un trance del cual no desean salir. Al no existir voluntad alguna para modificar el curso de las cosas, las sociedades pierden oportunidad de comunicar(se) alentando el consumo de imágenes y representaciones que adolecen de esencia.

Los riegos de una sociedad enajenada se aprecian con facilidad: generaciones que ya no sienten el interés por la lectura sino que buscan la comodidad en lo visual; niños y jóvenes enfrentados a modas lingüísticas desprovistos de un piso mínimo para expresarse correctamente; o, peor aun, escasez de reflexiones de alto nivel al no hallar referentes en su limitado vocabulario para externar una idea compleja. Las consecuencias no pueden ser menos que fatales.

Si en la antigüedad el esmero colectivo consistía en fundar identidades sociales basadas, en primera instancia, en el reconocimiento de una lengua propia y con ello garantizar su trascendencia temporal y espacial, en nuestros días dicho anhelo se ha diluido en un mar de cambios vertiginosos que empiezan por inhibir el florecimiento del pensamiento autónomo que requiere, como se ha visto, un lenguaje sólido y robusto.

Desde esa perspectiva, la férrea defensa que Sartori hizo al lenguaje como vehículo simbólico de evolución humana, merecer ser recuperada en estos momentos en los que la llamada "aldea global" se compone de muchas tribus dispersas y desconectadas, incapaces de voltear la mirada a lo más esencial de toda sociedad: cómo interactúa y se comunica sus ideales, sus valores, su esencia. En la bamboleante dinámica contemporánea, no está de más hacer un alto para pensar si lo que se ha construido hasta el momento tiene cimientos lingüísticos y culturales sólidos o si, por el contrario, las palabras se reblandecen al mínimo contacto con las tendencias socioculturales que, en apariencia, auguran mejores escenarios de convivencia.

Tal como la escena quijotesca de los molinos de viento, de ese modo Sartori asumió una lucha frontal contra las pretensiones de una modernidad limitada que ha socavado los caminos de progreso, si bien no material sí en lo espiritual e intelectual. Al develar con una crítica mordaz cómo ciertos medios de comunicación fomentan ignorancias culpables en las personas y la irresponsable actitud de éstas por no buscar alternativas de contenidos, el profesor italiano se colocó a la vanguardia de una corriente de pensamiento cuyo objetivo, si se permite la expresión, es destruir lo deconstruido para volver a construir.

El rescate del lenguaje apenas fue una faceta de las múltiples tareas que llevó a cabo Sartori. Aunque los efectos de este incansable quehacer serán observables en medianos o largos plazos, es meritorio reconocer la agudeza mental que nos legó en sus obras misma que puede ser el punto de partida para un renacimiento de la erudición que, más allá de ufanarse con conocimientos enciclopédicos que mucho dicen pero poco explican, sirva para dar cuenta de una realidad que apremia orden en pro de una mejor civilización.

Referencias bibliográficas:

 

  • Sartori, Giovanni (2011) Cómo hacer Ciencia Política. Editorial Taurus. Madrid, España.
  • ______________ (1997) Homo videns. La sociedad teledirigida. Editorial Taurus. Madrid, España.
  • ______________ (1984) La política. Lógica y método en las ciencias sociales. Fondo de Cultura Económica. México, D.F.

 

[El autor es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública, así como maestro en Administración Pública y Gobierno, ambos por la Universidad Autónoma del Estado de México. Trabaja en el Instituto Electoral del Estado de México como asistente de consejero(a) electoral].

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