El discurso que pronunció don Manuel Díaz Cid el sábado pasado en el homenaje que le hicieron sus amigos, tanto de juventud como de diversas generaciones hasta la fecha, tiene una estructura que, también, debe leerse entre líneas. Y no porque no sea claro, sino porque las expresiones tienen su fuerza en la medida del mensaje dirigido a varios destinatarios. No es, por lo tanto, un mensaje unívoco, ni tampoco rayano en la equivocidad, es, más bien, como diría Mauricio Beuchot, un mensaje analógico: suficientemente claro para todos y suficientemente preciso para diversos receptores.
Llama la atención que haya citado la novela de Leopoldo Mendivil López, Secreto Vaticano, donde uno de los personajes, al estar en ese universo que es Roma, atina sólo a señalar: “Yo no inventé la realidad, sólo habité en ella”. Y luego el poema de Antonio Sánchez Díaz de Rivera sobre el “Cuento que te cuento lo que no debiera contar”.
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El primer mensaje es para salir del entrampamiento de las ideologías. Su vena es más de historiador y de analista: el proyecto Intermarium de los papas Pío XI y Pío XII para hacer frente y defender a los cristianos católicos de las persecuciones religiosas más allá de la Cortina de Hierro y luego en Alemania con el Nazismo. Y desde luego, la influencia de los jesuitas no sólo en ese proyecto paneuropeo sino también latinoamericano y mexicano. Su primer destinatario, así me parece y así lo entiendo, es la comunidad eclesial. De hecho en esto fue muy explícito, tanto el entonces arzobispo, Octaviano Márquez y Toriz, como el padre Figueroa, les enseñaron a esos jóvenes universitarios católicos que “nada sin el obispo”. Esta afirmación muestra a un Manuel católico que reconoce, tanto en ese tiempo como en el presente, su pertenencia a la comunidad de la Iglesia. Es un hijo de la Iglesia.
Un siguiente mensaje fue a la universidad pública (la BUAP), al explicar que convocó a una manifestación pública en abril de 1961 para protestar contra la traición de Fidel Castro a los católicos en Cuba (tanto al líder estudiantil José Luis Echeverría como al obispo de La Habana que lo había apoyado). “Nos sentimos traicionados y burlados por Fidel, dijo, cuando en 1960 declaró en la TV cubana: ‘He sido, soy y seré siempre comunista’.” Y esa es la razón fundamental de que los católicos universitarios y poblanos fueran convocados a esa manifestación.
“En el Manifiesto del FUA y en los discursos el tema fue, única y exclusivamente, el rechazo al comunismo castrista. Nunca nadie atacó a la Universidad o mencionó el Artículo tercero de la Constitución. Convoqué a la manifestación fuera de la Universidad, convencido de que nos asistía el derecho de la libertad de expresión y asociación, y que siempre habíamos respetado a quienes habían organizado manifestaciones de signo diferente.” Y luego corona esta expresión con un colofón: “como puede comprobarse con los documentos y declaraciones de aquella época.” Desde luego, este mensaje deberían, cuando menos analizarlo y comprobarlo, los ideólogos de la universidad pública para ver, ponderar y valorar si el aserto tiene sentido. Cuando menos como voz relevante de los disidentes y de los que no pensaban de acuerdo al canon oficial. Sería una pena que por cuestiones ideológicas –y políticas- la universidad pública no lo reconociera como uno de sus estudiantes más destacados.
Los siguientes destinatarios son los universitarios de la UPAEP: “Ese puesto nos lo hemos ganado porque todos nosotros, sin poner condiciones, respondimos al llamado por nuestra fe, por nuestro ideal marchamos en la primera fila desde 1956 hasta 1973,17 años, sin importar los riesgos, sabedores de que nos había tocado en suerte ser la generación de los tiempos violentos, con la firme esperanza de ayudar a construir los cimientos de una sociedad fundada en la libertad, el amor y la justicia.” Desde luego, el lenguaje no sólo alude a la historia pasada, sino al horizonte por venir, una basada en la libertad, el amor y la justicia. Creo que ese siempre ha sido su postulado docente, que sus alumnos no sólo conozcan la historia sino ejerzan valores y se comprometan con ellos.
Y un cuarto destinatario es el conjunto de militantes y exmilitantes del Yunque: “Sigo convencido de que no tenemos derecho a encadenarnos al pasado y que el futuro de México no puede estar en repetir una y otra vez los mismos errores cometidos.” No encadenarse al pasado. Y esta es una invitación y un clamor muy sentido por este hombre que mira con serenidad y objetividad la historia y el porvenir. Y todavía más, invita a tomar una disyuntiva:
“Nuestra disyuntiva está en rechazar el ser los últimos de ayer y aceptar ser los primeros de mañana.” Y mañana es este incierto siglo XXI, nebuloso, donde se juega en buena medida lo humano en los diversos ámbitos de la acción humana: la familia, la escuela, el trabajo, la calle y la política. Es una invitación bastante sensata de un hombre que no tiene ya intereses personales que obnubilen su visión, puede aconsejar con la mayor independencia y objetividad (como lo hace un viejo de 78 años).
Y luego remata con una conclusión por demás clara y contundente: “La verdadera tradición no consiste en venerar las cenizas sino en saber transmitir el fuego del ideal.”
En suma, plantea un dilema que no lo es tanto: o vivimos encadenados al pasado, o decidimos tomar el tren de nuestro tiempo, antes de que sea demasiado tarde. Su mirada cuando saluda, cuando abraza, cuando da una opinión o, como el sábado, cuando sabe que hay interlocutores capaces de escucharlo, va siempre en ese horizonte de heredar lo mejor que ha logrado a lo largo de su existencia, ahí, con su familia, junto a su mujer, sus hijas, sus yernos y sus nietos (faltaron sus dos hijos varones y sus familias que están en otras ciudades, incluso del extranjero): su ideal, el fuego del ideal.
Desde luego, pueden venir las objeciones, y la principal es si esto –no encadenarse al pasado, o venerar las cenizas, sino transmitir el ideal- no significa una traición a los “ideales fundacionales”. Como buen agustiniano que es don Manuel, no me cabe la menor duda que responda como el obispo de Hipona lo hizo cuando muchos grupos de cristianos se angustiaban de que Roma (la Roma cristiana) había caído. Lo veían esos cristianos del siglo V como el acabóse de la fe. Y san Agustín responde en la Ciudad de Dios: el cristianismo no es Roma. Roma cae, pero no el cristianismo.
Me parece que estos mensajes deben ponderarse con hondura y sinceridad. Con la conciencia de que un hombre como don Manuel, y como sus amigos, sobre todo de aquella época, lo han vivido y ponderado. Es un mensaje para quien quiera escucharlo.