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OPINIÓN

La democracia, una vía de acceso a la verdad y la justicia

Es preciso pasar de la democracia puramente electoral a la democracia madura y efectiva.

Ricardo Velázquez Cruz

Es abogado notario y actuario egresado BUAP. Diplomado en Análisis Político Escuela Libre de Ciencias Políticas de Puebla. Especialidad en Derecho Agrario UNAM; Maestría en Derecho Constitucional y en Juicio de Amparo UAT. 

Lunes, Abril 24, 2017

Si bien es cierto que la alternancia ha sido un instrumento democrático que ha aliviado las tensiones y que ha dado concreción a la diversidad política, el estancamiento económico y el deterioro social han puesto en evidencia la necesidad de replantearnos la funcionabilidad del sistema político, de introducir cambios que lo hagan más operativo o, incluso, la posibilidad de cambiarlo por un régimen parlamentario. Esta situación nos lleva a pensar que lo que se evidencia hoy en el país es más una profunda crisis del sistema presidencialista, que una transición real.

Entre las exigencias está también la desarticulación del corporativismo y la reestructuración de los partidos políticos. No es extraño entonces que todos los partidos políticos mexicanos presenten una aguda descomposición, evidente en casos de corrupción, crisis y divisiones internas, desvanecimiento de sus características ideológicas y programáticas, falta de representatividad y, lo más grave, la ausencia de credibilidad social.

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Su desvinculación social, es decir, la falta de representatividad efectiva, ha sido sustituida por la mercadotecnia política y el interés electoral, de ahí que proliferen las alianzas de partidos a conveniencia de las cúpulas directivas, pese a que las características de los partidos, sus programas, ideologías y proyectos sean opuestos. La disputa por el poder político se inscribe en una paradoja: un afán desmedido por alcanzarlo y una incapacidad creciente para ejercerlo.

El resultado es la confusión que hoy caracteriza la vida política nacional. La inseguridad pública es su más clara expresión y prueba evidente de que el Estado está fallando en la principal de sus responsabilidades. El panorama se complica si agregamos la confrontación constante entre Poderes, entre niveles de gobierno y con sectores sociales, económicos y políticos. Contrario a los discursos mediáticos, llenos de alusiones al desarrollo, a la estabilidad y a la justicia, la realidad mexicana se empeña en mostrarse plena de contradicciones, en desigualdades y carencias y, lo peor, sin conductos y liderazgos reales que impulsen el análisis razonado y el debate político de altura para pensar y reorientar esta realidad compleja.

Así entonces, nuevamente nos encontramos en un cruce de caminos. La decisión de cuál tomar no es fácil pues cualquiera de las vías está sembrada de riesgos, conflictos y sacrificios; ninguna es ese imaginario camino recto al bienestar, a la justicia y al desarrollo. Ese camino no existe pues cualquiera conlleva pérdidas y ganancias.

¿Qué hacer entonces? Aceptar la realidad y junto con la verdad exigir que los riesgos y el sacrificio tengan sentido; es decir, que conduzca efectivamente al país en conjunto, no sólo a grupos privilegiados, a los beneficios del desarrollo, a la equidad, a la seguridad y a la justicia. Este es el reto principal de la política con la sociedad; asumirlo implica en principio recuperar un valor que ha perdido: la honestidad, no sólo en cuanto su conducta ética sino también a la manera de dialogar con la sociedad pues implica cambiar la propaganda por la verdad y el compromiso social. Poner el diálogo en el centro de la democracia conlleva alentar la participación consciente e informada de la sociedad y pasar de la democracia puramente electoral a la democracia madura y efectiva. En otros términos: hacer de la democracia una vía para acceder a la verdad y  la justica.

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