El área de restauración del INAH sita en el ex convento Churubusco de la ciudad de México, semeja un moderno taller de alquimia mezclado con gabinete científico de mediados del siglo XIX. Suspendido del techo se encuentra la cabeza de un ---. En uno de los anaqueles laterales hay cuatro cráneos, uno de ellos original y tres reproducciones de sendos humanos ya olvidados. Una triada de grandes mesas de trabajo y un tapanco completan la escenografía. En este singular recinto, el mediodía del 18 de abril se extrajeron de sus correspondientes urnas los restos de los hermanos Serdán. En esta ocasión cinco personas formaban el equipo de restauradores (la dos Luisas, Andrea, Judith y Jorge), y dos fotógrafos. A tan importante acontecimiento fuimos invitados, en calidad de testigos, Aquiles Serdán Álvarez, descendiente de ellos, Juan Carlos, representado al ayuntamiento de Puebla y yo. El día estaba espléndido. Al estar todos en su correspondiente sitio asignado inició el proceso.
La primera fue Carmen, con desbordado profesionalismo el grupo de restauradores fue extrayendo los restos, un hueso aquí, un textil allá, un mechón de cabello. Las manos y ojos de los restauradores se detenían en cada uno de los restos para agruparlos según su origen anatómico. A la vuelta de unos minutos la osamenta tomó la forma humana. Resultó casi mágico ver salir de la urna los restos de una de las poblanas legendarias. Los breves comentarios entre los restauradores eran tan precisos y diligentes como sus manos. Su coordinación era coreográfica y exacta, un sincrónico ballet antropológico. La cámara fotográfica se accionaba constantemente, seguida a la par por la de video. Todos los testigos mirábamos atentos, pero ningún de nosotros con mayor concentración que Aquiles Serdán Álvarez. Cuando no hubo un hueso más en la urna, Jorge hizo el anuncio oficial: “de Carmen Serdán Alatriste se conservan estos y estos restos óseos, con estas y estas características”. Liberamos la contenida respiración y nuestras sonrisas quedaron veladas por los cubre boca que portábamos cada uno. Con la misma celeridad que colocaron los restos en la mesa, los restauradores los separaron en bolsas plásticas herméticas rotuladas: pie izquierdo, mano derecha, costillas, etc. Se limpió la mesa y acercaron la segunda urna.
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Máximo Serdán Alatriste apareció en escena. Fémures, costillas, patela, húmero, escápulas. “Le practicaron la necropsia”, aseveró Jorge al momento de juntar las partes de su cráneo. “Presenta un derrame sub meníngeo”, aseveró Luisa Mainou. Efectivamente, la copia de la autopsia contenida en el libro testimonial existente corroboró la apreciación de los restauradores. Al momento del anuncio oficial del contenido de la urna, Aquiles Serdán Álvarez lucía más cómodo y reposado con el procedimiento. Declarado el contenido de la urna nuevamente se repartieron en bolsas herméticas los grupos de restos. En ello el personal del INAH llegó con café y botellas de agua, lo que propició un breve descanso en los cuidados jardines del ex convento. Entonces habló Aquiles Serdán: “Es curioso, viendo los huesos de Carmen, recordé su dulzura de trato y la fortaleza de su personalidad. En cambio los de Máximo incitan mi curiosidad sobre lo que sentía en su corazón un joven como él”. Iba a decir algo más pero desde el taller nos indicaron que había llegado el turno de Aquiles Serdán Alatriste. Si esto fuese posible, la expectación fue creciendo a medida que salían de la urna sus restos. Recordé entonces la convicción de sus consignas y panfletos, la inquebrantable naturaleza de su carácter; la angustia que sentiría al saber que sus acciones patrióticas comprometía a su esposa e hijos, a su madre y hermanos. Cuando hubieron estado acomodados todos los restos óseas del héroe Aquiles Serdán Álvarez me comentó: “Ha sido muy fuerte para nosotros el legado de esta mujer y estos hombres. Para mi padre, más el de Aquiles. Siempre le preocupó cómo debía comportarse para honrar la memoria de su padre. Impone ser descendiente de unos héroes como ellos”. Mientras lo escuchaba pensé: “los huesos de sus antepasados están hablando a través de su boca”. No hay duda que la inmortalidad está hecha de palabras recordadas.