Estamos en el segundo periodo de exámenes parciales, de muchas maneras disertar sobre temas educativos debe ser hoy un tópico de interés nacional. Como muchos este también puede ser dimensionado y traspalado a otros ámbitos del quehacer profesional. La primera disertación tiene que ver con la pertenencia del aprendizaje, es decir, es el maestro el verificador del aprendizaje del alumno, esa es la función natural del examen. El maestro diseña un instrumento de evaluación que intenta medir, evaluar, avalar, ¿qué? entenderíamos que el aprendizaje, los conocimientos memorizados, la capacidad de resolución de problemas, ¿qué nos interesa saber a los maestros de los alumnos para considerar que ellos superan la prueba que les aplicamos? En su gran mayoría las pruebas no definen con claridad lo que están tratando de evaluar -porque no se evalúan los conocimientos sino las personas-, la forma de la prueba y la intensión con la que el docente la elabora nos puede decir qué es lo que le interesa saber del alumno y qué es lo que él entiende por aprendizaje. Como su nombre lo indica, los exámenes parciales parten el conocimiento total de la materia en cómodas mensualidades para el pago final, el examen ordinario.
Si entendemos que aprender significa repetir o responder una serie de datos específicos que hemos memorizado a partir de los apuntes o a partir de los libros, nos daremos cuenta de que nuestro aprendizaje es memorístico, acumulativo de información y aquí la pregunta es: ¿para qué nos sirve repetir eso, acaso es una ganancia que nos permita desenvolvernos con mucha más propiedad en un trabajo concreto? Normalmente no es así, tales exámenes se sustentan en la autoridad (el autoritarismo) del maestro que necesita confirmarles a los alumnos que él es el especialista en esos conocimientos que les impartió. La gran mayoría de los exámenes parten de un paradigma vertical de educación, son una forma unilateral de detener o dar paso a un alumno (a) que cursa la escuela. Si pensáramos en exámenes que midieran la modificación del comportamiento del alumno a partir del aprendizaje relacionado con los conocimientos, es decir, la utilidad concreta que supone, quizá lograríamos un concepto más horizontal de la educación, o menos vertical por decirlo de otra manera.
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Me parece que la mayor utilidad de los resultados de los exámenes debe ser para los alumnos, en el mejor de los casos ellos son los que pueden ser conscientes de la relación resultado-esfuerzo-comportamiento como eje donde ellos se reelaboran y vuelven a la carga para el siguiente parcial, un ajuste consciente de las cuentas de su propia responsabilidad. Entiendo que ahora me estoy refiriendo a alumnos mayores, pero en el caso de los niños también se puede considerar que ellos sean responsables de sus resultados y también puedan superarlos o modificarlos si es que así lo consideran.
Los exámenes de todas las edades que se ponen como retos digamos casi lúdicos, como ejercicios de razonamiento para el desarrollo del sentido común o el trabajo de un ensayo de la propia opinión o de la propia inteligencia en el sentido de las maneras de razonar los datos. Cuando los exámenes se plantean como desafíos divertidos, los alumnos se motivan, sobre todo, en su capacidad de razonamiento y no en el temor de reprobar la materia y creo que no se trata del tipo de materia de la que estamos hablando, muchos maestros pueden tener la capacidad de aterrizar estos aprendizajes con contenidos accesibles para los alumnos, y sobre todo, útiles y divertidos, aunque simplemente sean divertidos para el pensamiento, como muchas veces sucede en el caso de las matemáticas. En el derecho, por ejemplo, deberíamos pensar que es el razonamiento lógico lo que debe privar el pensamiento del alumno que responde en el examen.
Si convirtiéramos los exámenes en experiencias que los alumnos esperaran con ansias y con entusiasmo, como lo dije antes, como desafíos divertidos que tendrán el propósito de referirles a ellos mismos la forma, la calidad y la actitud con la que están integrando los conocimientos de tal o cual materia –incluso que les vaya dando la idea de la verdadera vocación por la que se perfilan-, la educación cambiaría muchísimo. Y en ningún momento estoy sugiriendo que desaparezcan las boletas o las listas donde están las calificaciones, la parte estadística nunca deja de ser interesante, pero quizá los chicos no tienen que abandonar sus estudios por los resultados verticales que normalmente se desprenden de esas evaluaciones.
Veo que no termino de sacudirme la influencia de la educación Rogeriana donde el alumno es el centro de la educación y donde sea él quien decida cómo, cuándo, dónde y de qué manera quiere aprender: los maestros solo somos facilitadores y encaminadores de todas estas inquietudes de los alumnos a través de relacionar las características vocacionales, las capacidades y las necesidades humanas de cada uno de los alumnos amen de sugerirles y ponerlos en el sitio más cómodo para ellos y más provechoso para su aprendizaje y su crecimiento académico. En particular les deseo mucha suerte para todos mis alumnos de primer año que están a punto de presentar su segundo parcial de Desarrollo Humano para Abogados.