Llegué a mi clase en un teatro. Más que sentarme, me recosté en la butaca. Venía cansada. Había poca gente. Tuve la suerte que la fila de enfrente estuviera vacía y se me hizo fácil subir los pies arriba del respaldo del asiento delantero. Me acurruqué muy cómoda para disfrutar la música que tocaban. Casi cerré mis ojos cuando sentí una mirada penetrante e insistente que me hizo virar el rostro hacia su fuente.
Era una niña como de 9 años que sentada dos filas adelante me miraba con ojos desorbitados y boca descomunalmente abierta. ¡No daba crédito que una mujer adulta subiera los pies en la butaca de enfrente y que nadie le dijera nada!
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Miraba la butaca, miraba mis pies, paseaba su mirada en lo largo de mis piernas estiradas, miraba mi cara directamente para hacerme saber que me veía con total desaprobación! Y yo fingía no verla y seguí en mi absoluta comodidad con mis piecitos arriba del asiento de enfrente. En mi interior pensé: “¡Qué bueno que no hay personal que me obligue a bajar los pies!”, aunque la niña hacía la labor de todos esos ausentes que corrigen la desfachatez sin yo hacerle el mínimo caso.
La niña se volteaba, se arremolinaba en su asiento y volvía a girar su cabeza para volver a verme y constatar si en verdad seguía yo con los pies sobre el respaldo de la butaca de enfrente; si en verdad no había alguien que me dijera que los bajara; si en verdad no me daba pena y si en verdad alguna mamá no me decía que eso no se hacía. ¡Y sí!, cada vez que se volteaba confirmaba todas y cada una de las cosas que quería confirmar. Y cada vez volvía a verme directamente a los ojos con total censura y silencioso regaño haciendo el papel de la mamá que se ve no tuve en mi infancia.
Pasaban los minutos y la niña cada vez con más ímpetu intentaba que la viera: fruncía su boca, achicaba sus ojos en enojo y represión, cruzaba sus brazos con fuerza en señal de “¡te estás tardando!” por mi cínico descaro delante de ella que parecía ser la única que me veía.
Llegó el momento que era insostenible fingir no ver a la niña por lo que volteé a verla, entrecerré mis ojos, imitándola, y le saqué la lengua. En ese momento se rió. ¡Nos hicimos cómplices!
Entonces, envalentonada por la complicidad, empezó a subir, lentamente, su pie izquierdo a la butaca de enfrente. Su mamá, a lado suyo, inclinó su cabeza y le susurró algo al oído. La niña, discretamente, bajó el pie a a mitad del respaldo y viró su cabeza para saber si hasta mí había llegado el llamado de atención de su mamá… ¡Y no, para nada: no se oyó, no se vio y no me di por enterada!: fingía yo poner atención a la explicación del maestro.
Y así estuvimos dos horas, ¡dos horas! Al pasar del tiempo la mirada de la niña cambió de desaprobación, a complicidad, a hartazgo (por la mamá) y a envidia… porque yo era todo lo que ella quería ser en ese momento.
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