Estaba grave. A punto de morir. Se le veía perdido en sus pensamientos. No me atreví a intentar adivinar sus sentimientos. Estaba consciente, se daba cuenta de todo. Su mirada taladraba a toda persona que llegaba a visitarlo. Nos escudriñaba como para atizar nuestras almas, o para sorber lo último de la vida que lo rodeaba.
¡Somos tan banales! Casi nadie sabe tratar a quien se está muriendo ante sus ojos. A pesar de estar avisados que la persona está muriendo, hay quien llega a decirle: “¡Échale ganas!”, o “Espero que te mejores”. ¡Se oye tan estúpido!, como si la muerte se pudiera detener a voluntad, o por las ganas que le puedas echar… ¿a qué?, ¿echarle ganas a qué? Que le gane la gana no le salva de la muerte anunciada que va venciendo la batalla día a día, comiéndose tu carne, engullendo tus músculos, inmovilizando tus sentidos, doliéndote todo tu cuerpo, dejando sólo los huesos que se secarán poco a poco, saltándote los ojos para que, sin parpadear, veas bien lo que ya no será más y te despidas de este maravilloso mundo.
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¿Qué le dices a una persona que muere poco a poco delante de ti? Nada. Sólo la acompañas. Quizá, si te lo pide, abres la ventana para que entre un poco de aire, para que vea el cielo, las hojas de los árboles que se mecen con el viento, al sol que hace brillar las cosas y refleja los colores. ¿Qué le puedes decir a alguien que sabes vive sus últimos días, horas, momentos? ¡Nada! ¿Qué le respondes a alguien que te pide, ¡ayúdame a morir!?
Nunca había escuchado a viva voz esa petición. Nunca se me va a olvidar la frase de la suprema confianza a mi persona: “Ale, ayúdame a morir”. Sus ojos, con mirada limpia, lo pedían a gritos: quería partir ya. Tanta gente, tantas visitas, tantos buenos deseos, tanto agobio, tanto medicamento e inyecciones que no servían para nada, y él pidiendo con gritos ahogados: “¡Ayúdame a morir!”
¡Quería mandar al carajo a todos!, pero se detenía. ¿Para qué guardar la compostura en esos momentos cuando ya no se va a volver a ver a las personas, ahora sí, ¡nunca más!? Absorto en ya partir de este mundo, no quería abrir apetito alguno para querer quedarse un minuto más del que le estaba destinado. ¿Para qué irse enamorado de la vida? Era demasiado su dolor físico que nada lo calmaba. Demasiado el ruido en su cerebro que nada acallaba. Demasiada la vida, que aunque poco a poco partía, quitándole cada vez algo, le invadía todos sus sentidos perdidamente. Demasiada consciencia que, a pesar del deterioro, la alteración y el desgaste, no le permitía cerrar los ojos para encontrar alguna paz.
Es un guerrero. ¿Cómo ayudar a un guerrero librar su última y más personalísima batalla? Su petición en un susurro suplicante clamó su y mi conflicto; ayudar a un guerrero a morir en paz cuando nuestras batallas siempre fueron por la vida. Cuando clamó entre susurros: “¡Ale, ayúdame a morir!”, en comparación con el resto de sus amigos, respondí: “Está bien morirse. Y sí, si te voy a ayudar, de la única manera que entiendo: voy a hacer todo lo que tengo que hacer para que tu mayor batalla la logres, y encuentres la paz para poder irte.” Desde ese día se prohibió toda visita para que su mayor y mejor batalla la libre glorioso y pueda irse en paz. Sabe que la única manera de ayudarlo es procurándole el silencio para que solo la encuentre. Es un guerrero.
alefonse@hotmail.com