No sólo el tránsito se convulsiona, las calles se enferman de colores de sangre y algodón de azúcar. ¿Amor? ¿Cuál? Lo que he visto como espectro entre cada cohabitante de esta ciudad. Es la simpleza de la vida, la que no vibra: lo que he visto en los ojos de la fraternidad amistosa es el odio y la descarnación, el vuelo de la sombra apocalíptica de la Muerte, cuando todavía hay fuerzas para odiar. En otros casos, la mirada ya no alcanza más que pedir compasión. No sólo basta saciar el hambre y la sed de justicia, sino la de la hambruna del existir, la que pesa en la panza y en el corazón. Máquinas deambulantes dotadas de glándulas y arterias coronarías que conocen sinrazón, desesperanza y una pizca de anhelo inalcanzable.
¿Amor? Un globo metálico, un chocolate, una paleta de caramelo, un “que tenga un feliz día” (como propiedad sustancial del día que comercialmente ciega la cólera de Cronos, como si él también se enajenara con los discursos cursis y románticos de ese amor que mata). ¿Un día feliz? Sí, quizá sólo se tenga oportunidad de un día de felicidad capitalista. Un día totalmente feliz: imposible. Unas horas de felicidad comercial, sí. El amor se compra, se reserva en los abarrotados restaurantes, como en las dos, tres o cuatro horas de consumo corporal en los hoteles repletos de novios, amantes o libres y promiscuos amigos. Filas enormes, tanto en el templos de amor, esos de la línea “garaje”, distribuidores autorizados del jabón chiquito, Rosa Venus, Jardines de California (quién sabe a que demonios huela California, yo no lo conozco y apostaría que muchos de los que se asean en los moteles, tampoco han pisado esa tierra de migrantes), como en cualquier lugar. Tlalpan se convulsiona por los urgentes libidinosos, más que con los parias americanistas que asisten al Azteca los domingos. Pero también el norte, el oriente, el poniente, el centro.
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Filas y más filas, en los restaurantes de comidas exóticas que nunca se comen, por sus sabores inmorales, pero que hacen quedar bien. ¡Hasta en el pinche metro hay una cola enorme! Ya no se distingue la humanidad en las largas columnas de humanos, osos de peluche, ramos de rosas con zapatos y mochilas. Se agradece el baño, el duchazo. Sin embargo, la mezcla de Carolina Herrera, Perry Ellis, Calvin Klein y Chanel, con Agua de Rosas y de colonia Sanborns, esencia de maderas y agave, además del Siete Machos de algún despistado que lo usa, a ver si el amarre surte efecto, cunden en el ambiente, generando una miscelánea de tufos florales y esenciales similares a cualquier panteón civil en Día de las Madres o de los Muertos.
El amor parece caótico, como la relación entre Día de San Valentín (que del santo nadie conoce algo), la mercadotecnia y los bolsillos. O se compra el regalo o se compran condones. No alcanza para todo y, que mejor que dar un oso de peluche, para ganarse otro peluche, otro oso. Todo lo que se puede hacer y gastar con tal de encamarse, de empiernarse, en nombre de Cúpido, de Eros, del Amor. ¿Cuántos de nosotros habremos sido fabricados en la calenturienta celebración del “amor y la amistad”? Hago cuentas. Soy nacido en julio, soy producto del calentamiento (no global) ante el Otoño. Que se lo pregunten los nacidos en noviembre. ¿Cuántos benditas criaturas se fabricarán hoy? ¿Cuántos abortos habrá en abril y mayo? ¿Cuánto se recaudará en materia de condones y hoteles?
Pero no se digan las atrocidades en nombre de la amistad. Si la quincena se va en el acostón, lo que sobra se va en la godineada genealógica que se inyecta desde la primera infancia. Desde pequeños, en colegios públicos y privados, se obliga al amor y la amistad. No basta con la infame herencia de país que le dejamos a los infantes, todavía tienen que inyectárseles las atrocidades del amor romántico que tendrán que padecer ante la conquista o el desamor; el beso apasionado o el “te quiero como amigos”. Pareciera que en las escuelas se le incita a un amor inmaduro (como el de sus profesores y padres) exigiéndoles ser o los Casanova o los Platón, conocedores de los tipos y las argucias del amor. Tal parece que le insuflamos el destino de canción de José José, Emmanuel y demás reproductores del amor romántico.
Ahí vemos transitar niños acobardados por el obsequio que deben llevar a una compañera, ante la insistencia idiota de algunas madres y padres de los grupos de WhatsApp por que los niños y niñas, voluntariamente agü…ersas, le entren a la parafernalia de febrero. A las niñas, ya ni qué decir, en lugar de decirles e inculcarles que son bellas, fuertes, inteligentes, independientes y autosuficientes, para qué arriesgar, mejor venderles que llegará su príncipe azul, con sobrepeso, pelos parados y un tono cobrizo llegando a prieto azabache que, además de “bajarles” sus quincenas, las violentarán, a final de cuentas, “el amor todo lo perdona”.
Hoy comidas y cantinas, binomio de la amistad, antes machista, ahora unisex. Arrimones de “camarón” y “pechugón” se dan y reciben de manera consensuada entre amigos, a final de cuentas, sólo es pura amistad.
La amistad también es un negocio y muy rentable. Amigos, no hay amigos. Hoy amigos de intercambio. Papelito traidor que en lugar de acercar a la chavita perfecta o al valiente caballerito, toca con el odiado y despreciable del grupo. Amigos de intercambio. Celebración para no trabajar en el salón. Mejor el convivio, la fiesta. Después, ir a casa de cualquier fulano (quizá después de vomitar su baño, se hagan amigos) a celebrar. Amigos y amigas que entre arrimones del perreo, lleguen a ser los amorosos ocasionales. De amigos a… ¿a qué? Si lo mismo da el Brayan que el Kevin, la Jennifer y la Esteici, los new chakitas llegarán, al final “Peleamos, nos arreglamos, nos mantenemos en esa, pero nos amamos. Ay vamos”.
No basta con todo el embrollo de este día, cuando se abre el Facebook, miles de mensajes salidos de tarjeta musical se reproducen como el cólera o el ébola. Pero no queda ahí. Hay que soplarse cada comentario a la publicación en la que se te etiqueta. Mensajes melifluos pululan. Si es insoportable la levedad del Ser, en estos días se convierten en cólico menstrual.
Love is the air, verywhere I look around, love is in the air, every sight and every sound, and I don't know if I'm being foolish, don't know if I'm being wise, but it's something that I must believe in, and it's there when I look in your eyes, cantaría John Paul Young, pero parece que el amor, aquí, en México, está igual de contaminado que sus megalópolis. Día del Amor y la Amistad, 14 de febrero, la misma de todos los años, el mismo amor de canción para un rato de placer (de ahí su origen romano). Amistad, de esa que se compra, arribista, capitalista. Amigos, no hay amigos. Amor, no hay amor.
Picaporte
Minucias del lenguaje: desafío económico, no, nos está llevando la jodida crisis, aclara el señor presidente.