“Si la tarea de los medios es responsabilizarse de sus decisiones, la de todos es estudiar las formas más razonables de evitar que se repita la tragedia. Las buenas intenciones de quienes piden prohibir el video por su impacto violento, y el interés de las autoridades de centrar el debate en su difusión, no conseguirán eliminarlo de la red, es como querer ocultarse de la guerra entre las barricadas”.
Antonio Martínez. La Ética de los medios y el tiroteo en Monterrey. NY Times.
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(http://www.nytimes.com/es/2017/01/19/la-etica-de-los-medios-y-el-tiroteo-en-monterrey/ )
La semana pasada dediqué este espacio a reflexionar acerca de la necesidad de desarrollar en los ciudadanos las competencias indispensables para evaluar la información que reciben en sus dispositivos digitales. Esta tarea que surge del contexto de la Sociedad de la información que nos ha tocado vivir, se vuelve cada vez más urgente ante la evidencia del fenómeno de viralización de imágenes, frases, supuestos, reportajes y notas falsas o evidentemente manipuladas que son reproducidas y compartidas sin ningún análisis por millones de personas.
El ejemplo del que partió el artículo fue el de la diseminación y contagio del miedo desatado por la claramente planeada e intencionada ola de saqueos en comercios que ocurrió simultáneamente en muchas ciudades importantes del país tomando como pretexto la protesta contra el llamado gazolinazo con el que empezamos este nuevo año en México.
En el texto al que hago referencia –que puede consultarse aquí- se centra en el tema de la veracidad o falsedad de la información que se recibe y comparte a través de las redes sociales y los medios digitales en general y citando una investigación realizada por el profesor Sam Wineburg de la Universidad de Stanford con jóvenes universitarios, de la necesidad de evaluar el origen sociopolítico y el sustento de realidad –pruebas, evidencias, confiabilidad- de lo que recibimos, antes de compartirlo.
Sin embargo, como señalamos al final de esa colaboración, existe además de la dimensión de veracidad o falsedad, una dimensión ética que tendríamos que tener muy en cuenta cada vez que revisamos nuestros timelines de Facebook o Twitter y los mensajes de whattsapp que llegan a nuestros teléfonos y tabletas.
Porque además de revisar con cuidado el origen y la veracidad de la información, necesitamos tomar en cuenta el beneficio o el daño que podemos generar al compartir una información.
En el caso de información claramente falsa o distorsionada resulta casi evidente –aunque dada la ligereza con que damos retuit o compartir pareciera no ser así- que al contribuir a su difusión y viralización estamos siendo instrumento de ciertos grupos políticos y sirviendo a intereses específicos que nos manipulan bajo la consigna muy conocida de Goebbels en los 11 principios de la propaganda nazi: “Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.
Pero la responsabilidad ética de cada uno de nosotros como usuarios de los medios de comunicación masivos no es solamente frente a la información falsa o tendenciosa sino también, como lo volvió a poner en el debate público la terrible tragedia ocurrida en el Colegio Americano de Monterrey, ante la información verídica y fundada en la realidad.
Porque muy poco tiempo después de ocurridos los hechos en los que un adolescente disparó a su maestra y a varios compañeros para finalmente suicidarse, estaba ya circulando el video que mostraba lo ocurrido, lo que generó posturas encontradas en los medios de comunicación –la ética de los medios- y en las redes sociales –la ética de los ciudadanos usuarios de las redes- acerca de la pertinencia de la difusión de este material.
Como dice bien Antonio Martínez en la cita que sirve de epígrafe al artículo de hoy, los medios tienen una grave responsabilidad al tomar la decisión de difundir o no, materiales como el video en cuestión –del mismo modo que quien filtró este material tiene una enorme responsabilidad ética y legal que tal vez no calculó en el momento de compartirlo- porque está en juego el respeto a la privacidad de los alumnos que protagonizaron esta tragedia y la de la persona y la familia del agresor.
Además de la pregunta por el valor periodístico real de difundir el video -¿Qué añadía a la información sobre el hecho que ya se había dado a conocer con detalle? ¿Qué peso tenía en términos de contribuir a que la sociedad estuviese informada frente al daño que causaba a las familias involucradas?- que es la pregunta que atañe a los medios y a los periodistas, están las preguntas que tendríamos que hacernos los usuarios de las redes sociales acerca del valor social que tiene el compartir información como esta y la viralización de estos materiales: ¿Qué beneficio puede aportar el que yo comparta con quienes me siguen un material como este? ¿Qué daño puede causar a personas concretas y comunidades específicas la circulación de estos materiales?
Porque si bien es cierto lo que dice el artículo de Antonio Martínez respecto a nuestra responsabilidad como sociedad para poner todos los medios para que esta tragedia no se repita y también es verdad que resulta imposible borrar estos materiales del espacio virtual por más buenas intenciones que tengamos, es igualmente cierto que tenemos una responsabilidad ética como usuarios de las redes sociales, por lo que deberíamos hacernos preguntas para la deliberación y valoración adecuada que nos lleven a decisiones responsables, antes de dar un click que contribuya a difundir este tipo de materiales y cualquier información –por más confiable que sea su fuente- que recibimos cotidianamente en nuestras pantallas.