Se cuenta que en cierta ocasión le preguntaron al violinista inglés Yehudi Menuhin que resumiera el siglo XX en 15 palabras y su respuesta fue demoledora: “despertó las mayores esperanzas que haya concebido la humanidad; destruyó todas las ilusiones e ideales”. Siguiendo este patrón de las 15 palabras, que sirve para resumir ideas, si tuviera que valorar la figura del líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro, fallecido el 25 de noviembre 2016, expresaría lo siguiente: Virtudes trocadas en defectos: voluntad devino voluntarismo; igualdad resultó igualitarismo; soberanía nacional aplastó soberanía popular. Explico. ¡Qué bueno que el líder tenga una voluntad propia, pero qué injusto que dicha voluntad no atienda o reconozca las otras voluntades! ¡Qué bueno que el líder tenga su ideal de igualdad, pero qué injusto que dicho ideal se imponga por la fuerza y no atienda las necesidades siempre crecientes de una sociedad que nunca es monolítica, sino diversa! ¡Qué bueno que el líder defienda una auténtica soberanía nacional con vistas a favorecer el desarrollo de una nación, pero qué injusto que por desmarcarse de una potencia hegemónica vecina se dependa de otra potencia extranjera distante! Pero, además, qué injusto que, bajo el pretexto de la soberanía nacional (la vieja tesis de la “isla sitiada”), se desconozcan derechos humanos elementales consagrados en las normativas internacionales.
Si como dijera el escritor cubano José Martí, la vida de una persona copia la vida de una nacionalidad (pero entendiendo que dicha nacionalidad tiene múltiples pliegos, no es lisa o uniforme) habría que decir que el que escribe (de origen humilde) gracias a la Revolución pudo tener estudios (terminó una carrera universitaria) y tener una atención médica aceptable. Pero tanto la educación como la salud son condiciones necesarias, pero no suficientes para alcanzar la autorrealización del ser humano. Es por ello que, debido a las políticas de esa propia Revolución, optó, a mediados de los años noventa, por emprender el camino al exterior para mejorar sus condiciones de vida, realizar sus proyectos personales, y estar en condiciones de ayudar a su familia en Cuba (especialmente a su madre). ¿Acaso esta situación personal no representa el caso de cientos de miles de profesionales cubanos que han tenido que emigrar a otros países para encontrar las facilidades que en su tierra de origen no existen?
Más artículos del autor
Por otra parte, a casi sesenta años del triunfo de la Revolución Cubana (1959-2017) cada cubano puede emitir sus valoraciones sobre las luces y las sombras de esta experiencia. Existe suficiente perspectiva histórica para expresar sus opiniones. No tienen por qué ser iguales, pues no todos somos iguales (distintos grados de información sobre la realidad cubana y universal, diferentes valores y visiones sobre el futuro, etcétera). Mi visión personal puede resumirse del modo siguiente. En cuanto a luces, seríamos mezquinos si no reconociéramos aspectos del proyecto social de la revolución (en primer lugar, la salud pública; en segundo, la educación y, en tercer lugar, la seguridad social). Aunque cada uno de estas tres cuestiones poseen componentes criticables, pueden catalogarse como logros para un país subdesarrollado como Cuba. Ahora bien, estos tres puntos se han visto afectados por la situación de la economía cubana, la cual, si no se reanima, podrían entrar en franco deterioro.
Respecto a las sombras, están más vinculadas con la economía y la política en sentido general. Con la economía, los grandes proyectos económicos impulsados por su líder máximo no llegaron a dar los resultados esperados (la industrialización, la riqueza azucarera, cafetalera, ganadera, el plan alimentario, la revolución energética, entre otros). A la Economía, como a la Historia, no se le pueden dar órdenes. Estimo que, en Cuba, a partir de 1959, siempre ha existido una crisis económica (artículos inexistentes o normados) que ha sido paliada (nunca erradicada) en las primeras décadas (60,70 y 80) por la ayuda soviética y posterior a la caída del Muro de Berlín con el apoyo de Venezuela y de China (¡qué bonita relación!). En cuanto a la política, el argumento antes citado de “isla situada”, no ha permitido que los cubanos gocen de las libertades políticas o civiles que son comunes a la mayoría de los países del mundo. Y si bien la libertad (no solo política, sino también económica) no resuelve todos los problemas de un país subdesarrollado, habría que decir que sin auténtica libertad todo lo demás no sirve, pues el estatismo, la autarquía o las dictaduras han demostrado su inutilidad.
El futuro de Cuba es muy incierto. No sabemos lo que pasará ni dentro de la isla ni fuera de ella (sobre todo en los Estados Unidos de América). En el interior de la cúpula gobernante de la isla pugnan dos corrientes: el pragmatismo de Raúl versus el idealismo de los incondicionales de Fidel (los generales de la vieja guardia y sus hijos, quienes ocupan posiciones directivas en los distintos ministerios y paradójicamente se benefician del embargo norteamericano, pues al no tener competencia de empresas extranjeras manejan los recursos del estado de forma patrimonialista, es decir, como si fueran de ellos). Podría pensarse que fallecido Fidel, ya Raúl tendría el camino libre para sus reformas, pero hay quienes opinan que Raúl no quiere ser el sepulturero del legado de su hermano Fidel y que, como le queda poco tiempo como Presidente (hasta principios del 2018), dejaría a su sucesor (?) esta necesaria tarea. En un país donde históricamente la economía se ha subordinado a la política no es de extrañar que suceda este escenario. En cuanto al futuro presidente de Estados Unidos (escribo estas líneas antes la toma de posesión de Trump) no se sabe qué camino podrá elegir. O puede tomar una línea dura (acorde con los deseos de los congresistas republicanos de origen cubano y de los cubanos anticastristas radicados en el Norte) que postule que si Raúl no hace concesiones y dé mayores libertades al pueblo cubano se dará marcha atrás a lo hecho por Obama o, por el contrario, puede emprender una política más pragmática (acorde con los deseos de los futuros inversionistas norteamericanos en la isla y de él mismo) que dé luz verde a las inversiones norteñas en la isla. Como alguien ha dicho no es nada descabellado que Trump esté acariciando construir algún Trump Tower en la capital de la isla o en algún lugar turístico como Varadero. ¿Qué sucederá? Respuesta a la mexicana: “quién sabe”.
Puebla, enero de 2017