Inicio en este 2017 mis colaboraciones semanales. Buen año para todos dentro de su complejidad.
Desde hace cierto tiempo, he venido investigando a los jóvenes, especialmente a los jóvenes indígenas migrantes y retornados poblanos. Muchos de nuestros migrantes proceden de comunidades rurales y también indígenas.
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En esta búsqueda, he encontrado que las identidades juveniles indígenas muestran lo que se ha denominado enfoque transcultural, en donde convergen distintos patrones culturales que por los actuales contextos globales, fenómenos sociales como la migración hacen que las identidades juveniles se construyan y manifiesten en redes simbólicas más allá del territorio geográfico.
Varias regiones en nuestro estado han sido trastocadas por este fenómeno y ahora estamos ante nuevas situaciones que no sólo impactarán a los jóvenes porque implica nuevas maneras de enfrentar la realidad, es decir, no sólo serán las decisiones en materia de migración del presidencialismo “sui generis” de Trump; el precio del dólar o el racismo y discriminación que parece florecer en el país del norte. También aquello que empieza a manifestarse en nuestro país de manera alarmante: la escasez de estrategias gubernamentales planeadas, los precios de las gasolinas que afectan todo el consumo necesario para subsistir, la corrupción e impunidad que sigue imperando, las revueltas internas provocadas por agitadores, la nula visión crítica ante lo que sucede, el mini salario, las desencantadas reformas que siguen sin mostrar sus beneficios aunado a lo que yo llamó “apatía social “en la que se pregona el cambio, pero poco hace para llevarlo a cabo.
Regresando al fenómeno migratorio, las investigaciones muestran que va cambiando como un caleidoscopio, con formas y colores diversos que se manifiestan de diferentes formas dependiendo del lugar de origen, del destino y del tránsito, además de reconocer que poco a poco, la migración de retorno se va acrecentando. Migrar o no migrar ha sido una constante desde la década de los 90s, especialmente de poblanos indocumentados, quienes han vivido experiencias diversas, diferenciaciones sociales, posiciones de ventaja o desventaja en términos de que a veces se gana o a veces se pierde con la migración.
El jueves pasado, asistí a un evento académico sobre migración donde estuvieron presentes más de treinta “Dreamers” en las instalaciones de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la BUAP. Estos jóvenes forman parte de los migrantes indocumentados que llegaron a Estados Unidos acompañados de sus padres cuando eran niños y que ahora están estudiando o han terminado sus licenciaturas o masters en una Universidad de Nueva York.
Estos “Dreamers” se han visto beneficiados por el Programa de Acción Diferida para los llegados en la infancia (DACA por sus siglas en inglés). Este programa fue establecido durante el gobierno del presidente Barack Obama. Sus beneficios principales son cuatro: no ser deportados, solicitar un permiso renovable por dos años para trabajar, contar con un número de Seguro Social y poder sacar licencia de conducir. Se les conoce como generación uno y medio, porque no nacieron en Estados Unidos, pero si crecieron allá.
Presentan perfiles distintos a la mayoría de los migrantes que han venido retornando, porque en ellos la educación sí representa una opción de vida distinta y se esfuerzan por lograrla junto con sus familias.
Repensar que pasará con el futuro de estos jóvenes es un tema obligado en Puebla, especialmente si no se continua con el Programa DACA, aunque ellos manifiestan cierta certidumbre de seguir conservando sus derechos, porque tanto el gobierno estatal como el local en Nueva York les han seguido apoyando y aunque saben que es preciso cambiar las formas de pensar y esperar el tipo de políticas que se promoverán, están esperanzados en que todo irá bien, con sus complejidades, pero bien.
La educación sigue siendo la apuesta, la mejor herramienta que les facilita su transitar, evitando que sigan existiendo privilegios para muchos y abandono para otros. Sin duda los perfiles de estos “Dreamers” y de los jóvenes migrantes y retornados de nuestras comunidades indígenas campesinas son diferentes, sus historias de vida también lo son, pero ambos grupos poblacionales tienen en común que sus identidades juveniles se construyen y se manifiestan en redes simbólicas más allá del territorio geográfico formando identidades transculturales..
Por lo pronto, la BUAP empezará a promoverles programas que realmente les sirvan a sus comunidades, tanto de aquí como de allá, que respondan realmente a sus necesidades e intereses así como proveerles de recursos de capital humano para que les estén apoyando. Tanto la BUAP como la UNAM están dispuestos a recibir a estos jóvenes en caso de ser deportados y aunque va a ser difícil, coincido con el rector Graue, hay que afrontar a Trump con “propuestas, valentía y alegría” ante la necesidad de ser ciudadanos activos en la vida pública, haciendo comunidad.
La manera en que enfrentemos estos desafíos determinará nuestra capacidad de reacción ante la incertidumbre, para así seguir luchando por nuestros sueños como los “Dreamers” teniendo siempre en mente que es posible, un México mejor.
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