Logo e-consulta

Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Hartazgo social

Gobierno agresor de derechos humanos, vs. opositores y población en general. Imposición neoliberal

Guillermo Nares

Doctor en Derecho/Facultad de Derecho y Ciencias Sociales BUAP. Autor de diversos libros. Profesor e investigador de distintas instituciones de educación superior

Viernes, Enero 6, 2017

Mal inicio en el 2017. Los días, meses y el año por venir anuncian negros nubarrones para los mexicanos, para las instituciones, polarizan posiciones políticas e inhiben la posibilidad para construir acuerdos entre actores políticos. El incremento desmedido del precio de la gasolina no es sino el anuncio del fracaso de una administración que se promocionó en el mundo como una elite inclusiva, innovadora, en emparejamiento con las principales potencias mundiales, capaz de generar desarrollo económico e incluso democrático, acorde con las tendencias “irreversibles” de la globalización.

De las promesas hoy queda para la opinión pública nacional e internacional, la imagen de un gobierno con propensión patológica a violentar derechos humanos, tanto de opositores como de sectores sociales inconformes y de la población en general, depredador de los recursos de la nación y de la hacienda pública, incapaz de generar satisfactores económicos para la población y dispuesto a entregar sin ningún rubor, recursos naturales y públicos al capital trasnacional.

Más artículos del autor

La modernización en su faceta globalizadora se convirtió en caricatura de lo que en algún momento fue el modelo de sociedad nacional.

El servilismo, la mediocridad, la cobardía de la investidura ha sido el sello del presente sexenio. Se empeñaron en modificar aspectos estructurales sin dejar claros los límites permisibles desde el interés público dejando en la orfandad los derechos de la sociedad. En todo momento se mostraron dispuestos a doblar la cerviz. La elite “innovadora” deja para el mundo y para la  sociedad mexicana, la imagen de un grupo de aventureros mitómanos que se crearon a sí mismos y para sí el reino voluntarioso del neoliberalismo destinado a convertirse de  modo eterno en la guía única e indiscutible del futuro neoliberal.

Es imposible ocultar el hartazgo de la sociedad ante el acelerado proceso de descomposición social provocado por tanta incapacidad gubernamental, vulgaridad,  avaricia y corrupción de una clase política que ha tenido como único interés el saqueo de las arcas públicas y la venta al mejor postor de los recursos de la sociedad.

La indigencia de moralidad pública de la clase política mexicana no conoce límite alguno. No les importó el diagnóstico de excepción crítica de la economía mexicana y se volvieron a despachar con la cuchara grande en el presupuesto del 2017. Sin ningún rubor. Todos, los tres poderes.

Los diputados federales recortaron la inversión en educación, investigación, tecnología, sector agropecuario y salud. Eso sí, ratificaron sus incentivos de “primer mundo plus”: estratosféricos bonos económicos de fin de año, aguinaldo elevado, 20 millones para ejercer en el presente año, por cada diputado, incluso los plurinominales, sin ningún control.

La administración gubernamental, en todos sus niveles, reprodujo la generosidad del reparto en todos sus niveles. Los gastos de operación de las elites políticas locales fueron irrenunciables. Se mantienen en los presupuestos locales sin hacer caso del potencial quiebre de las finanzas públicas mexicanas. Los salarios del Instituto Nacional Electoral, del poder judicial federal y del Tribunal  Electoral del Poder Judicial de la Federación, son de escándalo. No se ve por ningún lado la austeridad republicana.

Los incentivos de la clase política mexicana les permiten estilos de vida totalmente ajenos a la gran mayoría de los mexicanos. Viven en un mundo totalmente ajeno.

En suma, la clase política mexicana es  una clase pusilánime, corrupta, que se acostumbró a la opulencia gracias a las finanzas públicas. Se acercaron sin ninguna ética republicana a los recursos públicos y de ellos se sirvieron, perdiendo de vista la obligatoriedad que tenían de construir un buen gobierno. Hicieron del país un páramo. Se olvidaron de su condición de representantes y de la obligatoriedad de rendir cuentas.

Por comodidad económica  la clase política hizo a un lado sus matices ideológicos y se puso de acuerdo en el Pacto por México para funcionar bajo una lógica monopólica.

Esa fue la estrategia en la toma de decisiones para implementaron las reformas estructurales, en consistencia con el sueño integracionista de América del Norte para el país. Sumaron partidos disímbolos para una efímera coalición de gobierno.

Cerraron el acceso a voces independientes y crítica en los medios de comunicación para contener y aplastar la propuesta pública. No solo no lo consiguieron, a pesar de la parafernalia mediática y de la maestría en el arte del engaño público (son unos verdaderos expertos) la sociedad mexicana inició en la región sur del país mantuvo largos procesos de protesta y resistencia social.

Cuidaron con recelo la paternidad y control del presupuesto público sobre la base de modelos de extracción de recursos de la sociedad. En vez de optar por un impuesto general al consumo y de optar por elementos distributivos derivados de la renta pública,  que implementan los países más desarrollados para fortalecer el mercado interno, escogieron el camino fácil de gravar a los clientes cautivos y ahora a toda la sociedad mexicana con el incremento del precio de la gasolina, el gas L.P. y las tarifas eléctricas.

El peñanietismo resultó ser corolario de una cadena de estrategias y acciones equivocadas, erróneas. Se ha puesto en crisis la economía, la gobernabilidad, la seguridad pública, la seguridad nacional, la seguridad interior, las finanzas públicas, los derechos humanos y sobre todo la prospectiva del futuro para el país.

La sociedad mexicana atraviesa una delicada etapa de hartazgo. Hay cansancio en amplios sectores de la sociedad. Gradualmente se va generando consensos negativos expresados en el decantamiento de la legitimidad de los gobernantes. Las acciones de protesta social que observamos, muestran la desesperación social ante decisiones que no apuntan a construir ningún tipo de futuro.

¿Puede México salir airosamente de la tormenta?

Es muy claro: no con estas elites pos transicionales. La mayor parte de la actual clase política mexicana proviene de una tradición opositora severamente perseguida. En el largo camino de la alternancia, al ingresar al poder, abandonaron su ética de responsabilidad pública evadiendo la entrega de resultados óptimos para la sociedad. Poco les importó pugnar por la incorporación de mecanismos y filtros anticorrupción. La política mexicana posterior al 2000 se convirtió en autentico festín de las arcas públicas. El cinismo se apropió de la clase política.

Hoy observan nerviosos la transformación del hartazgo y resentimiento en protesta extendida a lo largo y ancho del país. Esperan aguantar.

Seguramente no se han preguntado qué lastima más, si el aumento de la gasolina, luz y gas o el engaño a los mexicanos.

Para el caso da lo mismo. Su alejamiento no les permite ver que nos encontramos al borde del abismo. La insensatez domina. Suponen estar preparados para contener la protesta  e incluso los peligrosos niveles de explosividad. No es verdad.

El escenario requiere la construcción de acuerdos políticos que permitan detener el deterioro político y económico. En un enfoque realista, es poco factible que esa sea la intención de la elite que gobierna, siguen viviendo el sueño primermundista y no quieren regresar. Ni siquiera la humillación de Trump les hará cambiar de parecer. Peor para el país.

gnares301@hotmail.com

Vistas: 1152
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs