Misma ropa para un funeral que una fiesta, una detrás del otro de corridito y rapidito; mismo día a diferente hora, prolongándose a la noche y madrugada del día siguiente cuando se terminan las actividades programadas y, por la mañana, llegar a casa, checar agenda y prepararse para lo que sigue. Se baña, duerme un rato, se remaquilla y elige vestimenta y bisutería que abarque y adecue con la reunión, velorio, cena o baile correspondientes de la mañana, medio día, tarde, noche o madrugada que, igual, se prolongan al día que sigue y al que sigue, al que sigue, y así…
No importan días de trabajo o descanso; momentos holgazanes y vagabundos o de acciones predispuestas y obligadas; no importa si es defunción, celebración, festejo, visita, reunión, junta de trabajo o nada. Es lo mismo y por igual con la familia que amigos o desconocidos. De todas maneras, se alude con cualquier invitación que sopla en el viento del ciberespacio o de la realidad ya no tan real de la presencia presencial de las palabras habladas que soplan a cualquier hora del día, de cualquier día, o noche.
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Difícil seguirle los pasos a los lugares donde llega, la hora que sale o hacia dónde se dirige. Jamás el tiempo que permanece ni la secuencia de su correr de un evento a otro y, harto menos de sus múltiples y sobrepuestas emociones que cambian y danzan con cada parpadeo, ya que parejo llora que baila que ríe a cada instante, según la circunstancia o fuera de ella.
“¿Cómo le haces?”, pregunté uno de esos días que cicló parejo entre eventos dispares pero continuos e interminables. Riendo, dijo: “Me voy con lo que venga.”
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