En el desaguisado Moreno Valle – Eduardo Rivera, ante el silencio de aquél, cuando menos hasta el momento de escribir estas líneas, ha prevalecido la postura y el posicionamiento político. “Como cualquier ciudadano yo quiero opinar, disentir, participar y cuestionar con libertad”, ha dicho el ex alcalde poblano en persona y vía las redes sociales. No podía ser de otra manera, ante la opacidad y el servilismo con que el congreso local ha sido conducido. Los 411 millones de pesos observados –no se sabe de qué, por quién, ni cuáles son las observaciones-, contrastan radicalmente con los más de 75 mil millones de pesos ejercidos por la administración morenovallista en el 2013, más de 16 mil millones arriba de lo presupuestado, toda esta millonada –según los documentos oficiales- tan transparentes como el agua.
El hecho es que la solidaridad con que diversos actores políticos, sociales, académicos y religiosos han respaldado la postura del exalcalde, es elocuente respecto a la confianza que les merece su persona y su administración, desde Margarita Zavala y Ricardo Anaya, pasando por políticos panistas de incidencia nacional y rectores de universidades, asociaciones de alcaldes y políticos locales, hasta el arzobispo de Puebla. “No es buena la polarización”, ha dicho el líder religioso poblano. Y tiene razón, máxime cuando el aún gobernador ha soltado a diestra y siniestra que los presidenciables deberían firmar un compromiso por la unidad del partido y comprometerse a adherirse a quien resulte triunfante en la contienda por la candidatura presidencial del 2018. De lengua me como un taco, dice el refrán popular. Incongruencia discursiva y lingüística dirían los semióticos y analistas del lenguaje.
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La cresta de la persecución política creció tanto que el discurso de la represión gubernamental al estilo personal del inquilino de Casa Puebla se impuso en varios espacios mediáticos de alcance nacional: Proceso y Reforma, sobre todo. Pero lo curioso son sus efectos: pasó a segundo plano el fallo del Tribunal Electoral federal que revocó las medidas cautelares que el INE había impuesto a las placeadas mediáticas del mandatario poblano. El argumento es exactamente el mismo: la libertad de expresión.
Con lo anterior, cuando menos son dos los factores que se modificaron. Primero, la concitación que logró el nombre de Eduardo Rivera Pérez, sobre todo política y mediáticamente, y segundo, la modificación de los escenarios plausibles para el 2018, tanto a nivel nacional como local.
No se sabe si esto lo tenía previsto el grupo hegemónico gobernante y su cabeza, sin duda sí, pero su prolongado silencio hace suponer que quién sabe. Quizá no calcularon las diversas adhesiones de los actores y espectadores del teatro de la política panista. Otro dato relevante –al decir de algunos columnistas- ha sido la expresión ubuesca, cómica y grotesta de los diputados del congreso local, de su líder, de quien conduce la comisión inspectora, y de los que con su voto manifestaron a qué intereses sirven.
Como dijera Michel Foucault en Los anormales, existen discursos de verdad que emiten las autoridades que resuelven e imparten justicia, que matan por sus efectos –una sanción, una condena-, pero que en su sintaxis y construcción, dan risa, son “grotescos en sentido estricto”. (1)
Referencia bibliográfica:
Michel Foucault (2006): Los anormales. Curso en el Collège de France (1974-1975), Fondo de Cultura Económica, México, p. 25.