¿Ya has escuchado o leído la palabra fracking? Si contestaste sí, ¿ya sabes qué impacto puede llegar a tener en México? Yo no tenía idea. Tiene muy poco que me enteré sobre lo que implica esta palabra, o mejor dicho, técnica para extraer gas natural y crudo de formaciones rocosas que anteriormente no era posible. El tema me ha resultado interesante, y ahora que lo hemos estudiado en clase me percato de lo mucho que se ha hablado sobre las implicaciones del fracking (discusión en la que hay opiniones encontradas).
El fracking, o fractura hidraúlica, es una práctica muy extendida en Estados Unidos, y ha permitido a nuestro vecino del norte incrementar la producción de hidrocarburos de manera importante. Algo similar en México –dicen– podría ocurrir debido a la reforma energética, misma que permite la inversión privada en actividades previamente reservadas a Petróleos Mexicanos.
Y antes de hablar más sobre el fracking, debo contextualizar su potencial adopción a gran escala en México. El mecanismo que podría hacer lo anterior una realidad son los cambios regulatorios que el presidente Peña Nieto impulsó en materia energética en 2013. El fin de la reforma, nos han repetido una y mil veces desde el gobierno federal, es atraer inversiones al país y modernizar el sector energético con el fin de impulsar la actividad económica y beneficiar a la sociedad.
En otras palabras, se busca apoyar la economía familiar a través de la reducción en tarifas eléctricas, la creación de empleos y un mejor abastecimiento de combustibles. Destinar parte de la renta petrolera a causas tan loables como becas escolares, una pensión universal, programas de desarrollo social y tecnológico, mejorar la competitividad de la planta productiva del país: todo esto, subrayo, está por verse. México enfrenta un entorno internacional muy difícil al momento, y de ahí el escepticismo de muchos de que la producción de hidrocarburos a través del fracking sea algo alcanzable.
Se debate que el uso del fracking ha contribuido enormemente a que los Estados Unidos produzcan más gas natural, incrementando con esto el suministro a sectores productivos que hacen un uso intensivo de este recurso. Desde esa perspectiva uno puede argumentar los beneficios del fracking. Sin embargo, también tiene sus riesgos, principalmente en materia ambiental. El proceso consume agua que, mezclada con arena y químicos, se inyecta al subsuelo a grandes presiones con la idea de fracturar las rocas, dejando así fluir los hidrocarburos.
La incógnita es si dicha mezcla contamina el agua que está en el subsuelo. De ahí la controversia desde el punto de vista ambiental. En ese sentido, GreenPeace, la ONG ambientalista, ha subrayado que el fracking ya se lleva a cabo en el noreste del país, y que se requieren grandes volúmenes de agua, amenazando con ello a varios ecosistemas. Argumenta además que las sustancias químicas pudiesen causar enfermedades entre los habitantes de las localidades cercanas. Como puedes ver hay riesgos, aunque para otros es una oportunidad.
¿Está México preparado para que el fracking sea una práctica generalizada? Difícil de contestar. Lo que sé es que es controversial ambientalmente y que en las regiones donde están la mayoría de las reservas (noreste del país) hay factores que complicarían su adopción: falta de infraestructura y agua e inseguridad. Pero esto no te cuenta toda la historia, hay algo a favor del desarrollo del fracking en el país: demanda. México está poco a poco gasificando su economía, y dado que el gas es menos contaminante, la explotación vía fracking podría despegar y convertirse en una agridulce realidad en México.
[La autora es estudiante de la Licenciatura en Administración de Negocios Internacionales en la UDLAP].