Quedarse solo pareciera el peor de los infortunios, la más terrible desgracia. La soledad es condenada por una sociedad que se aferra en vivir en la permanente confluencia. Hablemos de la soledad como un tema nacional, comencemos por decir qué es lo que realmente sucede. Europa parece haber aceptado la soledad como una elección consciente, pero en México se sigue teniendo conmiseración y tristeza por quienes viven de esta manera. El desapego sigue siendo visto como el desamor y diciembre es un caldo de cultivo donde se cocinan irremediablemente estos sentimientos.
Quizá como un sector minoritario y excluyente (o excluido mejor dicho) los solitarios aparecen como personas distintas, quizá con características particulares o preferencias extrañas. Fuera de consideraciones de orden diagnóstico que implican siempre barbaridades hermenéuticas o cuestiones de carácter, temperamento y personalidad, las personas solas deciden no pagar los sacrificios implicados en la unión familiar, las preferencias de la tía, las discriminaciones de los sobrinos y de los hermanos, las paradojas interminables de la pareja. Este sector de la población defiende el derecho a la autodeterminación, y esto, comenzamos a verlo como una de las grandes formas de la libertad, el crecimiento y la verdadera, verdadera dicha. Poder quedarse en la cama hasta las 12 del día o desvelarse hasta las 3 de la madrugada viendo una serie que te tiene al borde del éxtasis y no tenerle que dar explicaciones a nadie es una gran felicidad. No tener que discutir con nutriólogas improvisadas sobre lo que se te antoja comer, elegir un suéter que te gusta simplemente porque es el que te gusta, es muy agradable. Decidir cocinar tu platillo favorito una tarde completa, como por ejemplo bacalao, y comerte unas buenas tortas al otro día, es una delicia. Apagar la tele y tomar un buen libro, el que quieras, una novela, uno de Freud o biografías de filósofos famosos, un tomo de la colección de National Geografic y pasarte media tarde viendo fotografías preciosas con una música increíble y una buena copa del merlot que te encanta. Sentarte a escribir lo que pensaste siempre, vocalizar en un piano, si es que vocalizas y si es que tocas el piano. Organizarte una larga caminata atravesando la ciudad para ir a comerte el helado que más te gusta, ir al restaurante que te dé la gana aunque esté lleno de familias y personas “felices” que conviven, conviven y seguirán conviviendo por el resto de su vida. Poderte decir con cierta intimidad que la estúpida célula de la sociedad sufre mitosis y meiosis cada 25 minutos, que el protoplasma, el citoplasma y el núcleo tiene más de 10 años que no se dirigen la palabra, y que la conmovedora teoría de la célula maravillosa está en crisis desde que las familias dejaron de funcionar como empresas dirigidas por el padre y suficientemente chantajeadas por la sufridísima madre.
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Y mirar que la autocompasión se te comienza a convertir en orgullo, en jactancia, en realización personal. Qué felicidad no ser el blanco permanente de reproches por tu manera de ser, de hablar, de comer, de vestirte, de actuar o de aplastar la pasta de dientes. Injurias e insultos infames que te hacen preguntarte cómo y para qué viniste a este mundo, por qué te dan likes mujeres y más mujeres en el facebook. La soledad es fantástica, te reconstruye, es nutritiva, comienzas a disfrutar de todo, tienes la felicidad de hacer contacto (el tipo de contacto que quieras) y después volver a tu dispuesta cama que siempre te estará esperando. Los encuentros familiares se han convertido en pequeñas convenciones esporádicas donde las personas practican más la convivencia que esta dolorosísima palabra llamada “unión familiar”. Es evidente que estas palabras están escritas para estas minorías excluidas, con cifras cada vez mayores, que vivirán este diciembre decidiendo lo que tengan que decidir, llorando si es que necesitan llorar, escombrando la casa si es que así lo deciden, organizando un día de campo en un parque, leyendo un libro, visitando un museo, yendo al cine o viendo una serie fantástica en casa comiendo palomitas.
Nadie dice que la soledad es preferible, podemos decir que muchas veces es necesaria, aunque quizá sea más necesaria la dignidad personal que los cuentos de la unión familiar. Miremos de esta nueva manera la soledad, vivámosla con la felicidad de la reconstrucción, la vida siempre será cambiante, llegamos una y otra vez a donde realmente decidimos llegar, los azahares y las causas danzarán en torno a nosotros, no dejaremos de sorprendernos y seguirnos sorprendiendo de lo que ha venido y de lo que vendrá.
No dejes que estos diciembres y navidades terminen por amedrentarte de que eres un Grinch, serás uno de los pocos no hipócritas y vivirás contigo mismo esta celebración. Te deseo la mayor de las suertes y el mejor de los diciembres. Por favor, cuida tu alimentación, tu estómago no tiene la culpa de la unión familiar. Un abrazo de fin de año.