A solicitud de un amigo, me atrevo a escribir algunas líneas sobre los acontecimientos personales y familiares que impactaron de manera sobresaliente y, al final, positiva, el desarrollo de todos los integrantes de nuestra familia. Esto, también, con el propósito de mostrar una experiencia educativa.
Desde que planeamos nuestro matrimonio, mi esposa y un servidor, pensamos en tener varios hijos y dar prioridad a su educación por lo que desde que nació el mayor, su mamá se dedicó a su atención y educación.
Acordamos que una forma de educarlos sería en el desarrollo de virtudes en un ambiente de austeridad, de esfuerzo y de trabajo. Un componente de la educación fue el deporte y particularmente el campismo, senderismo y montañismo, aprovechando las ventajas que tienen estas actividades en la formación de valores y virtudes como la generosidad, la fortaleza y la solidaridad, entre otros.
A medida que fueron creciendo los hijos, fueron encontrando vías para realizar actividades de montañismo por su cuenta, en compañía de amigos que compartían el gusto por estas actividades de manera que pronto llegaron a superar por mucho lo que habíamos hecho en familia en cuanto a lograr cumbres de montañas.
En el invierno del año 2009 nuestros hijos: Francisco, Bernardo y Gerardo, junto con cinco montañistas más, participaron en una expedición al Aconcagua, que es la montaña más alta de América, se encuentra en Argentina, en la cordillera de los Andes y tiene poco menos de 7000 metros de altura.
La expedición fue planeada con meses de anticipación y se prepararon para ella ascendiendo a las principales cumbres de México y acampando a alturas superiores a los 4000 m. para lograr una adaptación o aclimatación.
El día de su vuelo hacia Argentina fue el día 20 de diciembre, día que no se me olvida ya que nos estábamos preparando para llevarlos al aeropuerto de la Ciudad de México cuándo recibí una llamada: me avisaron que acaba de morir un gran amigo. Mi esposa y mis hijos notaron mi contrariedad al recibir la noticia y tener que llevarlos al aeropuerto, lo que me ocuparía casi todo el día. En ese momento recibí una muestra de solidaridad ya que me sugirieron que me quedara al funeral de mi amigo y que ellos no tenían problema porque no los acompañara al aeropuerto, así que decidí aceptar su sugerencia y me quedé para estar en el funeral de mi amigo, perdiendo la oportunidad de acompañarlos.
Durante la expedición todo iba bien, cumplieron como tenían planeado el acercamiento, la estancia en los campamentos previos para aclimatarse y ya en el último campamento antes de la cumbre tuvieron información de que habría buen tiempo, así que decidieron atacar la cima a las 2 hrs. haciendo cumbre aproximadamente a las 15 hrs. Estando en la cumbre, les sorprendió una tormenta que produjo que la temperatura bajara a -40 grados C, y soplaba un fuerte viento con nieve que hacía que el frío se sintiera más.
Empezaron a bajar de inmediato, el localizador electrónico que llevaban no funcionó más, por la baja temperatura, cuatro de ellos perdieron temporalmente la vista de manera parcial, lo cual hizo que bajaran muy lento. Les oscureció en el camino y empezaron con síntomas de congelamiento en las extremidades. La nieve hizo que desapareciera la vereda así que empezaron a desviarse de su objetivo que era un campamento de altura donde podrían refugiarse y calentarse.
Providencialmente, ya en la madrugada, una persona que estaba en el campamento vio las luces de sus lámparas y salió del campamento a guiarlos y a auxiliarlos. Así pudieron refugiarse el resto de la madrugada y bajar en cuanto hubiera luz de día para ser atendidos.
Cuando llegaron el día 5 de enero del 2010 ya muy noche, vimos a dos de nuestros hijos con las manos cubiertas de vendas hasta las muñecas, y caminando con mucha dificultad. No sabíamos bien cuál era la lesión y durante la mañana del día 6 vimos a varios médicos, uno de ellos amigo de la familia me dijo: esto es grave y requiere hospitalización y cirujía, y para que no implique mucho gasto inicie el trámite para su ingreso al hospital de ortopedia del Seguro Social. En ese momento recuerdo que sentí sudor frío, la boca seca, me temblaban las piernas, y sentía que el aire que inhalaba no me alcanzaba así que le pedí permiso al doctor para entrar a su baño. Al entrar al baño pensé que no podía desfallecer, que debía mostrar fortaleza y me mojé la cara, me agaché sosteniendo las manos en mis rodillas, respirando fuertemente para regularizarme. Ya que me sentí mejor, salí y procedí a hacer lo necesario para que ingresaran al hospital
Mis dos hijos estaban en el Colegio Benavente de los hermanos de La Salle. Ahí ya habían empezado clases cuando los muchachos estaban en el hospital y sus compañeros empezaron a organizarse para hacer guardias y cuidarlos durante la noche en el hospital; hicieron cadenas de oración y convocaron a una misa en el auditorio del colegio para pedir por ellos.
Mi esposa y yo buscábamos la mejor opción de atención para salvar lo más posible sus dedos. Preguntamos a varios médicos, investigamos sobre nuevos tratamientos y así transcurrió una semana, tiempo en que se realizó la misa en el colegio a la que no pudimos asistir pero nos enteramos de que se había llenado el auditorio y había sido muy emotiva la celebración.
Unos días después, mi esposa le comentó a uno de mis hijos que estaba pidiendo a Dios un milagro, a lo que él le contestó que ya se había producido el milagro en la misa del colegio por que se habían acercado al Señor muchos muchachos que hacía mucho no lo hacían y muchos de ellos habían tenido muchas muestras de solidaridad para ayudar a nuestros hijos.
La fortaleza de ellos nos sostuvo en momentos en que nosotros, o por lo menos yo, sentíamos pesar y desesperación.
Es difícil describir el dolor que sentíamos al ver a nuestros hijos lastimados y con la posibilidad de perder sus dedos o parte de ellos, sin embargo, lo que nos sostuvo fue ver la fortaleza con la que ellos mismos enfrentaron sus dolores durante mes y medio en el hospital y las muestras de solidaridad que tuvimos.
Fueron muchísimas las personas que nos ayudaron y nos apoyaron de diferentes formas mostrándonos que el ser humano tiene la gran capacidad de darse a sus semejantes, tiene la gran capacidad de amar, que es el valor propio del hombre.
Es difícil acordarse de todas las personas pero por su acción destacada podemos mencionar a las siguientes:
-Los médicos de urgencias del hospital de Ortopedia de Puebla, que al recibir a los muchachos hicieron correr a sus ayudantes y enfermeras para que calentaran agua y revertir el congelamiento, sin saber que ya tenían días con la lesión, pero desde ese momento mostraron una actitud de buscar hacer los mejor por los jóvenes.
-Francisco y Carmen, sus hermanos, junto con los jóvenes amigos, que hacían cadenas de oración y se ofrecían para hacer turnos y pasar la noche cuidando a sus compañeros en el hospital.
-Los médicos y enfermeras del Instituto Nacional de Rehabilitación, que no sólo hicieron lo que les correspondía profesionalmente y de la mejor manera, sino que buscaron opciones, investigaron, propusieron, e inclusive, se hicieron amigos de la familia.
- Muchas personas que nos ofrecieron ayuda de todo tipo y que incluso cinco años después nos hemos enterado de conocidos que desde Monterrey estuvieron haciendo oración por nuestros hijos.
- Como papá tenía que atender el trabajo, donde se portaron con mucha comprensión y durante dos semanas prácticamente no asistí, obteniendo todo el apoyo de la UPAEP, institución donde trabajo, pero después y durante un mes más fue mi esposa Carmen la que no se separó de ellos atendiéndolos en todas sus necesidades incluso las primarias porque ellos tenían las manos y los pies imposibilitados. Fue un mes donde yo sólo los veía y parcialmente los atendía durante el fin de semana, pero Carmen siempre. Esto me hizo valorar más a mi esposa, me hizo reconocer su fortaleza y me unió más a mi familia y a Dios ya que en mi imposibilidad de hacer algo más, salía a correr por las mañanas, pensando en ellos y, por momentos, descubriéndome con lágrimas y siempre pidiendo al Señor por ellos.
- Nada volvió a ser igual. Aunque nuestros hijos no recuperaron los dedos, esto no les ha impedido para seguir sus estudios y su vida. Bernardo, el día que salió del hospital nos comentó su decisión por dedicar su vida a Dios y a sus semejantes; Gerardo lo haría un año después. Y podemos decir que nada ha vuelto a ser igual porque lo que vivimos nos unió más entre nosotros y nos acercó más a Dios mediante la oración, sabiendo que esa prueba que pasamos nos fortaleció para ganar en ee, en esperanza, en paciencia.
Muchas veces después de un accidente se dice que nada vuelve a ser igual y ciertamente hay lesiones físicas sin retorno que pueden disminuir la capacidad de acción de la persona, como en el caso de uno de nuestros hijos que tocaba guitarra y al perder más de la mitad de los tres dedos centrales de la mano derecha, pensé que no volvería a hacerlo. Después de varios años nos ha dado la sorpresa de que ya la puede tocar, con mayor dificultad, pero lo ha podido hacer y volviendo a la frase de que nada vuelve a ser igual se puede aplicar más que a la lesión física al esfuerzo, el trabajo, el desarrollo de sus habilidades y facultades para poder volver a realizar sus actividades.
Dios sabe. Sea por Dios.