Mi abuelo tenía una frase: “para aprender, hay que viajar”. No se refería solamente al enorme placer de conocer otras personas, lugares, sabores, colores, formas, cosas, naturaleza. Se refería también a aprender a valorar lo nuestro, en toda la extensión de la palabra, lo que significaba para él su hermoso México.
Lo acompañaba a varios lugares, menos de los que hubiera querido, porque otras veces le tocaba ir a mi hermano mayor. No había mejor placer en mi vida infantil y adolescente que viajar con él. Después lo hice con mis padres y tiempo después con mis amigos y seres queridos, en diferentes momentos y en diversas circunstancias.
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He tenido la suerte de conocer buena parte del territorio mexicano, con su enorme diversidad y riqueza; tengo amigos y amigas en muchos lugares y comparto intereses diversos con varios colegas de diferentes partes del país.
Me encanta viajar, siempre lo repito. Recuerdo un artículo de Pedro Flores Crespo en donde escribe que los viajes tienen también una implicación educativa. Al movernos a uno o varios lugares distintos, nos enfrentamos de pronto a realidades diferentes, lo que nos permite visualizar nuestra propia vida y replantearnos nuevas cosas (13/06/16).
Abrir nuestros cinco sentidos para percibir este mundo maravilloso que se te ofrece en cada viaje es la clave, no importa si es cerca o es lejos.
Claudio Magris escribe que no hay viaje sin que se crucen fronteras. Estas fronteras pueden ser geográficas, políticas y hasta personales, todo depende de la mirada con las que observes.
Aprender a viajar es toda una experiencia en muchos sentidos, no importa que vuelvas a viajar al mismo lugar, siempre vuelves a experimentar sensaciones diversas ante el paisaje, la emoción, lo imprevisto y la admiración. Comparar o despreciar lo que te rodea no te lleva a ningún lado, por el contrario, hay que abrir la mirada ante tanta diversidad, belleza y majestuosidad.
Florencia por ejemplo, ha sido siempre un referente histórico y cultural, enmarcada por una belleza deslumbrante. La Catedral, el Campanille de Giotto y el Baptisterio de San Giovanni, en la Piazza del Duomo, son decididamente obras maestras de la arquitectura, de la pintura y de la escultura.
Caminar, caminar y caminar hasta llegar a sus hermosas plazas: la del Duomo, la de la República, de la Signoria, la de Michelangelo, recorrer la Via Brunellesqui, de Pecori, Pellicceria, la Porta Rossa y hasta el Ponte Vecchio representan un recorrido que renueva ese ánimo de seguir y seguir, siempre.
¿Qué si es caro, me han preguntado? Como todo lugar turístico, aunque si tomamos en cuenta nuestro devaluado peso, sí que lo es. Las entradas a los museos oscilan entre 10 y 20 euros; sentarse a comer algo sencillo, unos 15 euros por persona; un super gelatto de chocolate 10 euros; una exquisita bocaccia de jamón serrano entre 5 y 8 euros etc. Pero hay placeres que no se pagan, como el encuentro interminable de bellezas arquitectónicas y escultóricas en las sinuosas calles de esta ciudad o como la Iglesia de Santa María Novella o la Fontana del Porcellino, que por cierto si lo acaricias, aseguras tu regreso a Florencia.
Los idiomas son todo un reto, en este viaje he escuchado alemán en diversas ciudades de Baviera, catalán en Barcelona e italiano en Florencia, lo que favorece mis habilidades comunicativas. Si bien el inglés puede ayudarte mucho y en Barcelona también se habla el español, observar y repetir frases hechas de cada país me parece maravilloso, así como paladear su comida tradicional, observar sus tradiciones y su vida cotidiana pensando maravillada, que todo es legado de una humanidad en la que todos estamos representados.
Otra de las muchas cosas que aprendes, es que no hay que depender mucho del internet. El Google Maps te soluciona muchas cosas, pero no hay tanto acceso gratuito y hay que ingeniárselas para contar con él, si no es posible, es bueno saber interpretar los mapas y saber orientarse adecuadamente.
En Corea, Japón, Barcelona y en Alemania hay una intrincada red de transporte urbano y regional, sumamente moderno, rápido y eficiente, pero si no sabes interpretar las señales informáticas y los mapas que están a tu disposición, puedes perder mucho tiempo ubicándote y familiarizándote con el entorno.
Aprendizajes en este caminar se dan a raudales, viajar y apreciar culturas diferentes te sensibiliza más como ser humano, desarrollas mejor tus juicios, valoras más lo que tienes y visualizas aquello que tal vez, se pueda mejorar .
Como decía el abuelo: ¡Siempre que puedas, viaja!
Desde la fría y bella Alemania, que tengan como aquí, un hermoso primer día de adviento.