Resulta intolerable que un tercio de la población femenina del planeta haya sido víctima de violencia física, psicológica o sexual por parte de sus parejas o terceras personas. El tema se agrava cuando la cifra se eleva al 38% cuando se trata de mujeres asesinadas por sus parejas.
La ancestral concepción social de que el hombre es superior por naturaleza continúa arraigada en la mente de miles de millones de personas de todas las naciones, lo que origina un llamado de alerta para frenar este errado esquema de convivencia entre géneros.
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Si bien, desde los inicios de la humanidad los roles se fundamentaron en el hecho de que los hombres debían ser viriles y poderosos para traer la caza del día mientras las mujeres se encargaban del cuidado de los infantes, esta idea comienza a cambiar pero no con la suficiente velocidad ni profundidad requerida ante los indignantes porcentajes arriba descritos.
Desde la década de 1960 empezaron a notarse las primeras modificaciones en el comportamiento de ambos géneros con la lucha de las mujeres por sus derechos laborales, sexuales, de educación y de libertad, mientras que el papel de los hombres tuvo que ser modificado ante tales perspectivas femeninas.
Este paulatino pero irrefrenable movimiento rumbo a la equidad comenzó a tener eco entre instituciones y gobiernos, quienes en la actualidad integran en todas sus plataformas planes y programas destinados a combatir la exclusión, la desigualdad y la violencia contra las mujeres.
Al respecto, mañana participaré en el evento 24 Horas, 24 Hombres contra la violencia hacia las Mujeres, que llevará a cabo el Organismo Nacional de Mujeres Priistas en el Comité Directivo Estatal del PRI.
Allí, dirigentes de partido y sectoriales, diputados locales, federales y presidentes municipales abordaremos la perspectiva masculina de un problema social que busca encontrar la forma de alcanzar la igualdad y el respeto solidario con las mujeres.
Tras considerar que los factores de riesgo para que se produzca la violencia de género comienzan en la infancia, con hijos de padres abusivos, conflictivos y víctimas de diversas adicciones, es preciso combatir este hecho con programas de prevención de violencia en el noviazgo y dentro del núcleo familiar que han mostrado efectividad en niveles socioeconómicos altos. No obstante, para los de menos ingreso, las estrategias deben enfocarse en el financiamiento de programas que fomenten la equidad y la reducción de la desigualdad.
Este tipo de proyectos deben asumir una visión de nueva masculinidad, con la idea base de que los roles actuales de hombres y mujeres ya son muy diferentes a los que se practicaban hace cincuenta años, por lo que la sociedad debe asimilarlos y adoptarlos para su correcta práctica.
La nueva masculinidad consiste en abrir el comportamiento a la sensibilidad y reducir los milenarios esquemas de dominación física y moral, en donde la empatía con las aspiraciones de la mujer moderna sea una agradable realidad y no una amenaza ante el antiguo imperio del hombre.
El orientar a las niñas y adolescentes sobre cómo prevenir la violencia contra ellas, proveniente de cualquier hombre, es fundamental para contar con futuras mujeres empoderadas y sin temor, pero concienciar a los niños y jóvenes acerca de la importancia de esta nueva masculinidad es la clave para erradicar esa terrible epidemia violenta que, con tristeza, vivimos cada día, más cerca de lo que estamos dispuestos a aceptar.