Don Jesús Dávila Fuentes
In memoriam
Una vez terminadas las elecciones en los Estados Unidos y tras anunciarse la victoria de Donald Trump se han manifestado muy diversas opiniones y conjeturas sobre lo que se espera pueda ser la gestión de tan controversial personaje.
Más allá de esa sorpresiva victoria y de lamentar, como la mayoría de mexicanas y mexicanos, la derrota de Hilary Clinton, me parece conveniente realizar un breve análisis para explicar el voto mayoritario de la clase media de raza blanca a favor de Trump.
El discurso del candidato republicano con la promesa de generación de empleos rápidos y el mensaje a recuperar la grandeza de los Estados Unidos encontró oídos atentos entre los integrantes de esa clase media trabajadora en particular en aquellas comunidades rurales y semirurales de la franja del centro de aquel país así como los estados de la cuenca del Mississippi y aledaños al Golfo de México.
Para esa clase social los últimos ocho años han sido particularmente difíciles por la escasez de empleos y oportunidades de movilidad, situación que se agrava por su poca educación formal y su tendencia a un conservadurismo de fuertes raíces locales.
En campaña Trump reprodujo con insistencia el mensaje y la visión de un sistema político corrupto y superado por una realidad social y en particular exhibió a una clase política ineficiente e incompetente.
Fue creciendo así, a través de los diversos medios y con acento en las plataformas sociales una “necesidad” por el cambio. Necesidad que caló muy bien entre los integrantes de esa clase trabajadora.
En este sentido llama la atención que en las encuestas de salida el día de la elección el tema más mencionado por quienes votaron por Trump para justificar su voto fue el de un “cambio” a pesar de reconocer también que el republicano no tiene ni la experiencia ni las habilidades para el desempeño del cargo a que aspira.
Para estos grupos sociales la expectativa de un “cambio” del orden prevaleciente que se traduzca en más empleos y en un resurgimiento de la grandeza de Estados Unidos, fueron los argumentos y razones que impulsaron su participación masiva el pasado martes ocho de noviembre.
En el imaginario colectivo de estos grupos Trump es un personaje rebelde que rompe con los esquemas tradicionales, reta al sistema y al final se sale con la suya.
Bajo esa perspectiva los desplantes, las mentiras, las conductas misóginas y discriminatorias, las faltas de respeto, las amenazas y los dislates de Mr. Trump pasan a un segundo término sino es que hasta se justifican.
Una campaña tan larga y tan cargada de ataques y descalificaciones ha dejado atrás una sociedad estadounidense cansada, sensible y muy polarizada.
Candidatos populistas y ajenos a la práctica política de sus sistemas como Trump, basan su oferta electoral en una serie de promesas muy agresivas y que generan altas expectativas en grandes sectores y grupos sociales. Sin embargo, una vez en el poder esos personajes entran en una espiral de frustración y auto justificación al no poder alcanzar sus metas.
Pocos personajes en la historia política contemporánea de aquel país han causado tal polémica y división como Trump, incluso alcanzando a la opinión internacional.
Sin embargo, en un ejercicio de realismo diplomático importante actores internacionales ya han establecido contacto con Trump, no tan solo para felicitarlo por su triunfo, sino también para establecer desde ahora los canales de comunicación que permitan continuar o en su caso mejorar las relaciones con los Estados Unidos.
La oportuna respuesta de la comunidad internacional va en el sentido de mostrar una buena voluntad por los cauces diplomáticos así como un llamado a la prudencia y mesura, ante un actor clave del próximo escenario internacional.
En este contexto llama la atención el llamado del gobierno chino a la prudencia y cooperación después de las declaraciones de Trump en torno a la situación del Medio Oriente y a su inclinación por una etapa de reactivación de relaciones con la Federación Rusa.
La campaña quedo atrás y ahora Trump tiene que prepararse para gobernar su país. Sin embargo, su impericia política y su muy volátil temperamento presagian una gestión plena de desencuentros y estridencias no solo con su equipo de trabajo sino también con otros actores claves como los integrantes del Congreso a pesar de que su partido cuenta con la mayoría en ambas cámaras.
Ahora el reto que enfrenta Mr. Trump es mayúsculo y por demás complejo. Ya que sin ningún antecedente en el quehacer público (el primero en la historia de los presidentes de aquel país) tendrá que conformar un equipo de gobierno y dirigir la administración pública de un sistema que el descalificó a ultranza en su campaña.
Todo parece indicar que la paradoja del caso Trump consiste en que el triunfo del republicano es ya su principal reto aún antes de iniciar su administración.
Las recientes declaraciones de Trump sobre las medidas de deportación masiva que tomará su administración, así como la intención de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte han suscitado opiniones y criticas de muy diversos grupos tanto al interior de su país como en el entorno internacional.
Los expertos en ambos temas, así como fuertes grupos empresariales ya han manifestado sus opiniones y divergencias con respecto a la postura de Trump.
Desde el comienzo de su carrera como empresario Trump ha adoptado un estilo “duro” de negociación caracterizado por posiciones aparentemente irreductibles pero que después de un arduo proceso de negociación termina por ceder o conceder terreno a sus interlocutores.
Todo apunta que ahora en el ámbito de lo que será el ejercicio del poder desde la presidencia de su país, Trump está ya implementando ese estilo pero sin tener un conocimiento profundo de cómo operan y reaccionan los grupos de poder tanto al interior de su país como aquellos en el contexto internacional.
Temas como la migración, las relaciones comerciales, la competitividad económica y la crisis del Medio Oriente no se van a resolver con declaraciones contundentes o con posiciones aparentemente irreductibles del señor Trump.
Más bien Trump tendrá que aprender a negociar políticamente y a construir alianzas comenzando con su propio partido. En el escenario internacional su gran reto será el de proyectar una política firme pero a la vez de alianzas y consensos, congruente con la tradición discursiva de su país en torno a conceptos como la libertad, la paz y la democracia.