¡Me daba miedo ver las armas pero ahora me matan o los mato! advierte un comerciante de la Central de Abasto de la ciudad de Puebla que hace dos años sufrió el secuestro de su hijo mayor.
Uno de sus clientes fue quien dio el pitazo a la banda de secuestradores sobre la fortuna que este comerciante de 63 años de edad ha ido acumulando a lo largo de una vida de esfuerzo, trabajo y preparación académica.
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El hombre está convencido de que una iniciativa de ley como propone el senador panista Jorge Luis Preciado de permitir a ciudadanos mexicanos portar armas en sus negocios, atacaría parte del problema de inseguridad pública.
Confiesa que tras el plagio su opinión sobre el uso de las armas cambió radicalmente. De ser enemigo de las pistolas hoy guarda en su establecimiento una "con balas medio grandes", la cual consiguió por 10 mil pesos con ayuda de un amigo. No tiene licencia para portarla pero está dispuesto a accionarla para defender a su familia.
"Para usarla hay que tener coraje y decisión... voy a retomar las clases de tiro que tuve a mis 17 años porque no me vuelven a tocar a ninguno de mis hijos aunque me metan a la cárcel", expresa con firmeza durante la platica que sostuvimos hace unos días.
Su hijo fue plagiado la noche de un viernes en la Central de Abasto cuando se disponía regresar a la casa; los secuestradores empujaron a uno de sus empleados de la camioneta que iban a abordar y se llevaron al joven.
Los delincuentes entraron en contacto con la familia y exigieron 3 millones de pesos de rescate así como un par de camionetas con facturas endosadas. Recuerda que fueron dos días de pesadilla sin poder hablar con su hijo.
Un conocido de la familia sugirió acudir a la SIEDO porque en ese momento desconocía la existencia de una unidad antisecuestros en Puebla (actualmente fiscalía antisecuestros encabezada por Fernando Rosales). Fue entonces que comenzó la negociación económica; diez policías de alto perfil se trasladaron a su hogar y guiaron el proceso del rescate.
Le dijo a la policía que tenía el dinero disponible pero el consejo de los negociadores fue evitar decisiones apresuradas para no poner en riesgo la vida de la víctima.
"Ustedes tienen lo que quiero y yo tengo lo que quieren", dijo el padre de familia vía telefónica a uno de los secuestradores. Al tercer día habló unos instantes con su hijo (como prueba de vida) y entregó la cantidad de 820 mil pesos así como dos vehículos.
El muchacho de 28 años de edad regresó sano y salvo pero los maleantes no fueron detenidos hasta dos meses después. En ese lapso después de un viaje turístico encontró en su negocio la amenaza de que abasteciera una camioneta con mercancía (equivalente a un millón de pesos) o sufriría las consecuencias. El comerciante denunció la extorsión ante los policías que lo habían apoyado en el rescate de su hijo.
Afirma que los malos policías no pueden opacar el trabajo eficaz de los uniformados honestos, preparados y comprometidos con su misión de ayudar a la gente en situación de riesgo. Vive agradecido con Dios por haber encontrado gente buena en el peor momento de su vida.
Hoy la banda delictiva está recluida en Tepic, Nayarit; una de las cabecillas tiene 40 años y el resto -según me cuenta- son jóvenes que apenas alcanzan la mayoría de edad.
El episodio del secuestro intenta superarlo día a día pero siente frustración cuando escucha que los delincuentes consiguen ampararse de la ley acusando al sistema judicial de arbitrario. Desearía que ninguna familia mexicana viviera el calvario de un secuestro pero en todo caso, tuviera la oportunidad de defenderse a cualquier precio.
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