¿Cuántas orejas debe un hombre tener antes de oír a la gente llorar?
¿Cuántas muertes harán falta hasta que él sepa que ha muerto demasiada gente?
Más artículos del autor
La respuesta, mi amigo, está soplando en el viento.
Bob Dylan. Blowing in the wind
Quizá este texto no aporte nada nuevo sobre la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, el 2 de octubre de 1968. Posiblemente, con que el lector lea La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska o Los días y los años, de Luis González de Alba, baste para enterarse de lo ocurrido. Tal vez, con revisar las constantes ediciones especiales de revistas como Proceso o los suplementos del periódico La Jornada, con las crónicas de líderes estudiantiles y periodistas que vivieron la brutalidad del Estado priista de los años sesenta, pero sobre todo, la presenciada ese miércoles de inicios de octubre sea suficiente.
Narraré lo que un viviente en el tiempo de la postidentidad oyó de esa historia. Crecí escuchando de una masacre perpetrada contra estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN), la Universidad Autónoma de Chapingo, entre otras, así como contra algunos trabajadores, amas de casa y niños, el 2 de octubre de 1968. Oía del escarnio vivido por los hijos e hijas que se revelaban ante el autoritarismo y el conservadurismo de ese padre-Estado priista que muchos adultos llevaban dentro y, que casi siempre, salía contra los jóvenes y hacia los pobres. Escuchaba de un hombre espantoso, horrible, no sólo moralmente hablando (qué ser, mínimamente bueno, podría asesinar a los hijos de una nación), sino físicamente espeluznante. Ese tal Díaz Ordaz, que nombraban, como sinónimo del mal, lo vi en fotografía cuando yo era muy pequeño: sí que era feo, tan espantoso a los ojos, como sus actos a la memoria de la nación.
De igual forma, se decía que los masacrados eran estudiantes revoltosos, vinculados con el comunismo comeniños cubano, de esos que a la mínima provocación mostraban al Che Guevara como estandarte, entrenados en la Unión Soviética y desestabilizadores profesionales; eran de esos greñudos mugrosos, hippies, que traían vuelto loco al mundo con sus festivales y manifestaciones contra las guerras de Corea y Vietnam, entonando letras de Bob Dylan; de los que oían esa música psicodélica y estridente que llamaban rock y que bailaban alocadamente la música de The Beatles, The Rolling Stone, Jimmy Hendrix y Janis Joplin. Obviamente, retrataban muchachos clasemedieros, pequeñoburgueses, asistentes a la UNAM e incluso la Ibero, que eran quienes estudiaban en esos años (hubiera sido interesante saber de los jóvenes de las zonas pobres, las marginales; de los que sólo llegaban a la educación secundaria; los que seguían enamorándose con la música de José Alfredo Jiménez, Pedro Infante y los distintos tríos, y bailando danzón o el guapachoso sonido tropical de Mike Laure). Llegué a escuchar de los viejos, que esos jóvenes se lo habían buscado, que alguien tenía que meterlos en orden. ¿Cómo quedaría México ante el mundo teniendo encima los Juegos Olímpicos, esos que comenzarían el Día de la Raza, con un problema de estudiantes revoltosos? La respuesta it was not blowing in the wind, sino en la represión.
Yo no había nacido cuando eso ocurrió, lo hice una década después, pero conforme iba creciendo, parecía que la herida no sanaba aún. Cuando se decía que el 2 de octubre no se olvidaba, era verdadero. Parecía que las bengalas tiradas sobre la plaza, cerca del templo de Santiago Tlatelolco (donde Juan Diego había mostrado el milagro del sincretismo) y de los altos y modernos multifamiliares, contrastantes con las ruinas arqueológicas, la vecindades de las colonias aledañas y, con la propia Ciudad de los Palacios, habían cegado a toda una sociedad. La gente, una, dos y tres década después, sentía miedo, mucho miedo. Era una experiencia paralizante para cualquier tipo de participación social o política colectiva. El Partido Revolucionario Institucional, el PRI, había logrado institucionalizar, a través de la Matanza de Tlatelolco y la Guerra Sucia, la cultura del terror y el terrorismo de Estado como estrategia de gobierno. La Plaza de las Tres Culturas se había convertido en la Plaza de las Sepulturas y, en ella se había inhumado la voluntad popular.
¿Quién había sido el causante de tantas torturas y asesinatos? Algunos decían que el ejército fue el primero en amedrentar con tanquetas en la zona y haber producido los primeros disparos después de caídas las bengalas. Otros decían que los del guante blanco, los de la Dirección Federal de Seguridad, quienes habían hecho las detonaciones contra los militares, para hacer creer que los estudiantes estaban armados. Otros, los menos, creyeron que eran los propios manifestantes, ligados a la guerrilla. Sin embargo, los caídos esa tarde de miércoles, no fueron militares ni policías, sino civiles. No se tienen datos fidedignos, sólo oficiales (como nuestras falsas recientes “verdades históricas”) de cuántos fueron asesinados en el lugar, además de los abatidos en el Campo Militar no. 1, en los hornos crematorios.
Lo que se decía y oía a principios de los años 80 parecía una verdadera historia de horror. Conforme los miembros de la Generación X íbamos creciendo, nos enteramos que ese 1968 había sido un parteaguas en la historia mundial: La primavera de Praga, en el entonces bloque socialista y Paris con el enigmático Mayo francés, fueron dos grandes ejemplos. Tal pareciera que la crisis de finales de los 60 mostraba la caída de un mundo decimonónico en plena picada y que la paz perpetua kantiana se derrumbaba, al igual que los vestigios de los guardianes del anhelo de la moral hacendaria porfirista en el país. Sin embargo, el 68, quedó incrustado en el inconsciente colectivo de México, al menos de la capital. Esa Revolución cultural de 1968 braudeliana, se pagó con terror y sangre en el país.
No supe de lo ocurrido 10 años después, si hubo conmemoración o no. Pero 20 años más tarde del suceso, el fraude consumado en las elecciones presidenciales para beneficiar al candidato del viejo PRI, Carlos Salinas de Gortari, contra el candidato del nuevo PRI, los de renovación, bajo el mando del hijo del Tata Cárdenas, Cuauhtémoc, detonó masivamente lo que no se había visto en algún tiempo. Ya dos años antes, los estudiantes universitarios habían salido a marchar contra la rectoría de la Máxima Casa de Estudios. Los jóvenes herederos de la masacre de 1968 y del intento de protesta reprimida en 1971, la del Jueves de Corpus, vencieron la parálisis social para exigir el derecho a la educación universitaria pública.
Varias generaciones crecimos con ese ejemplo, que sentíamos más próximo a nuestra vida, a quienes éramos hijos de la modernidad a la mexicana, a los del tránsito del Estado de bienestar al rapaz neoliberalismo, los que nunca hemos visto un México en bonanza. Contábamos con un set de nuevos héroes nacionales, no los que dieron independencia a la patria o tierra y libertad, sino los que evidenciaron la perpetua crisis económica, política y social que vivimos y continuamos haciéndolo. Los mártires del 68 eran como nosotros, unos sin rostro, unos anónimos, ante la imposibilidad social de un prócer individual; tal como los alzados en la selva chiapaneca en 1994, los zapatistas, los del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Incluso, ese Consejo General de Huelga (CGH) de la UNAM de 1999, era tan parecido al Consejo Nacional de Huelga (CNH) del 68, pero proletarizado, menos chick.
El 68 para algunos de nosotros, los que vivimos al final del milenio, fue motivo de trabajos universitarios y manifestaciones públicas cada 2 de octubre. “Dos de octubre, no se olvida. Es de lucha, combativa”, “Porque el color de la sangre jamás se olvida, los masacrados serán vengados. Y, ¿quién los vengara? El pueblo organizado. ¿Entonces? Lucha, lucha, lucha, no dejes de luchar, por una educación científica y popular”, “Dos de octubre no es de fiesta, es de lucha y de protesta” eran algunas consignas vociferadas por las hordas (con “h”, no Ordaz, como el apellido de ese hombre horrendo, digno de personaje de película de Guillermo del Toro) estudiantiles que cada año van de Tlatelolco, vía Eje Central-Lázaro Cárdenas, rumbo al Zócalo de la Ciudad de México.
Sin embargo, esas consignas se convirtieron en adendum de las nuevas manifestaciones públicas. El eterno retorno parece haber cumplido de nueva cuenta su ciclo, pero renovado. La vuelta trajo las condiciones de aquellos años 60 y ese mítico 1968, las cuales están más presentes que nunca. Para los que no observamos aquello, podemos ver el remake. Lo que para los jóvenes sesentaiocheros representaron las demandas de la libertad de los presos políticos, la derogación del artículo 145 bis del Código Penal Federal, la desaparición del cuerpo de granaderos, la destitución de algunos jefes policiacos, la indemnización a los familiares de todos los muertos y heridos y el deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos, siguen vigentes, aunque empeoradas.
Ahora, seguimos teniendo presos políticos; ya no hablamos de disolución social, pero tenemos la criminalización de la protesta social como forma de ilegalismo, creada por los gobernantes de derecha y de izquierda (por ejemplo, los del Partido de la Revolución Democrática –PRD-, herederos de ese 1968); los granaderos siguen, pero ahora apoyados de policías federales y la gendarmería, por no mencionar la militarización de las calles y el terrorismo de Estado, a través de las ejecuciones extrajudiciales y de los grupos paramilitares como los narcotraficantes; hoy pedimos la destitución del presidente, procuradores y jefes militares y policiacos ante los abatimientos y las desapariciones forzadas, como las de Ayotzinapa y Tlatlaya; también se exige verdad, justicia e indemnización a los familiares de los heridos y asesinados por el gobierno de Enrique Peña Nieto, y que juzguen a los agentes de Estado involucrados en el derramamiento de sangre que vive el país.
Ese mítico 1968 que mostró la crisis política, social y cultural que enfrentaba aquel México semirural y posrevolucionario, así como el mundo, hoy se reactualiza, desgraciadamente, en el temor y lo horrible en la bestialidad, como ese rostro pavoroso de aquel gobernante asesino, tan manchado de sangre como el homicida neoliberal que gobierna México hoy. No lo viví aquellos años, pero vivo y vivimos ese 68 reload, ahora.