Por la noche, antes de salir de la Biblioteca Pedro Arrupe S.J., de la Universidad Iberoamericana, recorrí nuevamente, con mayor lentitud y especial atención la exposición “Carteles por Ayotzinapa”, que muestran no sólo al país sino al mundo entero, las injusticias y la violación de derechos humanos en la que México se encuentra sumergido. Cada cartel te hace recordar, nuevamente, el estado de impunidad que se sigue presentando.
Al dirigirme al estacionamiento, entre sombras, visualicé a los 43 estudiantes representados por su fotografía, unos pantalones y sus camisas, con el nombre puesto en su pecho expuestos aún en uno de los pasillos centrales de la Universidad. No pude evitar una profunda tristeza y enojo contenido por todo lo que ha sucedido, lo que sabemos y lo que no.
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Estuve en Ayotzinapa hace años, cuando era pequeña, con mi abuelo. Viví por momentos la cotidianeidad de una escuela normal rural. Ya había estado también en la Normal de Teteles, en donde mi tía era maestra.
Me gustaba ver las actividades de los estudiantes, sus juegos y habilidades para las artes y los deportes. Como estaban internados, tiempo tenían para hacerlo y lo hacían bien.
Sé también cómo se organizaban para ir a botear, era la actividad necesaria cuando los recursos no alcanzaban y lo hacían con especial entusiasmo. En esa noche de septiembre, nunca imaginaron esos jóvenes lo que les deparaba el destino.
Las escuelas rurales conservaban la esencia campesina, de ahí su nombre. Muchos de sus estudiantes por haber nacido en comunidades campesinas, poseen aun lo que las investigaciones llaman saberes no validados socialmente, es decir, aquellos procesos y productos de la creación humana que se encuentran insertos en la cultura de los pueblos.
Son esos saberes ancestrales, con su saber y con sus técnicas, con su modo particular de tratar la naturaleza y de resolver comunitariamente los problemas sociales, con un estilo de desarrollo menos degradado y dependiente.
La educación a través de la escuela en varios de nuestros contextos, ha contribuido significativamente a crear y profundizar las enormes desigualdades, en donde los saberes constituye ya una cultura híbrida, como lo presenta García Canclini, por la preservación, mezcla o sustitución con los saberes occidentales naturalizados por la modernización y por ende, la escolarización.
Aun así, muchos de esos jóvenes estudiantes han vivido unos de esos momentos o espacios de resistencia a la cultura dominante, como lo plantea Giroux, que exaltan la libertad creativa del individuo o del grupo para escaparse del orden impuesto. Por eso también, siguen siendo señalados como “revoltosos”.
Tal vez ahora sea el momento de reconstruir saberes distintos a los naturalizados por la cultura occidental, acercar la escuela a la realidad vivida, facilitar el difícil tránsito de quienes en su medio cotidiano se mueven en un mundo de relaciones locales, concretas, simples y empíricas.
No los despreciemos, hay mucho de saberes sociales no validados en muchos de ellos y en nuestros propios estudiantes; y para los de Ayotzinapa, no los olvidemos y sigamos unidos levantando la voz, manteniendo presente en la memoria lo que sucedió y desgraciadamente…sigue sucediendo.