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OPINIÓN

El sentido de la realidad

Hillary vs. Trump. Apariencia y realidad. Los nuevos lenguajes. Enemigos y héroes. Mitos políticos

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Miércoles, Septiembre 28, 2016

El circo, así tituló su caricatura Helioflores, alusiva al debate presidencial entre Hillary y Trump, o sea, el evento político-mediático, como muchos otros –o varios, al manos-, podría ser una mera actuación, ya previamente planeada, prevista, en el fondo algo ficticio, irreal. ¿Realmente así es? ¿Es un circo? Por otro lado, independientemente de los análisis pormenorizados, y hasta justamente por ellos, algunas cadenas –como CNN- dijeron que ganó la Clinton, sus tablas, su experiencia, su aplomo, conocimiento y demás le dieron una victoria contundente. Otras cadenas –y algunas encuestas de cuño local- daban la victoria a Trump, dijeron que porque responde a las inquietudes de empleo y bienestar.

Algunos inclusive, como un profesor de la UPAEP y algunos analistas económicos, daban por triunfadora a Hillary y, optimistamente, hablaron de la contención de la caída del peso. A mí, en efecto, me pareció que estuvo mejor la ex primera dama y que se perfila para ganar su lugar en la Casa Blanca. Hasta que un colega de la universidad, con algunos datos, me dijo que never, que no es así, que la balanza podría ser otra, que debería yo mirar con mayor atención.

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Mirar la realidad con mayor atención. Si enfocamos esta premisa, este criterio, a la situación nacional seguramente veremos muchas cosas, muchos enfoques, incluso entre ellos ese circo, o ese teatro, o esa actuación que el caricaturista Helioflores vio en el debate norteamericano. Por ejemplo, para el caso mexicano, la perspectiva de que al presidente y su partido, a sus colaboradores y aliados, el país se les escapa de las manos. O esa -¿actuación también?- actitud del PRI de ir contra sus miembros distinguidos por casos de supuesta corrupción como es el caso del gobernador de Veracruz; ¿ya está todo acordado, arreglado, determinado? ¿O terminará como comenzó, sin la certeza de nada y, sí, en cambio, abandonado todo en el limbo? ¿Un chivo expiatorio para ganar credibilidad, máxime teniendo esa cosa encima que pesa como una losa que es calificación baja y reprobatoria?

Eso que se dice, eso que escriben los analistas, periodistas, comentaristas, columnistas, tecladistas de todo cuño y demás, ¿es lo que pasa, lo que ocurre, la realidad, o ésta se esconde en toda esa apariencia que hay que traspasar o trasponer para conocer algo de su misterio? Se trata, por tanto, del sentido de la realidad.

 

La realidad no es tan sencilla, tan simple, aunque también, a veces, es tan sencilla y tan simple (paradoja, pero tenemos ambas experiencias, no sabemos por qué, pero se dan). Lo que quiero decir es que nuestra primera mirada sobre la realidad, sobre las cosas, viene a ser una apariencia, un fenómeno en su sentido original, es decir, una mostración de algo. Es lo que percibimos con nuestros sentidos, es la primera capa de la realidad.

Pero casi enseguida vienen otras capas: luego de la apariencia –literalmente, lo que nos aparece, lo que nos parece, lo que se muestra en primera instancia-, viene una realidad subyacente, y para llegar a esa segunda o más profunda capa o ámbito de la realidad se requiere un ojo especial, una mirada especial, por ejemplo, la de la ciencia, la de la razón. Con ese ojo especial –sea el de la ciencia, sea el de la razón-, se puede mirar más allá de la apariencia, se puede alcanzar un nivel más profundo de la realidad, o la misma realidad que estaba detrás de la apariencia.

La filosofía quiso ser, hace veinticinco siglos, esa mirada atenta y especial, ese ojo clínico que, mirando más allá de las apariencias, penetrara el misterio del ser y de las cosas: Aletheia, correr el velo y ver lo que hay detrás. El ojo racional, el rigor, el método, permitirían conocer la realidad en sí y no sólo su fenómeno: el ser parmenídeo, la idea platónica, la substancia aristotélica o el acto de ser tomista.

O más todavía. Un ojo todavía más especial: el ojo atento a una revelación, a una epifanía de una realidad más allá de toda realidad temporal. El ojo de la fe: ese que permitía mirar más allá de este mundo y la realidad última también de este mundo. Ese ojo especial, la mirada de la fe, a diferencia de la filosofía, era un don especial, un regalo concedido a ciertas almas, a ciertos espíritus que, por su humildad y sencillez, se hacían dignos de recibir tal don. Esa fue la convicción y la herencia del cristianismo al mundo occidental durante siglos.

Hasta la edad moderna, donde la convicción fue pasando poco a poco de la fe (la fe cristiana) a una nueva convicción: la de la ciencia moderna, la ciencia experimental. Todo iba bien hasta que la ciencia se convirtió en el principal instrumento de los poderosos. El ojo especial, conquista humana cien por ciento, de repente, sobre todo en las grandes conflagraciones del siglo XX, fue perdiendo credibilidad: toda la ciencia, toda la razón representada en la bomba nuclear, se hizo inhumana al ponerse al servicio del poder.

De ahí al escepticismo, la desconfianza en la razón misma, había un solo paso: ni la filosofía griega ni la fe cristiana ni la ciencia moderna podían ser ese ojo especial para mirar la realidad. De hecho, la realidad no es sino una perspectiva, una construcción que cada uno puede hacerse. En el fondo, no hay realidad, la realidad es una construcción arbitraria, una confección del lenguaje a partir del cual se puede construir toda realidad humana.

Claro, mejor dicho, aclaro: desde que leí algunos textos de Mircea Elíade sobre el mito del eterno retorno y sobre lo sagrado y lo profano, me pareció claro que había cierta formulación en sus expresiones que explican por mucho el sentido de la realidad en los tiempos modernos, incluyendo la cosa pública. Y que tiene que ver ese lenguaje mitológico y simbólico con la nueva forma de hacer política: en los rituales y en el lenguaje.

En esa visión mítica, hay que pasar –también- del mundo de la apariencia al mundo verdadero, el mundo real, el mundo tal cual es. ¿Cómo? Mediante procesos rituales, mediante fórmulas mágicas expresadas en un lenguaje especial, reservado a unos cuantos espíritus atentos y aguzados. Ahí, en ese mundo simbólico, siempre hay enemigos, visibles e invisibles, manifiestos y sutiles, escondidos, engañadores. Éstos son los más peligrosos y hay que estar atentos. Claro, ese lenguaje, a estas alturas que lo religioso ha perdido terreno, se vuelve a ocupar en la retórica política. ¿Dónde está el enemigo? ¿Quiénes amenazan nuestros bienes, lo más preciado que tenemos? ¿Dónde están esas fuerzas oscuras que nos amenazan?

O mejor dicho, esas fuerzas oscuras que nos amenazan, ¿con quiénes las identificamos? Por ejemplo, cosa que también ha cobrado actualidad, para algunos que defienden sus convicciones y sus políticas, ¿quién es el enemigo, terrible, monstruoso, peligrosísimo, que amenaza al estado laico? Claro, es el clero, esas fuerzas oscuras que todo lo pervierten y envuelven, tan nefastas que, en el descaro de su actuación son capaces de convencer a miles de fanáticos para que hagan marchas y se manifiesten, o como un columnista escribió: el brazo político de la Iglesia.

No es extraño que en el lenguaje político se hable de fuerzas oscuras, oscuras y nefastas, negras, diabólicas incluso, todas estas palabras para endilgar a los enemigos, a los enemigos políticos desde luego. Ellos representan, para los usuarios de este lenguaje simbólico-mítico-político, el peligro en sí, el rostro de una fuerza que hay que conjurar de una vez y para siempre: la historia –dicen con los ojos en blanco- ya los condenó (así como los marxistas decían de los burgueses) y nuestra victoria –continúan en trances harto nacionalistas- está garantizada: el poder nos la ha dado.

Claro, no sólo se habla de los enemigos, esos demonios invisibles que amenazan nuestros bienes. También surgen esos héroes, esos grandes hombres –o mujeres- que, con talentos especiales, dones peculiares, nos ayudarán a lograr lo que anhelamos: una sociedad mejor, una tierra, una situación donde brille la justicia, donde tengamos aquello que nos hacer dichosos y felices. Lo único que se nos pide es confianza, adhesión, mediante un acto supremo de fe: nuestro voto.

Ese líder carismático, ese que sí sabe gobernar, ese que cuenta con experiencia, que tiene todo un currículum vitae impresionante, que tiene toda la pericia, es una suerte de mesías, no, mesías no, dejémoslo en tipo capaz, consistente, que nunca ha perdido una elección, cuasi perfecto, en suma, quien tiene la fórmula, el plan maestro, el diseño perfecto, que sabe lo que nos hace falta (porque tiene talante y talento especial –casi divino, porque sin duda es un hijo de los dioses-), ese, digo, es el personaje esperado, deseado, lo que el país necesita, lo que la nación reclama, lo que a la sociedad le hace falta. Porque sólo falta que llegue, que tome su lugar y las cosas comenzarán a resolverse.

Ese es el lenguaje especial, el que nos permite –según estas lógicas- comprender las cosas, más allá de las ficciones, de los engaños, de la apariencia. Claro, en momentos de gravedad, en que los problemas parecen desbordar todo -crimen organizado, corrupción, impunidad, complicidades-, la desesperación lleva a medidas extremas, decisiones incluso ilógicas, con tal de que el enemigo sea conjurado o proscrito. En tales situaciones, sólo falta el personaje adecuado. Es la técnica del mito político moderno. Claro, significaría la muerte de la razón. Cassirer dixit.

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