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OPINIÓN

La solitud

Es diálogo consigo mismo. Hannah Arentd y la necesidad de reflexión frente a la superficialidad

Francisco José Anaya Rodríguez

Máster en Filosofía. Profesor universitario. Analiza la realidad social y política desde las Humanidades y las Ciencias Sociales. Además de en e-consulta escribe para el portal USMEXCHINA.

Viernes, Septiembre 23, 2016

“(…) para andar conmigo me basta los pensamientos”

Al pensar nos experimentamos en diálogo con nosotros mismos. Pensar es, como formuló Platón, mantener un diálogo silencioso con uno mismo. Hannah Arendt, siguiendo al gran filósofo griego, afirma que al pensar nos experimentamos envueltos en una dualidad, ya que nosotros mismos nos interrogamos y nos respondemos. La pensadora llama a esta experiencia del propio ser: el dos-en-uno; y, a la forma de estar a solas al experimentarla, la denomina solitud.

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La solitud es el estado existencial del pensador: «El pensar, hablando desde el punto de vista existencial, es una empresa solitaria, pero no aislada; la solitud [solitude] es aquella situación humana en la que uno se hace compañía a sí mismo»  (Arendt, H.: La vida del espíritu. Ed. Paidós. Barcelona, 2002. pág. 207).

En la literatura universal podemos encontrar hermosas aproximaciones a esta experiencia. Por ejemplo, la de Lope de Vega al inicio de su famoso soneto A mis soledades voy: «A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para andar conmigo me bastan los pensamientos».

El pensar que se lleva a cabo en solitud es, fundamentalmente, el ejercicio especulativo que realiza el hombre por medio de la razón al interrogarse por el sentido de los hechos y acontecimientos que conforman la realidad. La clase de pensamiento que se desarrolla en solitud es el que de ordinario denominamos pensamiento reflexivo, muy cercano también al sentido clásico de filosofía o conocimiento sapiencial.

Siguiendo a Heidegger, Arendt consideró que el pensamiento anula las distancias temporales y espaciales: es decir, anticipa el futuro, al pensar sobre él como si ya estuviera presente, y retoma el pasado, al recordarlo como si aún no hubiera desaparecido. Por tal motivo, directa o indirectamente, toda reflexión descansa en nuestra capacidad de imaginar y recordar. En este sentido, pensar es repensar. No resulta raro que, al hacerlo, debamos suspender nuestra participación activa en el mundo. Como la pensadora solía decir, pensar reflexivamente es un “desinere inter homines esse” (dejar de estar entre los hombres).

La solitud aparece ante quienes nos observan como un estado de falta de atención. De desorientación en lo que respecta al entorno físico inmediato. Esta clase de distracción es inversamente proporcional al grado de concentración de la actividad reflexiva. A determinado nivel, podemos combinar el pensamiento reflexivo con algunas actividades, más o menos mecánicas o automatizadas, como caminar o manejar. No obstante, profundizar en la reflexión, en tanto actividad, implicará detenerse y abocarse sólo a ella, de manera análoga a como ahondar en un diálogo con otra persona lleva consigo suspender otras actividades.

«Puede ocurrir, por supuesto, que se empiece a pensar en alguien o algo todavía presente, en cuyo caso se habrá dejado a un lado de manera furtiva el contexto y uno se comportará como si estuviera ausente» (Arendt, H.: La vida del espíritu. Ed. Paidós. Barcelona, 2002. pág. 95).  El fenómeno de la mirada ausente o perdida compone un claro ejemplo de lo anterior. Imaginemos a un hombre que al reflexionar no cierra los ojos, sino que se limita a posarlos sobre un árbol, una nube, un libro, una persona, etcétera. No podemos decir, en sentido estricto, que observa. Sus ojos nos revelan que su atención pasa por alto aquello a lo que físicamente apuntan.

A partir de la consecuente ausencia de atención al contexto, se puede concluir que alguien se encuentra reflexionando, pero no es posible averiguar el contenido de su reflexión. De la sola distracción al exterior no cabe inferir el contenido del discurso que ocurre al interno. Para ello se ha de iniciar el diálogo a partir de la pregunta, y proseguirlo a través de la conversación. Por sí mismo, el pensamiento no se hace presente en el mundo.

Con frecuencia, al estar con alguien que le parece ausente a los acontecimientos del entorno común —y juzgando que no debería estarlo—, o movida por la urgencia, la curiosidad, la impaciencia, el afecto…, una persona increpa a su interlocutor a través de preguntas de formulación cercana a ésta: «¿En qué estás pensando?», sacándolo así del estado de solitud.

Podemos hablar de realidades culturales que favorecen u obstaculizan la solitud. No cabe duda que hoy, en las sociedades tecnológicamente modernas, es más fácil evadirse del encuentro reflexivo. La sobre estimulación de los sentidos, la casi omnipresencia de los medios de comunicación, el ruido des-medido, la sobrevaloración de la velocidad, etcétera, hacen más difícil la solitud.

Descendiendo aún más a los detalles, el uso de los aparatos de telecomunicación con oferta multimedia suele ser la primera elección de muchos de nosotros en medio, incluso, de los llamados tiempos muertos: en el autobús, en la sala de espera de un consultorio o de un despacho… e incluso en los lugares y momentos más íntimos. Tiempos todos ellos que, tal como podemos advertir, dejan de ser de posible reflexión, para convertirse en búsqueda afanosa de entretenimiento y de información más o menos banal.

La insolitud dificulta la formación de  la personalidad, contribuyendo a que la vivencia subjetiva del encuentro con otro ser humano se experimente más como una interacción con un estereotipo, que con una persona. Una vida que pasara sólo delante de los otros o en el consumo y uso de las cosas, que nunca buscara (conscientemente) mantener el diálogo silencioso del dos-en-uno, sería del todo superficial.

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