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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Seamos todos fáciles

Fácil e interesante puede ser lo profundo del conocimiento. Ni barcos ni exigentes que vacunan

Eduardo Libreros

Docente que aprende de sus estudiantes. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Maestro en Administración de Instituciones. Imparte materias relacionadas con la literatura, comunicación e investigación y es colaborador de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales sede México en la autoría de libros de texto para el Telebachillerato Comunitario

Jueves, Septiembre 22, 2016

No caigamos en la trampa de restarle valor a una clase por considerarla fácil.

En una ocasión escuché los comentarios de algunos estudiantes sobre lo fácil que eran los temas de la clase de historia, en contraste con lo difícil que iba a resultar el examen de matemáticas. Esto nos remite de inmediato a una idea muy común que se ha incrustado en el contexto escolar, la cual plantea que las materias de lengua y humanidades son sencillas si buscamos compararlas con los contenidos que se abordan en ciencias exactas.

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Recordando un poco mi etapa como estudiante, vinieron a mi mente las clases de química de una profesora que tuve en secundaria. En realidad nunca fui adepto a este tipo de asignaturas; sin embargo, la forma en que esta mujer nos explicaba la diferencia entre un enlace iónico y uno covalente hacía que su clase fuera muy sencilla para mí y varios de mis compañeros. Por el contrario, la maestra de literatura de bachillerato nos aplicaba exámenes pesadísimos en donde teníamos que memorizar párrafos enteros de libros, lo que hacía extremadamente difícil obtener una nota decente en la materia.

Tanto la experiencia de mis alumnos como la propia me hicieron reflexionar sobre dos conceptos recurrentes en la tarea educativa: la facilidad y la exigencia. Parece ser que el consenso general dicta que ambas características no pueden estar presentes en la figura de un profesor: o eres “fácil” o eres exigente, y creo que esto se debe a la mala fama que tiene el primer término al considerarlo prácticamente un sinónimo de dejadez. No obstante, existen ejemplos de prácticas docentes en los que la facilidad va estrechamente ligada con una buena planeación, y me gusta ejemplificar esto con una analogía que surgió durante una charla con algunos de mis estudiantes.

En un viaje que hice a Alemania tuve la oportunidad de conducir por la Autobahn, que es la red de autopistas que conectan a las ciudades del país germánico. Mientras circulaba por esta vía me sorprendí de lo fácil que era seguir cualquier señalamiento que te informara, por ejemplo, de las tareas de reparación que se realizaban 2 km adelante, de la distancia que restaba para la siguiente salida, o del cambio en el límite de velocidad. Además, al hacer uso de la luz direccional, el auto que transitaba en el carril contiguo automáticamente disminuía su velocidad para permitirte el paso. Todo esto hacía que manejar fuera muy fácil, y eran inevitables las odiosas comparaciones con mi experiencia como automovilista en México, en donde a la tarea de esquivar baches, piedras y caminos inundados, se le suman aspectos como una pobre planeación vial y la manera irresponsable (por decir lo menos) de conducir de gran parte de las personas que están tras el volante. Manejar en nuestro país es difícil y demanda una excesiva carga de estrés para los automovilistas, por lo que nadie en su sano juicio consideraría estas características como ideales para el desempeño de esta actividad.

Siguiendo lo anterior, ¿por qué consideramos que una clase fácil es algo malo para el estudiante? He sabido de casos en los que docentes de humanidades, obsesionados por demostrar que su asignatura es tan exigente como cualquier materia de exactas, se regocijan al ver cómo sus alumnos se estresan con su ridículamente extenso trabajo final. Esto hace que los estudiantes descuiden otras actividades de igual valor para su desarrollo académico, perpetuando la idea en ellos de que un profesor exigente es aquel que los llena de tareas y, en el mejor de los casos, los aprueba “de panzazo”. Prácticas así generan situaciones de frustración, desmotivación y falta de interés… y no estoy hablando sólo de los alumnos.

Sergio de Régules, en un texto homenaje a Luis de la Peña como maestro, relata que para la elección de asignaturas en su época como estudiante de la UNAM los alumnos se debatían entre elegir a los maestros más “barcos” para las materias difíciles, o inscribirse con los “genios” a los que no se les entendía nada. Según sus propias palabras, el no escogió “ni a un barco ni a un guardián del misterio, sino a Luis de la Peña”. El autor rememora la ocasión en que este físico mexicano los motivó a pensar de verdad, sin flagelarse por la dificultad que representaban los fundamentos de la mecánica cuántica. Bastante tendría cualquiera con lidiar con las peculiaridades de esta materia para, encima, recibirla de un genio mistificador. Entonces, ¿qué hay de malo con hacerlo fácil?

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