El hombre debe integrar, desde su motricidad, su relación con los objetos; los que toma de forma masiva, luego los selecciona y utiliza conforme a su utilidad y realiza movimientos finos, como escribir o dibujar. Su conocimiento y forma para construir sensaciones, percepciones, representaciones recordadas e imaginarias, pensamientos simbólicos, intuitivos, lógicos, concretos y abstractos, llega al pensamiento formal, que tiene como fin el universo entero. Llega hasta los momentos en que construye su lenguaje: al nacer grita por su necesidad de respirar oxígeno; luego, con sus gritos, llantos y gestos comunica sus necesidades; emite balbuceos, gorjeos, sílabas, palabras, frases, monólogos y, por fin, llega a dialogar.
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Expresa su afectividad: primero expresará sus necesidades y aversiones, luego formará sus sentimientos; aprenderá el valor del amor humano, en el que integrará el amor sexual, el amor erótico y el verdadero amor espiritual.
Por ello, o tal vez debido a las limitaciones de la teoría psicoanalítica al respecto, Freud no alcanzó a comprender con plenitud por qué el anciano adquiere sin mayor problema la maduración en el amor, además de que es competente para soportar las privaciones sin frustrarse, eso es, sin perturbarse y sin trastornarse. En realidad a lo único que se acostumbra es a tolerar sus insatisfacciones. El viejo posee la cualidad que más de las veces no acude al joven. El secreto está en la TOLERANCIA.
En los casos en que los ancianos no caminan por esa ruta nace el malestar con ellos mismos, que expresan algunos en su forma de desesperación. Así pues, la falta de tolerancia frente al actuar del mundo los obliga a sentir que están mal consigo mismos ya que advierten que el tiempo que les resta es demasiado poco para conjuntar los diferentes periodos y rostros que acumularon a lo largo de su vida.
Un signo de desintegración sobreviene cuando el hombre viejo comprende los sentimientos propios de la muerte y de ahí genera un sentimiento muy grande de temor. Ese temor le impide apreciar casi cualquier cosa distinta de la idea de su propia muerte. La desesperación sólo es consecuencia del proceso. Además, comprende las palabras de Platón cuando afirma que la enfermedad es una vejez prematura y la vejez una enfermedad permanente.
Al aparecer el miedo a la muerte no es sino el reflejo de una proyección de una conciencia rígida y acusadora.
En los ancianos resulta frecuente la delación sobre la imagen de Dios, ante quien ofrecen solamente una actitud acusatoria que no es nada diferente a la imagen que tienen sobre sí mismos y sobre los demás. De ahí la trascendencia de la capacidad de perdonarse a sí mismo y a los demás, pues de otra forma no existe la superación que produce el miedo a la muerte.
Por otra vía, el discípulo más antagónico de Freud, Carl Jung, opinaba que los hombres tenían una actitud religiosa para enfrentar y soportar la segunda parte de su vida, aquella que comenzaba –como señalaba Dante- después de los 35 años (al mezzo giorno della mia vita), pues de esa manera lograban ampararse de una manera relativa de las miserias existenciales que despertaban los sentimientos de la muerte.