En las últimas semanas se ha hecho una gran difusión de Puebla como ejemplo de gobierno humanista y panista, pero ¿estas afirmaciones resisten un análisis a profundidad?
Comencemos por revisar algunos puntos para poder identificar a un gobierno con un partido político determinado, compartidos con anterioridad en este espacio - “Identificar II”-:
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La militancia de los principales cuadros. Si la mayoría de los miembros de un gabinete son del partido colorado, es un gobierno colorado. Si la mayoría de los concejales son liberales, será un ayuntamiento liberal. Si la mayoría de los senadores son republicanos, será un senado republicano, etc.
Una función de los partidos es llevar al poder a un grupo de personas con las mismas ideas y concepciones. Por ello, siendo desde luego muy deseable que cada vez más haya servidores públicos “de carrera”, no sujetos a los vaivenes electorales, en nuestras sociedades en vías de consolidación democrática, la militancia de las posiciones administrativas de nivel bajo, medio y alto es un indicador de la cercanía de un gobierno a un partido.
Otro camino para distinguir y diferenciar a un gobierno, vinculándolo con una fuerza electoral, es su agenda programática. Quizá es la forma más real y más sustancial, pues se basa en los hechos de la administración, más allá de afiliaciones que pueden ser coyunturales o cambiantes, incluso. Cómo gobierna, cuáles son sus prioridades, en qué pone el foco de su atención, de su discurso, de sus esfuerzos. ¿Puebla tiene un gobierno panista?
Para calificar un gobierno como humanista deben encontrarse algunas características muy definidas: tiene como fundamento la búsqueda del bien común; respeta la dignidad de la persona humana, propicia la solidaridad y desde luego, busca la subsidiariedad. ¿Puebla tiene un gobierno humanista?
Más importante aún es saber si un gobierno puede calificarse como democrático, si cumple con los indicadores mínimos para hablar de un Estado con buenos resultados en su Termómetro Democrático:
Si la autoridad y las leyes electorales permiten una real competitividad, si el voto cuenta y se cuenta, si hay una razonable incertidumbre previa sobre los resultados, si no hay presiones indebidas al elector, si la autoridad se comporta con independencia, legalidad e imparcialidad con los participantes en la contienda, tenemos un indicador claro de avance democrático.
Si cuenta con un sistema de partidos sano, vigoroso, actuante, con opciones políticas libres, autónomas, responsables, diferentes y diferenciables, es un sistema propio de la democracia. Un sistema de partidos corrupto, coptados por el poder, sin vida institucional propia es lo más acorde a un régimen autoritario.
Después hay que observar si la división de poderes existe y la autonomía de los órganos, que es deseable sea real. ¿Qué tan autónomos son el poder legislativo y el poder judicial en un lugar y momento determinado? ¿La autoridad electoral es ciudadana de derecho y de hecho? ¿El “Ombudsman” está libre de ataduras, presiones y amenazas del Príncipe? La concentración de poder es lo característico del autoritarismo. Dime cuánto poder concentra indebidamente el gobernante y te diré qué tan autoritario es…
No hay democracia sin derechos humanos. En tanto se vivan y se respeten éstos, habrá aquella. Sin el derecho a la vida, a la propiedad, al honor, a la privacidad, a la educación, al trabajo, etc., no hay democracia. Sin libertad de expresión, de asociación, de manifestación, de participación política… no hay democracia. Sin garantías de juicio justo y debido proceso, no hay democracia.
Para que pueda considerarse a un régimen como democrático, también deben existir procedimientos claros y efectivos de acceso a la información pública y, sobre todo, de rendición de cuentas. Para muchos, éste es el origen histórico de la democracia. “No tax without representation” dijeron los ingleses. No más tributos sin tener quién los vigile, quién audite su uso, quién modere el exceso…
Y finalmente otra característica propia de toda democracia es la igualdad jurídica ante la ley. La ciudadanía como elemento igualador de los individuos. Todos somos ciudadanos. No aplican diferencias de origen, de condición social o económica, de condición personal o de cualquier tipo cuando somos puestos ante el tribunal de la ley. Influyentismos, excepciones generalizadas, fueros de todo tipo, son propios de sistemas autoritarios. Más allá del eslogan en boga, ¿nadie está por encima de la ley?
Revisando las características de todo régimen democrático, ¿Puebla tiene un gobierno democrático?
Así que ni panista, ni humanista, ni democrático.
[El autor es regidor del H. Ayuntamiento de Puebla
juan.espina@pueblacapital.gob.mx
@juancespina
FB JuanCarlosEspina.90]