Era tan suave y armonioso su susurro que decidí cerrar mis ojos para que me llevara donde ella estaba. Su terso y apacible ritmo arrastró mi respiración e hizo presente los momentos en que ese canto mecía algunos momentos de mi infancia, en voz de mujeres adultas que, al unísono, rezaban por todas y cada una de las cosas.
Era una señora mayor. Nunca supe su nombre. La sentaron junto a mí debido a que el espacio para las piernas era más amplio, en esa fila, que en el resto del avión. La joven madre del muchacho que iba a mi lado le pidió dejarle el asiento a la señora quien, agradecida, se aposentó en el mismo y, sonriente y de dulce voz, inició la plática: Iba a ver a su hija y sus nietos a los Estados Unidos y se quedaría por 4 meses. Ella radica en El Salvador.
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Sin poder abrocharse el cinturón de seguridad me solicitó ayudarla, a lo que accedí de manera inmediata. La joven sentada en el asiento de la ventanilla, sólo nos miraba. No hablaba ni pizca de español y, cuando la señora se dirigía a ella, yo traducía. Listas para el despegue, la sobrecargo le pidió a la señora guardar su bolsa en el compartimento superior debido a que no se puede llevar nada sobre el regazo. La señora insistió se le permitiera debido a que llevaba sus documentos y dinero en la misma. No fue posible pero se tranquilizó cuando le dije que sólo sería para el despegue y la podría sacar después, además de que desde donde estábamos sentadas, podríamos ver que nadie abriera. Confiada y tranquila, ya para el despegue, fue cuando inició su dulce susurro cerrando sus ojos. Cerré los míos y me llevó con ella a ese espléndido lugar donde los sabios garantizan que todo va a estar bien.
No sé exactamente por qué rezaba. Yo no siento miedo de volar. Pero la señora no oraba por miedo. Rezó por fe. Rezó por su certeza interior de que todo estaba bien, que todo saldría bien, que estaba en el lugar preciso en un momento precioso. Muchas veces crees que no lo necesitas. Muchas veces crees que está de más, pero no. No en mi caso.
Tengo en mi interior viva la experiencia de estos seres maravillosos a quienes escuché orar en varios idiomas, diferentes religiones y de diversas formas; amo cualquier tipo de manifestación espiritual que hace reverencia a esa comunicación, al puente que se construye por tener una creencia inmune y una fe inquebrantable. Es el vínculo indestructible que nos dice que todo está bien, que todo está en su lugar, que no estás equivocado y que esto no termina… y que si hace eco en ti, ahí perteneces, sin distingos.
Tengo una gran añoranza por los rezos de los “viejos” que tenían una respuesta sabia a todo con una frase, un rezo o una oración que siempre apelaba a un mundo espiritual. Estoy convencida que eso me atrae a seres como esta señora de quien no supe su nombre, y que se aposentó a mi lado para llevarme a esa parte interior de mi ser que, sin importar la posición de mi cuerpo, me dice que mi alma está de rodillas.
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