Al decir de Tennessee Wiliams, la liturgia se erige en “el drama perfecto”, sin que en tal afirmación mediara de su parte el menor aviso de ironía y, motivado, muy por el contrario, del profundo respeto con el que pudiese expresarse al respecto una persona que se definiera en su tiempo como “hombre de teatro” y como feligrés de la Iglesia de Roma; la liturgia sería en sí misma la máxima expresión filosófica y simbólica de lo que significa la “representación” en todos sus alcances, constituyendo en plano teológico, nada más y nada menos, que la transubstanciación del cuerpo y la sangre de Cristo en el vino y el pan, según el dogma establecido por los teólogos, en los Concilios Eucarísticos de la antigüedad; bien podría pensarse que en tal aserto, Tennessee Wiliams tuviese presente en su ánimo la obra teatral de Pedro Calderón de la Barca y de manera muy particular los “autos sacramentales”, escritos por el fraile español con el deliberado propósito de ser representados en las festividades del “Jueves de Corpus”.
Pedro Calderón de la Barca ha llegado a ser considerado como el poeta del “Concilia de Trento”, la “Contra Reforma de San Ignacio de Loyola” e, incluso, como el “poeta del Tribunal de la Inquisición”, uno de los primeros de dichos autos: “La Iglesia Sitiada” representada en el año de 1630 parecieran confirmar a cabalidad tales epítetos, dado que la alegoría en cuestión, estriba en una fortaleza puesta a sitio de manera ignominiosa y conjunta por las tropas agrestes de la “gentilidad”, “el hebraísmo”, “la herejía” y “la secta de Mahoma”.
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De manera por demás equivocada, a mi muy particular entender, se ha escrito en múltiples ocasiones respecto de la supuesta antípoda entre el “espíritu protestante” emblematizado por Schakespeare, frente a un Cervantes visto como un paradigma de la “catolicidad española”; por principio de cuentas, no creo que nadie pueda pensar en el hombre de straffon bon on avon como en un adalid de la denominada “modernidad”, y, ciertamente Cervantes no es ni un autor barroco, ni un prototipo de los valores de la Contra Reforma, características que, dado el caso, habría que buscarla en una generación posterior a la suya, y muy particularmente en la obra de Calderón de la Barca al menos en apariencia y conforme la opinión mayoritaria de los estudiosos del tema a la que pretendo adicionar las salvedades que al efecto son motivo del presente considerando.
La devoción por el dogma de la “sustanciación eucarística” se aborda con una gran profundidad conceptual teológica en los “ autos sacramentales”, sin embargo, acudir de manera constante a la alegoría simbólica como figura retórica, remite de manera inmediata a los grandes místicos herederos de la erótica árabe como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, expresando así la riqueza esotérica del referido misterio en abierta discordancia con los postulados del “Concilio de Trento” auspiciado por Carlos V, en los que el catolicismo tomaría abiertamente la ruta del exoterismo litúrgico y por ningún motivo los del esoterismo místico.
Diversos autos habrían sido dedicados al “oidor” de la “Casa de Contratación de Sevilla”, Antonio de León Pinelo, cuya importancia en nuestra historia estriba en su prominente participación en la expedición de la monumental “Recopilación de las Leyes de Indias” de 1680; en el “Valle de las Zarzuelas”; por lo demás, se alude a “los campos de oliva” en clara referencia al Conde-Duque de Olivares: protector del Obispo de Puebla, Juan de Palafox y Mendoza, e inmortalizado en el lienzo del pintor Velázquez; y ni qué decir de “El Indulto General”, pieza en la que se cantan las gracias que al efecto fueran concedidas a los recluidos en la “prisión de Atocha” por el Rey Carlos II con motivo de sus bodas con la Reina María; menciones constantes con las que, acaso, el autor pretendiese congraciarse con los poderosos del momento, para, quizá, de manera eventual protegerse él mismo ante el inicio de pesquisas inquisitoriales.
Hace más de 60 años, en España, el erudito Ángel Valbuena Parat habría avizorado con especial lucidez e inteligencia cómo en el “Gran Teatro del Mundo”, los caracteres creados por don Pedro, al salir al encuentro del creador de ese mismo mundo , terminaban por enfrentarse a la incógnita y la total incertidumbre del universo, con lo que Calderón de la Barca se erigiría en una figura de una modernidad deslumbrante, adelantándose por mucho al sentido filosófico que Luiggi Pirandello plasmara en su obra emblemática por antonomasia: “siete personajes en busca de autor”; y situándose por lo consiguiente, muy lejos del mundo de las certezas inconmovibles propias del “Santo Oficio”.
El referido “Concilio de Trento” elevó el pensamiento de Tomás de Aquino a la categoría de “filosofía oficial de la Iglesia”, cubriendo a la “Patrística”, fundamentalmente de inspiración platónica con un manto tenue pero efectivo de proscripción: Fray Luis de León no sólo tenía ancestros judíos y habría escrito una traducción directa del “Cantar de los Cantares” del Hebrero en la que señalaba las imprecisiones de la “Vulgata” de San Jerónimo, sino que también escribiría libros en forma de diálogos la manera platónica; en tanto que, la filosofía del Obispo de Hipona es materia constante de referencia en “los autos sacramentales” de don Pedro Calderón de la Barca, a quien las autoridades inquisitoriales jamás despojarían de sus prebendas para recluirlo en calabozo alguno y quien, por lo demás, jamás tendría que fingir indiferencia ante la pena de ser indiciado recurriendo al elegante recurso de iniciar alguna alocución con la frase: “decíamos ayer”.
En “El Divino Orfeo”, “El Día Mayor de los Días”, “El Cordero de Isaias”, “El Tesoro Escondido”, y de manera muy particular, tanto en la versión primigenia como con la acabada de “Tú Prójimo como a Ti”; se hace referencia enfática al misterio de la “transubstancias eucarística” caracterizándole como una nueva “ley de Gracia”, eje misma de la salvación; criterio que es , nada más y nada menos, que el punto toral de las tesis de Wittenberg con las que el viejo monje agustino Martín Lutero habría iniciado la “Reforma Protestante” en Alemania una generación atrás, situación que bien puede sugerirnos la existencia de alguna relación subyacente entre Pedro Calderón de la Barca y el monasterio luterano de Medina del Campo en Sevilla del que nos da cabal cuenta don Marcelino Menéndez y Pelayo en su “Historia de los Heterodoxos Españoles”.
Toda representación es eco del universo y de la vida misma, según era sabida desde los tiempos en que, en la Hélade, se representaban los misterios órficos, mayormente cuando, como dijera el gran dramaturgo norteamericano, el objeto de la trama escénica es la “pasión del cordero pascual” tal y como don Pedro Calderón de la Barca la plasmara en sus “autos sacramentales”, piezas cumbres y fundamentales de la lengua castellana.