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OPINIÓN

Los autos sacramentales de don Pedro Claderón de la barca

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Atilio Peralta Merino

Abogado por la Escuela Libre de Derecho. Premio Nacional de Periodismo “Ricardo Flores Magón” en la categoría de Artículo de Fondo. Compañero editorial de Pedro Ángel Palou; y colaborador cercano de José Ángel Conchello y del constitucionalista Elisur Arteaga Nava.

Lunes, Agosto 1, 2016

Al decir de Tennessee Wiliams,  la liturgia se erige en “el drama perfecto”, sin que en  tal  afirmación  mediara  de su parte el menor aviso de ironía y, motivado, muy por el contrario,  del  profundo respeto con el que pudiese expresarse al respecto una persona  que se definiera en  su tiempo como “hombre de teatro” y como feligrés de la Iglesia de Roma;  la liturgia sería en sí misma la  máxima expresión filosófica y simbólica de lo que significa la “representación” en todos sus alcances, constituyendo en plano teológico, nada más y nada menos, que la transubstanciación del cuerpo y la sangre de Cristo en el vino y el pan, según el dogma establecido por los teólogos, en los Concilios Eucarísticos de la antigüedad;  bien podría pensarse que en tal  aserto, Tennessee Wiliams   tuviese presente en su ánimo la obra teatral de Pedro Calderón de la Barca y  de manera muy particular los “autos sacramentales”, escritos por el fraile español con el deliberado propósito de ser representados en las festividades del “Jueves de Corpus”.

Pedro Calderón de la Barca ha llegado a ser considerado como el poeta del “Concilia de Trento”, la “Contra Reforma de San Ignacio de Loyola”  e, incluso, como el “poeta del Tribunal de la Inquisición”, uno de los primeros de dichos autos: “La  Iglesia Sitiada”  representada en  el año de 1630 parecieran confirmar a cabalidad tales epítetos, dado  que la alegoría en cuestión,  estriba en una fortaleza  puesta a sitio de manera ignominiosa  y conjunta por las tropas agrestes de  la  “gentilidad”, “el hebraísmo”, “la herejía” y “la secta de Mahoma”.

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De manera por demás equivocada,  a mi muy particular entender, se ha escrito en múltiples ocasiones  respecto de  la supuesta antípoda  entre el  “espíritu protestante” emblematizado por  Schakespeare,  frente a un  Cervantes visto  como un   paradigma  de la  “catolicidad española”;  por principio de cuentas,  no creo que nadie pueda pensar en el hombre de  straffon bon on avon  como en un adalid  de la  denominada “modernidad”, y, ciertamente Cervantes no es ni un autor barroco, ni un prototipo de los valores de la Contra Reforma, características que, dado el caso,  habría que buscarla en una generación posterior a la suya, y muy particularmente  en la obra de Calderón de la Barca al menos en apariencia y conforme la opinión mayoritaria de los estudiosos del tema a  la que pretendo adicionar  las salvedades  que  al efecto son motivo del presente considerando.

La devoción por el dogma  de la “sustanciación eucarística”  se   aborda con  una   gran profundidad conceptual teológica  en los “ autos sacramentales”, sin embargo, acudir de manera constante a la alegoría simbólica como figura retórica, remite de manera inmediata a los grandes místicos  herederos de la erótica árabe  como San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila, expresando así la riqueza esotérica del referido misterio  en   abierta discordancia  con  los postulados del “Concilio de Trento” auspiciado por Carlos V, en los que el catolicismo tomaría abiertamente la ruta del exoterismo litúrgico y por ningún motivo los del esoterismo místico.

Diversos autos habrían sido dedicados al “oidor” de la “Casa de Contratación de Sevilla”, Antonio de León Pinelo,  cuya importancia en nuestra historia estriba en su prominente participación en la expedición de la monumental “Recopilación de las Leyes de Indias” de 1680; en el “Valle de las Zarzuelas”; por lo demás,  se alude a  “los campos de oliva” en clara  referencia  al  Conde-Duque de Olivares: protector del Obispo de Puebla, Juan de Palafox y Mendoza, e  inmortalizado en el lienzo del pintor Velázquez; y ni qué decir de “El Indulto General”, pieza   en la que se cantan  las  gracias que al efecto fueran  concedidas  a los recluidos en la “prisión de Atocha” por el Rey  Carlos II con motivo de sus bodas con la Reina María; menciones  constantes con las que,  acaso, el autor pretendiese  congraciarse con los poderosos del momento, para,  quizá, de manera eventual  protegerse él mismo ante el inicio de pesquisas inquisitoriales.

Hace más de 60 años, en España, el erudito Ángel Valbuena  Parat habría  avizorado con especial lucidez e inteligencia cómo en el “Gran Teatro  del Mundo”,  los  caracteres  creados por don Pedro,   al salir al encuentro del creador de ese mismo mundo ,  terminaban por enfrentarse  a  la incógnita y la total incertidumbre del universo, con   lo que   Calderón de la Barca  se erigiría  en  una  figura de una modernidad deslumbrante,  adelantándose por mucho al sentido filosófico  que  Luiggi Pirandello  plasmara en su  obra emblemática por antonomasia: “siete personajes en busca de autor”; y situándose  por lo consiguiente, muy lejos del  mundo  de  las certezas inconmovibles propias del “Santo Oficio”.

 El referido “Concilio de Trento” elevó el pensamiento de Tomás de Aquino a la categoría de “filosofía oficial de la Iglesia”,  cubriendo a la “Patrística”, fundamentalmente de inspiración platónica con un manto tenue pero efectivo de  proscripción: Fray Luis de León no sólo tenía ancestros judíos y habría escrito una traducción directa del “Cantar de los Cantares” del Hebrero  en la que señalaba  las imprecisiones de la “Vulgata” de San Jerónimo, sino que también escribiría libros en forma de diálogos la manera platónica; en tanto que, la filosofía del Obispo de Hipona  es materia  constante de  referencia en “los autos sacramentales” de don Pedro Calderón de la Barca, a quien las autoridades inquisitoriales jamás despojarían de sus prebendas para recluirlo en calabozo alguno y quien, por lo demás, jamás  tendría que  fingir indiferencia ante la pena de ser indiciado recurriendo  al elegante recurso de iniciar  alguna alocución  con la frase: “decíamos ayer”.

 En  “El Divino Orfeo”,  “El Día Mayor de los Días”, “El Cordero de Isaias”, “El Tesoro Escondido”, y de manera  muy particular, tanto en la versión primigenia como con la acabada de “Tú Prójimo como a  Ti”;  se hace  referencia enfática  al misterio de  la “transubstancias eucarística”  caracterizándole como   una  nueva “ley de Gracia”,   eje misma  de la salvación; criterio que es , nada más y nada menos, que el    punto toral de las  tesis de Wittenberg con las que el viejo monje agustino Martín Lutero  habría iniciado la “Reforma Protestante” en Alemania  una generación atrás,  situación que bien puede sugerirnos  la   existencia  de  alguna  relación subyacente entre Pedro Calderón de la Barca y el monasterio  luterano de Medina del Campo en Sevilla del que nos da cabal cuenta  don Marcelino Menéndez y Pelayo en su “Historia de los Heterodoxos Españoles”.

Toda representación es  eco del universo y de la vida misma,  según era sabida desde los tiempos  en que, en  la Hélade,  se representaban los misterios órficos, mayormente cuando,  como dijera el gran dramaturgo  norteamericano,    el objeto  de la trama escénica   es la  “pasión del cordero pascual”   tal y como  don Pedro Calderón de la Barca la plasmara en sus “autos sacramentales”, piezas cumbres  y fundamentales de la lengua  castellana.

albertoperalta1963@gmail.com

 

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