Todo maestro debería preguntarse frecuentemente sobre su manera de preguntar en clase. Es verdad que en algunos casos debemos hacerlo para evaluar, para ver si el alumno sabe. Sin embargo, en ocasiones nos olvidamos de las preguntas propiamente educativas. Deberíamos preguntar para alentar la curiosidad del alumno, para motivar en él la reflexión, para que por sí solo se percate de lo acertado o errado de un determinado planteamiento, para que un conocimiento posterior le resulte relevante, o, simplemente, para conocer lo que piensa. Una cosa es segura, a un maestro se le conoce mejor por sus preguntas que por sus respuestas. El magisterio es, en buena medida, un ministerio de la pregunta.
Por otra parte, no olvidemos que hoy en día prácticamente cualquier contenido educativo se encuentra a la distancia de un par de clics, tan a la mano de profesores como de alumnos. De interesarse por un tema, prácticamente el que sea: la revolución francesa, la teoría de conjuntos, el sistema financiero, etcétera, nuestros alumnos podrían, en cuestión de semanas, o días, aprender más de lo que podríamos enseñarles en todo un semestre. Si el arte de preguntar en clase ayuda a despertar en nuestros alumnos el interés por saber, deberíamos ejercitarnos más en él.
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Entre las preguntas que conforman lo que podríamos llamar una teoría del preguntar en clase destaca la pregunta prospectiva. Ésta no tiene por finalidad saber si el alumno sabe, sino motivar que el alumno desee saber; opera bajo el supuesto: aprendemos mejor cuando deseamos aprender. Un maestro jamás debería enseñar nada que no dé respuesta a la inquietud de conocer que ha suscitado previamente en su alumno.
Tomemos por ejemplo a tres maestros —de historia, filosofía y matemáticas respectivamente— podrían interrumpir sus lecciones para formular a sus estudiantes preguntas semejantes a éstas: «¿Qué creen que hizo el Emperador Moctezuma al ser informado de la llegada de los españoles?», «¿Qué piensan que sea el existencialismo?», o: «¿Qué pasos consideran que deberíamos seguir para resolver el presente problema matemático?». Las respuestas propuestas por los estudiantes se convierten es expectativas que esperan ver confirmadas por el maestro. Ahora, cuando éste continúe su narración sobre Moctezuma y los españoles, trate de explicar el existencialismo filosófico, o, resuelva el problema matemático, tendrá a los estudiantes interesados, esperando saber si sus respuestas son correctas o incorrectas. No importa si equivocan o aciertan, tendrán una antelación ante el conocimiento y esto ayudará a que lo retengan mejor.
Otras preguntas propiamente docentes son la pregunta investigativa y la pregunta reflexiva. Suelen ser las mejores respuestas a varios de los comentarios de los estudiantes en clase —principalmente en la educación media y superior. Es frecuente que a las sesiones —sin importar que se trate de matemáticas, teoría política o lo que sea— lleguen señoritas y muchachos interesados en cuestiones coyunturales, pero no al punto de investigarlas y pensarlas por sí mismos. Vienen con lo que han escuchado o visto en los medios de comunicación masiva. Comentan, por ejemplo, que el presidente envió a las cámaras legislativas tal o cual iniciativa de ley con determinadas características. Estos comentarios resultan idóneos para lanzar preguntas de investigación o preguntas reflexivas. Por ejemplo: ¿Ya leíste la iniciativa de ley? (pregunta investigación), o: ¿A qué crees qué obedezca que enviara la iniciativa ahora y no antes o después? (pregunta reflexión). Lo que estamos diciendo es: no te quedes con lo que afirman los noticieros, investiga por tu cuenta, elabora tu propio parecer.
No importa si enseñamos finanzas, ciencias forenses o programación en iOS —con mayor razón si enseñamos lenguas, ciencias sociales o humanidades — la clase es un espacio de diálogo, un espacio de encuentro entre personas De alguna manera toda pregunta: evaluativa, prospectiva, reflexiva, investigativa, etcétera, debe estar encaminada al diálogo con nuestros estudiantes. Y recordemos que una de las condiciones del diálogo es la actitud de escucha por parte de los que pretenden dialogar. Por ello, al preguntar en clase debemos estar dirigidos a las respuestas de los estudiantes, atendiendo a sus palabras con la mayor atención de la que seamos capaces, sin interrupciones. De ello depende que los alumnos tomen en serio nuestras preguntas.
[El autor es filósofo, profesor universitario y empresario cultural. Correo electrónico: anayafranciscor@gmail.com].