Viernes, 22 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Amor y gratitud según Cervantes

.

Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Lunes, Julio 11, 2016

Recordará, amable lector –o lectora-, que en las dos semanas previas le había yo compartido, dividido en primera y segunda partes, el texto: “Don Quijote y Sancho. Libertad, amor, caballería y aventura”, leído ante una treintena de personas congregadas en el Instituto Miguel de Cervantes el 22 de junio pasado, pues ahora le ofrezco la tercera parte que habla específicamente del amor.

Recordemos también que la charla fue sobre el capítulo 58 de la segunda parte. Ya don Quijote y Sancho han salido del palacio del Duque donde se ha montado la farsa del desencantamiento de Dulcinea y del gobierno de Sancho. Farsa o burla que el Duque (que representa el poder) ha diseñado para reírse un rato, junto  a su mujer, la duquesa, y sus sirvientes. En cambio, tanto don Quijote como Sancho se han tomado en serio todo. Esa seriedad es lo que le hace tomar a don Quijote la decisión de salir de ese lugar de mucho acomodo y consentimiento.

Más artículos del autor

Salen y de repente se encuentran en una suerte de bosque y ahí descubren a unos jóvenes y mozas que al reconocerlos los invitan a su convivencia en la cual portaban unas imágenes religiosas. Luego de hablar de la libertad y de la caballería. He aquí el texto, tercera y última parte de aquella charla:

El amor

Luego de lo anterior, abruptamente, Sancho toca el tema del amor de Altisidora y del rechazo de don Quijote. Se admira de ello, dice. Porque la doncella de la casa de los duques, tocada por las flechas del amor, había perdido la vergüenza y el recato, a lo que el caballero andante respondió:

---Advierte, Sancho –dijo don Quijote-, que el amor ni mira respetos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición de la muerte, que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesión de una alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza; y, así, sin ella declaró Altisidora sus deseos, que engendraron en mi pecho antes confusión que lástima. (Cervantes, 2004: 989).

Sancho, entonces, le confiesa que él encantado habría cedido a los encantos de Altisidora, sobre todo bajo el argumento de que lo primero que entra en el amor es por la vista y por la hermosura, a lo que don Quijote responde:

---Advierte, Sancho –respondió don Quijote-, que hay dos maneras de hermosura: una del alma y otra del cuerpo; la del alma campea y se muestra en el entendimiento, en la honestidad, en el buen proceder, en la liberalidad y en la buena crianza, y todas esas partes caben y pueden estar en un hombre feo; y cuando se pone la mira en esta hermosura, y no en la del cuerpo, suele nacer el amor con ímpetu y con ventajas. Yo, Sancho, bien veo que no soy hermoso, pero también conozco que no soy disforme, y bástale a un hombre de bien no ser monstruo para ser bien querido, como tenga los dones del alma que te he dicho. (Cervantes, 2004: 989-990).

Sobre el tema del amor, en efecto, hay que atenerse a los hechos; primer lugar, en efecto, que no respeta condición ni circunstancia, que asalta cuando quiere y como quiere y que este solo hecho muchas veces nos sorprende, ¿por qué tal persona, que es toda hermosura, termina enamorada de tal otra persona que, por donde se le vea, no alcanza los mínimos de hermosura? No deja de ser un misterio y, por ese mismo hecho, don Quijote hace la inicial distinción de los tipos de hermosura, la del cuerpo, que es la primera que nos deslumbra, el amor entra por los ojos, podríamos decir, y la del alma y de la persona, que es la más relevante y la que hace que el amor perdure.

Si sólo nos quedamos en la belleza física, en segundo lugar, ésta se acaba y se consume pronto, no sólo por el tiempo (toda belleza física pasa) sino que también, cuando llegamos a conocer a una persona bella, si no tiene los atributos del alma, aquellos que hacen de ella una persona mejor y excelente, pronto viene el desencanto y la insuficiencia del aspecto físico para mantener el amor.

Desde luego, como dice don Quijote, basta que una persona no sea un monstruo, pero que tenga los buenos atributos del alma, para que pueda suscitar el enamoramiento y el amor verdadero.  Porque parte de la esencia del amor no es quedarse en el enamoramiento, que va más allá de la razón, incluso a veces va contra la razón misma, y contra la voluntad (a veces no queremos pensar en la persona que ocupa nuestra mente, y, sin embargo, con ese no querer, nuestra mente no puede dejar de pensar en esa persona), digo, lo esencial del amor es que cuando el enamoramiento va desapareciendo, por diversas razones y circunstancias, por el tiempo mismo, etcétera, va permaneciendo el verdadero amor, aquel que comunica con otros vasos vinculatorios más allá de la hermosura física, que tienen que ver, es cierto, con el buen entendimiento, la honestidad, el buen actuar y esos detalles que menciona nuestro caballero andante.

Lo que viene a coronar la concepción del amor para don Quijote, más allá del enamoramiento y de las cualidades de Altisidora, ante las cuales Sancho mismo habría cedido, es su idea de amor idealizado: Dulcinea siempre ocupará el corazón de don Quijote. Más aun, en toda la obra, la moza del Toboso no es sino una referencia, un ideal más allá de toda realidad, Alonso Quijano apenas si alguna vez la ha visto y a partir de ahí la idealiza y nunca más la vuelve a ver si no es para tenerla en su corazón y en las imágenes que se forma a partir del engaño de que ha sido objeto por parte de su escudero y de los duques respecto del encantamiento y desencantamiento de su amada.

¿Por qué don Quijote idealiza tanto al grado de perder la referencia con los datos sensibles? Porque si no, el amor se escurriría, sería cambiante, oscilatorio y, finalmente, caduco: moriría como todo lo contingente. Y él sabe que el verdadero amor debe perdurar y significa la mayor y mejor aventura de la vida y la existencia misma. Desde luego, Dulcinea es todo un personaje y podría hacerse un estudio para ver hasta dónde se mezcla en ella la realidad y la ficción, o si sólo es la idea de un personaje que ha perdido la cordura. Pero aquí mismo, en el tema de la cordura, se mezcla el tema no sólo de la obra, sino de toda la moderna visión de la vida y de la existencia.

La gratitud

Luego del diálogo entre don Quijote y Sancho, viene el encuentro con las doncellas vestidas de pastoras que los invitan a la representación de la captura de los pajarillos y al banquete a propósito de dicha representación. Ya en la mesa, don Quijote pronuncia el siguiente discurso, antes de que Sancho diga una de sus sandeces que provocará el súbito abandono de la mesa por parte del caballero andante:

---Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón, y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando éstos no bastan, las publico, porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera;… (Cervantes, 2004: 993).

Como es bien sabido, para el cristianismo, y es el medio ambiente social e histórico de la época que escribe y vive Cervantes, el mayor de los pecados es la soberbia, que es la arrogancia del entendimiento que ya no reconoce límites y, por ello mismo, se arroga lo que ya no le pertenece. Significa, en suma, perder piso porque se pierde contacto con lo real y verdadero. De hecho, buena parte de la modernidad se basa en el principio de la razón autónoma, en particular la llamada modernidad ilustrada.

Sin embargo, don Quijote señala que ese pecado de soberbia es rebasado por otro aun más grave y que tiene que ver con una disposición tanto del entendimiento como de la voluntad, y acaso más de ésta: es un pecado que oscurece no al entendimiento, como la soberbia, sino al corazón que torna inhumano a quien se deja llevar por él, se trata del desagradecimiento. Por eso, en sentido contrario, se afirma que es de bien nacidos ser agradecidos.

Y luego viene la forma en que don Quijote formula la virtud del agradecimiento: primero, una buena obra recibida pide correspondencia con otra obra buena; ser agradecido es corresponder. Luego, si no se puede realizar la obra, al menos hay que tener la disposición, el ánimo y la intención; incluso a veces se valora más la intención que el hecho mismo, porque en el gesto de disponerse a actuar se encuentra realmente el valor de la correspondencia que en el hecho en sí, que puede ser incluso irrelevante si se queda tan sólo en el aspecto fáctico o material. Y, en tercer lugar, en el reconocimiento de que se ha recibido una obra buena, ya que si no se puede corresponder con obras, o con la disposición de actuar, al menos con la publicación del benefactor o del beneficio recibido. A lo mejor no está bien darle publicidad a los beneficios que uno suscita, pero sí lo es reconocer los que uno recibe y, acaso más importante, al benefactor.

Sancho, al escuchar a su amo, con gran voz, interroga si con este tipo de discurso, alguien todavía podría atreverse a decir que don Quijote estaba loco. Por tal motivo, nuestro caballero andante se enfurece y sale corriendo del banquete. Lo demás se ha dicho arriba, queda haciendo lances al aire a medio camino esperando a que alguien le rete y entable batalla con él. Pasa, entonces, el tumulto de hombres y de toros que derriban a caballero y escudero, que quedan tumbados y molidos.

Conclusión

De todo lo anterior, podrían concluirse algunas cosas, quizá la más importante es que, con sus convicciones y valores, don Quijote inaugura una nueva visión sobre la vida; no es que deje de ser religioso, o de tener la perspectiva de sus valores religiosos, sino que considera que con ellos tiene que construir la aventura de la vida. De hecho ese es el resumen de todas sus grandes hazañas y por las cuales se ha hecho famosos y cubierto de gloria: ya no ve la vida como un proceso de conversión, como se veía en la mentalidad medieval, sino como el reto para las grandes aventuras, las cuales sólo pueden emprenderse por la libertad, el amor, la gratitud y todos aquellos valores que nos permitan, ya en esta vida, construir una existencia valiosa.

En ese sentido, la invitación de don Quijote, cuatrocientos años después, sigue siendo válida para los hombres y mujeres que, en el siglo XXI, siguen luchando por la libertad y, en su nombre, siguen buscando el amor en su sentido genuino y siguen preguntándose si con los valores puede construirse un mundo más humano, menos desalmado, menos mecanizado y más acorde con las aspiraciones hondas de su corazón.

El idealismo del Quijote, y aquí ya nos referimos a la obra cervantina, más allá del personaje, nos permite, incluso, ir más allá del culto contemporáneo por la imagen y la publicidad. Porque hoy estamos acostumbrados, o acaso convencidos, de que una imagen vale más que mil palabras, y por tanto, todo se reduce a imagen (independientemente de lo que hay detrás de ella). Con el Quijote, su idealismo sobre todo, se muestra un contrapeso que busca ser un equilibrio ante la cultura de la imagen y la publicidad: si una imagen vale más que mil palabras, una palabra, una idea bien entendida, un concepto bien comprendido, un valor adecuadamente asimilado, vale más que mil imágenes, porque vale toda la vida. Un ideal también, como la libertad, es algo por lo que se puede y se debe aventurar la vida.

Vistas: 2959
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs