En estos días he asistido a un buen número de clausuras de cursos académicos en los diferentes niveles educativos, tanto de escuelas públicas como de privadas. Tan solo en Puebla hay más de 14 mil escuelas y más de un millón 900 mil estudiantes.
Y como ha sido desde un principio, desde hace más de 50 años, los padres de familia hacen el esfuerzo para celebrar con una comida el festejo, se escasean los guajolotes, los padrinos se esfuerzan para acompañar al ahijado, sube la demanda de ramos de flores sintéticas y de salones de fiestas.
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Se invita a los egresados a dar gracias, muchos acuden a misa otros no. Los graduados hacen muy sentidamente su discurso de despedida, prometen seguir estudiando y ser mejores. Pero en realidad, muchas cosas, muchas, son más de lo mismo.
Muchos estudiantes no podrán continuar con sus estudios. Primero, porque las familias no tienen recursos económicos para apoyarlos, pero también porque el estado mexicano no tiene la capacidad para recibir más que a 34 de cada 100 estudiantes que solicitan ingreso al nivel universitario. Ser profesionista todavía sigue siendo sólo una ilusión para millones de jóvenes y miles de familias mexicanas y poblanas.
No obstante de lo anterior, las artes y los oficios que mueven y dan soporte diario a la economía de amplios sectores poblacionales, todavía no han podido tener el visto bueno de gobernantes modernos, altamente preparados, poseedores de una gran visión negada para muchos de nosotros.
Aquí y en el comercio informal, en el subempleo, en la migración, en la delincuencia, pero principalmente en la pobreza, se quedan 66 de cada 100 solicitantes a ingresar al nivel universitario, debido a que sólo llegan a la universidad 13 de cada 100 que se inscriben a primaria.
Muchos problemas como la pobreza, en la que está el 65 por ciento de la población nacional y estatal, el sobre peso y la obesidad, la contaminación de aguas, el alto costo de la energía y los combustibles, la inseguridad alimentaria, los bajos ingresos, la baja productividad en diferentes sectores y la inseguridad pública han continuado agravándose y, desde mi perspectiva, para muchos de estos problemas no hay políticas públicas, principalmente porque no hay líderes.
Es cierto que la formación de las personas y la educación empiezan en la familia. Pero también es cierto que los padres de muchos de nosotros no fueron a la escuela y no pudieron prepararnos con los elementos que hicieran mejor nuestra vida y nuestro entorno. No obstante, aún con su mucho o poco nivel de conocimientos es importante hacer un gran reconocimiento por lo que hicieron y dieron a sus hijos.
Hemos equivocado el camino. Seguimos empeñados en formar profesionistas, en muchos casos con contenidos curriculares de hace décadas, apartados de las necesidades de las familias y los sectores productivos, con altos niveles de teoría y escasa práctica que imposibilita desarrollar la capacidad creativa del individuo.
Se nos olvidó formar líderes. Y mientras no haya líderes, cada problema y cada necesidad que tenemos hoy serán más graves. Y si hoy resolver esas necesidades cuesta un peso, mañana costará mil o ya no tendrán solución.
Un líder es una persona que influye en la vida de los demás de manera positiva. Es quien lleva a los demás allí donde no podrían ir por si solos.
Para formar líderes, necesitamos ponernos de acuerdo en los problemas y necesidades presentes y futuras, priorizarlas y hacer un plan para atenderlas. Conocer las urgentes y las importantes, socializar con los futuros líderes. Por cierto, hay que dejar de engañar a los jóvenes con eso de que son el presente. Los jóvenes son los líderes, los gobernantes de mañana. Los responsables del futuro.
Necesitamos que los Planes Nacionales, Estatales y Municipales de Desarrollo dejen de ser sólo documentos burocráticos. Se requieren además, planes regionales y microregionales.
Y para formar líderes, como lo propone Stephen Covey hay que empezar desde los 5 años reafirmando personalidad y carácter, desarrollar su capacidad de comunicación y su capacidad para escuchar. Complementar con la identificación de talentos y habilidades, para qué somos buenos, dedicarnos a eso y eliminar la competencia interpersonal como lo recomienda Dennys Waitley. Y como dice Adam Grant, si quieres que tus hijos sean creativos y no robots ambiciosos, deja que desarrollen su pasión, no la tuya.
Alberto Jiménez Merino
Director del Centro Internacional de Seguridad Alimentaria