Introducción
En particular, me referiré al capítulo 58 de la segunda parte, cuando ya don Quijote y Sancho han abandonado las posesiones de los duques, luego del gobierno de Sancho y de las declaraciones de amor y de reclamos de Altisidora al Caballero de la triste figura por no corresponderle. Los temas generales que abordan son varios, la libertad, la caballería, el amor, la gratitud y, en general, la aventura.
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Desde luego, esos temas también se desarrollan y se entrecruzan en toda la obra del Quijote desde el inicio hasta el fin. Pero ahora tomaremos este capítulo como referencia y como modo de reflexión de esos temas. Así, pues, en primer lugar, presentaré un breve resumen general, luego, separados por tema, citaré algunos textos y, finalmente, en el tratamiento de cada tema, sugeriré algunas reflexiones haciendo exégesis o hermenéutica del texto.
En busca de nuevas aventuras
Una vez abandonado el castillo de los duques, luego de una larga estancia allí, don Quijote le dice a Sancho que, aunque estaban muy bien atendidos en las posesiones del duque, era preciso salir de ahí porque no se compara el tener todo, abundancia, bienes y todo tipo de comodidades, con la libertad, aunque sea mínima, de tener un pedazo de pan que no haya que agradecer a nadie sino a la vida misma.
En el camino, los andantes, caballero y escudero, se encuentran con una docena de personas vestidas como pastores que comían y que llevaban unas imágenes religiosas cubiertas. Don Quijote les pide que le muestren las imágenes, a lo que accede uno de ellos, y puede ver a cuatro santos que, para nuestro héroe son los prototipos de la andante caballería: san Jorge, el del dragón sometido, san Martín Caballero, que comparte con un mendigo su capa, Santiago, el patrón de España, también conocido como Jaime, Jacobo o san Diego, y el mismísimo san Pablo, el apóstol de las gentes.
De ahí, de manera súbita, Sancho pasa al tema del enamoramiento de Altisidora, la criada de la duquesa que le manifestó su amor a don Quijote y éste no le pudo -ni podía por amor a Dulcinea- corresponder. Entre ambos se da un diálogo sobre al amor que llega, como la muerte, sin respetar edad, condición social o convicciones; también sobre los tipos de amor y sobre su verdadera esencia.
Luego, ya en pleno bosque y casi sin saber cómo, se encuentran en medio de una arcadia representada y preparada por gente pudiente de una población cercana, vestida a la usanza pastoril, para atrapar pajarillos; su encuentro inicial es con un par de mozas de gran belleza (entre 15 y 18 años, escribe el narrador) quienes, una vez que se presentan el caballero andante y su escudero, manifiestan que ya tienen noticia de sus hazañas y, entonces, los invitan a que se unan con ellos a la representación y a la celebración. Don Quijote accede y, ya en el festín, diserta sobre la gratitud. Una interrupción de Sancho lo saca de sus casillas y, todo mohíno, se marcha de ahí seguido por su apenado escudero. Los anfitriones, que en efecto ya conocen a los aventureros personajes porque ya han leído la obra que habla de ellos, se quedan pasmados por el súbito abandono. Los siguen y ven cómo don Quijote, montado sobre Rocinante, se queda a mitad del camino y, moviendo sus armas en el aire como si se preparara para la batalla, reta a quien quiera desafiarlo si osa decir lo contrario de lo que nuestro buen caballero representa.
Lo que apareció, como respuesta a las palabras del manchego, fue un tumulto de gente y de toros bravos que, sin lograr detenerse y pese a las advertencias de quien iba adelante para que abrieran paso, arrolla a don Quijote y a Sancho, dejándolos derribados y molidos en el suelo junto a sus respectivos animales. Aun así, don Quijote los reta a que regresen y toma por huída su veloz carrera. La gente vestida de zagal ya había huido previamente ante el peligro inminente, por lo que, nuestros personajes, solos y molidos, continuaron su marcha con más pena que gloria.
La libertad
El primer tema de este capítulo, que significa el intento de don Quijote de retomar las aventuras propias de la caballería andante, es el de la libertad, como se ha dicho arriba. Le dice el caballero a su escudero lo siguiente:
---La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido; pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de el hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo! (Cervantes, 2004: 984-985).
Al plantearla como el mayor de los regalos que tiene un ser humano, y tomando en cuenta que el propio Cervantes estuvo cautivo varios años en Argel por los enemigos del Rey a quien el escritor había servido en la batalla de Lepanto, se puede ver la sensibilidad del autor transmitida y potenciada ahora en el personaje, al grado de poder constatar que se trata de una verdadera convicción de don Quijote: la libertad es lo propiamente humano y muestra la estatura realmente de lo que hace al ser humano tal.
Más allá de la tierra y el mar, es decir, los elementos naturales, la libertad se presenta como una facultad, una atribución valiosa y especial, mejor aun: valiosa por ser especial. Esto implica que la libertad no se queda en el ámbito natural o de la mera naturaleza (va más allá de la tierra y el mar, más allá de su posesión y conquista), alcanza una nueva dimensión que sólo corresponde al estatus humano.
Si se me permite una breve reflexión que tomo de Romano Guardini sobre la libertad, podría decir lo siguiente: la libertad, en efecto, tiene varias dimensiones, varios niveles y aspectos que denotan lo específicamente humano. Hay, en primer lugar, una libertad de movimiento, por así decirlo, y ésta se da cuando sabemos cómo desplazarnos en la vida, entre las circunstancias y entre las cosas, es una libertad que, en efecto, nos permite movernos y alcanzar nuestros propósitos. En una siguiente dimensión, la libertad es comprender, conocer la esencia de las cosas; ya no se trata de mera funcionalidad ni de pragmatismo, sino de un acercamiento a saber lo que son las cosas y su significado (como cuando comprendemos una lectura, un libro, una fórmula, etcétera). Hasta aquí, hay libertad cuando uno sabe moverse y se mueve, y cuando uno conoce. Hay otra dimensión de la libertad que tiene que ver con los actos propiamente justos, cuando se actúa, independientemente de la utilidad o del conocimiento, propio o de los demás, por el bien en sí mismo, cuando se obra porque el acto mismo reclama ser hecho en justicia y en verdad, se trata de la libertad moral. Y, como corona de la libertad, se da la libertad de la propia condición finita del hombre: la libertad de trascendencia, la libertad religiosa en sentido estricto.
Por lo anterior, y coincide con la expresión de don Quijote en el fragmento citado, por la libertad, se puede y debe aventurar la vida. O, en otras palabras, sin libertad, la vida misma parece carecer de sentido. Incluso, tan es así para don Quijote, que se puede opacar la libertad misma si un pedazo de pan no se come con plena y completa ausencia de compromisos, es decir, si hay que agradecerlo a alguien: eso significaría tener ataduras que no dejan campear el ánimo libre. De esa suerte, la libertad atraviesa toda la condición humana, desde sus más hondos y profundos niveles hasta los más sencillos y simples como el hecho mismo de comer un pedazo de pan. Luego de esta reflexión, Sancho, pragmático al fin y al cabo, le recuerda que han recibido de los duques doscientos ducados para lo que se ofrezca. Como diciéndole a su amo: “Está bien lo que dice, pero no podemos renunciar a los obsequios de esa gente poderosa”.
Además, a lo anterior, hay que añadir que buena parte de las gestas históricas de muchos pueblos, si no es que de todos, ha sido motivada por las luchas en pro de la libertad. Las rebeliones, las revoluciones, en particular las de cuño moderno (la inglesa, la norteamericana y la francesa), han tenido esa impronta de universalizar la lucha por las libertades de todo cuño y, en particular, las políticas. En efecto, esas luchas, si las vemos desde el punto de vista histórico, se han traducido en las luchas por la razón, que es una de las principales facultades humanas, por establecer un régimen racional en la convivencia política y social. Esa reflexión, desde luego, escapa a las pretensiones de esta exposición, pero aquí basta con señalar que el tema de la libertad es uno de los mejores logrados en este capítulo planteado por don Quijote.
[El texto anterior fue leído en el Instituto Miguel de Cervantes en el marco del evento “Cervantes: 400 años de su muerte” el 22 de junio. Es la primera de tres partes]