Con la entrega de sus constancias de mayoría a los candidatos que ganaron las12 gubernaturas que se disputaron el domingo 5 de junio, termina la pesadilla electoral de 2016. Siempre y cuando, claro está, las 2 o 3 impugnaciones que se prevén no se lleven a cabo.
Mientras que en otros países las elecciones son la mejor herramienta para que los ciudadanos elijan libre y democráticamente a sus gobernantes y legisladores, en México, se utilizan como trampolín para que políticos ─de todos los partidos─ se encumbren en cargos públicos, con la finalidad suprema, de obtener todo tipo de prebendas y privilegios en su beneficio personal vez de servir a la sociedad y al país.
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Las campañas electorales de todos los candidatos fueron aburridas hasta la exageración. En todos los medios electrónicos difundieron propaganda sin contenidos de interés para los electores. También publicidad impresa carente de imaginación e ideas, de propuestas y proyectos de trabajo.
Electores y no electores vivimos 2 larguísimos meses de fastidio. El acabose estuvo a cargo del propietario de esa pandilla política, apodada Morena ─quien por cierto desde hace 16 años pretende convertirse en presidente de México─, que sin piedad atosigó a millones de radioescuchas y televidentes con el cuento de las despensas de frijol con gorgojo.
Por eso y más, señalar que el proceso electoral 2016, en México, fue una pesadilla, no es una exageración. Fue una vergüenza nacional construida por la partidocracia y sus ilustres candidatos
Desde que el gobierno federal sacó las manos de los procesos electorales, éstos se han convertido en un auténtico batidillo de artimañas, ilegalidades, marrullerías y descalificaciones.
Políticos que desvergonzadamente saltan de un partido a otro, para obtener las candidaturas que en su partido de origen les negaron. Candidatos que ocultan sus gastos de campaña y cuando las autoridades electorales les cancelan el registro de sus candidaturas, por esa irregularidad, las acusan de eliminarlos ilegalmente de la contienda electoral.
Rebases de gastos de campaña, uso indebido de fondos públicos, compra de votos mediante el obsequio de baratijas de todo tipo y el reparto de ropa deportiva, playeras, tinacos, materiales de construcción, monederos electrónicos y hasta dinero en efectivo (cifras del Banco de México, revelan que en el período electoral de 2015, circularon en el país 28 mil 956 millones de pesos, en tanto en el lapso homólogo de 2014, año no electoral, circularon 11 mil 459 millones de pesos. El Financiero, 2 de junio de 2016).
La propaganda electoral se caracterizó por carecer de contenidos de interés. En ella ningún candidato se comprometió a nada sensato ni viable. Sin embargo, los partidos políticos, sin excepción, la difundieron, profusa y machaconamente, en todos los medios electrónicos hasta provocar hartazgo en la sociedad.
No faltaron los ataques mutuos entre los candidatos, ni las acusaciones de pederastas, narcotraficantes y de robo de fondos públicos y el lanzamiento de amenazas de encarcelar a gobernadores priistas corruptos, como César Duarte de Chihuahua y Javier Duarte de Veracruz.
Tampoco faltó el candidato que acusando, ahora, de corrupto a un gobernador, en la elección homóloga anterior, él haya sido acusado de lo mismo.
El triunfalismo sin fundamento y desbocado tampoco podía estar ausente en la jornada electoral.
Igual que en elecciones anteriores, en las que acaban de efectuarse, hubo candidatos que sabiendo que fueron derrotados, se proclamaron triunfadores. Entre éstos, Lorena Martínez, de Aguascalientes; Lorena Cuéllar, de Tlaxcala; Héctor Yunes de Veracruz; David Monreal de Zacatecas y Baltazar Hinojosa de Tamaulipas.
Mientras en Zacatecas, donde David Monreal que fue derrotado por una diferencia de 10.4% y en Veracruz, Cuitláhuac García, perdió la gubernatura por una diferencia de 8.16%, ambos amenazan, al clásico estilo de su jefe López Obrador, con impugnar la elección donde resultaron vencidos claramente.
En Perú, Keiko Fujimori, sin enlodar el resultado de las elecciones ni a su adversario, Pedro Pablo Kuczynski, aceptó, en un rasgo de honradez política ─inusual en México─, que perdió la presidencia de la república por menos de la CUARTA PARTE DE UN PUNTO PORCENTUAL (0.246) y, en vez de buscar a quién atribuirle su derrota, con gallardía declaró que el electorado peruano “le encargó ser oposición” y que “será el rol que va a cumplir con firmeza” durante el mandato de 5 años de Kuczynski.
¿Algún día veremos que los políticos mexicanos procedan con la honorabilidad que lo ha hecho la señora Fujimori? ¡Creo que esto es muy difícil que ocurra! Pero, como dicen que dijo Santo Tomás “hasta no ver, no creer”.
De las 12 gubernaturas que estuvieron en disputa, el PAN ganó 7. De estas gubernaturas solamente 3 fueron obtenidas sin ayuda de otros partidos. Sin embargo, el presidente del PAN, Ricardo Anaya, derramando entusiasmo hasta en la suela de sus zapatos, decretó que “el PAN está de regreso”. Que en 2018 “volverá a Los Pinos”.
Empero, Anaya, omitió señalar que de las 4 gubernaturas restantes, 3 las obtuvo el PAN con la ayuda del PRD y de éstas, sin el empujón que le dio el partido del Sol Azteca, habría perdido las de Durango y Veracruz. La otra, la de Puebla, la consiguió con el apoyo del Panal.
De dónde sacó el líder panista la idea que con el 43.53% de la votación emitida (no del listado nominal) a favor del PAN en Aguascalientes; 39.51% en Chihuahua y el 50.15% en Tamaulipas, el PAN va a ganar la presidencia de la república en 2018. El inflado optimismo de Anaya, no lo debe hacer olvidar que bastaron 12 años del PAN en la presidencia para que el PRI regresara a Los Pinos.
Ninguna gubernatura consiguió el PRI con su propia fuerza. Las 5 que logró, fue con ayuda de sus mini partidos bisagra. PVEM y Panal.
El PRD, participó con candidatos propios únicamente en Aguascalientes, Hidalgo, Puebla y Tlaxcala. En ninguno de esos estados fue competitivo. Haciendo a un lado su auto calificación de partido de izquierda, apoyó las candidaturas del partido de extrema derecha (PAN) en Durango, Oaxaca, Quintana Roo, Veracruz y Zacatecas.
Presumir, en estas circunstancias, que el PAN derrotó al PRI en las elecciones del 5 de junio, con la contundencia que presume Anaya, tiene mucho de baladronada. Al PRI, pese a haber obtenido el 41.6% de las gubernaturas, lo derrotó el mal humor social que prevalece, en forma creciente, en el país contra el gobierno del presidente Peña Nieto y su partido.
Los hechos de corrupción en que ha incurrido Enrique Peña Nieto y los nulos resultados de sus llamadas reformas estructurales dieron al traste con su gobierno en menos de 3 años. De esas reformas, la única que está viva, pero dando tumbos, es la educativa. En Chiapas, Guerrero, Michoacán y Oaxaca, no ha logrado aterrizar.
Si el encarcelamiento de los principales líderes de la CNTE, Rubén Núñez y Francisco Villalobos, no está sólidamente fundado por la PGR, el problema de la disidencia magisterial se podría revertir al gobierno peñanietista.
Políticamente, lo peor de todo, es el poco interés que despertó en el electorado el proceso electoral 2016. Los 12 gobernadores fueron electos, en promedio general, por el 22.13% de los electores inscritos en el listado nominal.
El porcentaje más elevado (25.3%) lo obtuvo el priista Omar Fayad de Hidalgo. El más bajo (19%) correspondió a el expriista y ahora panista, Miguel Ángel Yunes de Veracruz.
La legitimidad de los triunfadores está en duda, porque, con gran dificultad, obtuvieron el voto de la cuarta parte del electorado. Ninguno de los gobernadores electos puede decir que cuenta con el apoyo popular.
Elecciones en la Ciudad de México
En la capital del país, con un abstencionismo de 72%, se eligieron 60 diputados, con la exclusiva finalidad que, en la Asamblea Constituyente, aprueben la Constitución Política de la Ciudad de México que está redactando un grupo de personas que no son legisladores.
Costo del proceso electoral 2016
Según cifras del analista financiero Eduardo Torreblanca ─comentadas en MVS Noticias─ en el proceso electoral de 2016 se gastaron ─o mejor dicho, se dilapidaron─ 7 mil 364 millones de pesos. ¿Qué beneficio obtuvo el país a cambio de este descomunal gasto? ¡Ninguno!
Tal fue el costo de elegir a 12 gobernadores, a 60 integrantes de la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México y a un pequeño puñado de alcaldes y diputados reciclados, que en no pocos casos salieron del bote de la basura política del país.