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Jueves, 14 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Vejez, sinónimo de sabiduría

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Ricardo Velázquez Cruz

Es abogado notario y actuario egresado BUAP. Diplomado en Análisis Político Escuela Libre de Ciencias Políticas de Puebla. Especialidad en Derecho Agrario UNAM; Maestría en Derecho Constitucional y en Juicio de Amparo UAT. 

Lunes, Junio 13, 2016

En algún tiempo sólo se entendía a la senectud en un sentido: el de SAPIENCIA. Entonces sólo los viejos podían brindar consejos; su edad era seña y signo suficiente para habilitarlos como consejeros o artistas de concilio. Por tanto, los caminos de la sociedad, de la comunidad y de la familia eran marcados por su experiencia, que no es otra cosa que la capacidad de distinguir y aprehender algo y conservarlo en el registro de su memoria.

Todas las cosas y los acontecimientos se presentan en un momento dado. A ese momento lo hemos llamado tiempo. La acumulación de actos en el tiempo y su archivo –recuerdo u olvido- en nuestra memoria es experiencia.

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En efecto, tiene un archivo mayor quien ha vivido más tiempo o más circunstancias; por eso experimentará más situaciones y recordará un número más amplio de resoluciones en cada caso; recordará y tendrá la oportunidad de opinar sobre ellos conforme a casos parecidos.

Del sentido más humano de la acepción de arjé (arcos, arcanos) provienen las formas de gobierno. Monarquía: monos, “uno” y arcos, “principio, gobierno”. Significa “Cuando uno, el de mayor calidad y tiempo gobierna”. La edad condicionaba la posibilidad de gobernar, sólo los más ancianos y sabios lo hacían. Los mejores, los ricos o el pueblo -aristos, pluto, demos- podían hacerse merecedores del gobierno con base en su edad. Con el tiempo el senectus prosiguió como consejero de los gobiernos y hasta la fecha continúa la función.

De la senectud surgió el senado, el consejo de ancianos -sin edad suficiente era imposible formar parte de él-. Los jóvenes, los que no habían vivido tanto, ¿De qué podrían opinar? Bien decía Oliver Holmes: el joven conoce las reglas, pero el viejo las excepciones. Sin embargo, en el senado -pleno de jóvenes- la intemperancia e incontinencia reinan pues hemos olvidado que el joven está al tanto de las reglas que algún viejo dictó, pues el viejo es el único que puede saber en qué consisten y además conoce las excepciones. Es su aliado y motor en el tiempo.

Está por demás decir que al joven le faltan dos cosas: carácter y tiempo: experiencia. La experiencia se consigue por los años o, mejor aún, por las vivencias de las cosas. Ya alguien recordaba que en la juventud aprendemos o podemos aprender cientos de cosas, aunque sólo cuando llegamos a la vejez entendemos el valor y significado de ellas.

Aunque Platón siempre pensó que las canas eran argumento de la edad y no de prudencia, es más probable que exista prudencia en el viejo que en el joven; más aún, el joven tendrá muy pocas oportunidades de saber siquiera qué es la prudencia. Al final de su vida el escritor francés  Honoré de Balzac, al mirar durante una cena de jóvenes mezclados con viejos, comprendió que la diferencia entre unos y otros radicaba en que los viejos son hombres que al haber cenado son capaces de mirar cómo cenan los jóvenes, pues para estos el tiempo es de aprendizaje no de comprensión. Hasta la fecha, podemos encontrar cada día a un viejo que almacena la simpleza plena de yerros, pero es indudable que en los jóvenes se descubre multiplicada.

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