Hoy empieza otra historia. La tendencia de votos favorable a Gali anoche era irreversible. Hoy y mañana habrá datos duros para confirmar ese triunfo. Y vendrá entonces el necesario recuento y revisión de hechos.
Como todo resultado de una contienda, esta será sujeta a un examen bifronte, con una mirada hacia el pasado y otra al porvenir. Y también, como toda conquista tendrá muchos padres; la derrota, en cambio, ya sabemos, es huérfana.
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Aquello de que “nunca se miente más que en una cacería, o en una campaña”, es absolutamente cierto. El terreno queda lleno de mentiras. Toda la condición humana al descubierto. Ni toda la información o afirmación goza de una veracidad incuestionable, ni todos los dichos visten el ropaje de la falsedad. A los protagonistas compete escarmenar honestamente el material y sacar conclusiones.
Hay muchos elementos de juicio para el examen de actores de todos los calibres. Pero hay que entresacar lo cierto, lo que pase la prueba del ácido. Y dejar de lado el infundio.
No son estos comicios un ejemplo de honestidad con calidad de exportación. Las manchas de un dálmata son escasas frente a lo visto por doquier. La ley no fue norma desde luego. Ello no impedirá que a nombre de ella se hable y se le invoque como guía.
La crítica, en una guerra así de escabrosa y contaminada, no encontró espacio alguno, ni un rincón siquiera. La autocrítica tampoco. Todo esto, ni antes de las elecciones. Ni durante. Es grave este clima, porque es más próximo a la selva que al de un pueblo civilizado. Lo hemos dicho: el poder es como una antorcha, cuando se ejerce largo tiempo, quema.
Los datos dirán en estos días cuánto mintieron las casas encuestadoras y cuál fue el comportamiento final de los electores. Me parece que no habrá lugar para pinceladas color de rosa, mucho menos níveas. Huellas impresentables por doquier sí.
Hay que dar espacio a Jano, entonces, para vislumbrar hacia el futuro.
El pedestal de la victoria tendrá que construirse desde los cimientos. Otro material, otros principios, otras gentes. Habrá que ver hasta dónde Gali resultó un buen aprendiz de lo que una campaña enseña. Se subirá a la balanza a partir de ahora. Asume desde ahora un poder real, de acuerdo con los usos y costumbres del poder en México. Eso no tiene vuelta de hoja.
Saludable para Blanca sería un honesto, profundo y franco examen de lo vivido. Un escrutinio unipersonal, en primer término. Un cotejo de sus motivaciones con la frase inmortal de Martí: “Quien no aspira a ganar, está vencido de antemano”.
Y una revisión partidista de la realidad que la llevó a contender, en medio de la nebulosa red de nexos, complicidades y compromisos del poder. ¿Fue arrojada a la contienda realmente sin paracaídas? ¿Una ingenua caperucita en un tenebroso bosque infestado de lobos? Fatalmente parece que así es. ¿Y su parte..?
Y luego todo el marco de la promoción y ejercicio del voto. Se aprecia más un mercado donde el capital mayor determina poderosamente inclinaciones. Y el rol que un buen número de ciudadanos acepta jugar, por necesidad, por placer, por conveniencia, por impotencia, por cinismo.
Ahí queda en el escenario un esqueleto listo para la disección.
Esta y otras elecciones del país, de similar factura, no ofrecen un buen retrato del México al que aspiramos y que queremos. Quienes tienen el poder real tienen también a los cocineros, la receta y demás operarios. Y dosifican quién y cómo se come el guiso preparado. Tienen también las llaves de la cocina.
La ciudadanía forma el cuerpo de comensales. Le tocan migajas, por ahora. Pero tiene la facultad de tomar o rechazar lo que se le ofrece.