La meta de Gali Fayad es ganar por mayoría absoluta para no generar un ejecutivo estatal de primera minoría. Digamos que la prioridad es obtener un triunfo contundente y ello solo se consigue si obtiene más de la mitad de la votación el próximo 5 de junio.
El debate actual ya no es el impacto de la campaña, ni el tipo de promocionales en los medios de comunicación, en los espectaculares o en redes. Menos la guerra sucia, tampoco los efectos del “round” discursivo, mediocres para todos.
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Nada se movió. El impacto del debate resultó insignificante, insuficiente para modificar determinantemente las preferencias del elector. Los duros cuestionamientos a la propuesta continuista, no consiguieron el efecto esperado para descarrilar la marcha hacia la gubernatura del candidato de la Coalición Sigamos adelante.
Las expectativas fueron de menos a más para la oposición. A diferencia de Blanca Alcalá y Ana Teresa Aranda, que aprovecharon bien el espacio mediático, el tan esperado encuentro pasó sin pena ni gloria para los abanderados del PRD y de Morena. Los contenidos discursivos de sus abanderados se quedaron cortos respecto al papel opositor. Olvidaron, una vez más que la democracia requiere oposiciones verdaderas, posturas que delimiten con claridad las diferencias políticas, ideológicas y hasta culturales. En particular estos dos partidos tendrían que haber sido voz argumentada de los marginados, de sus inconformidades, requerimientos y agravios. Tendrían que hacer visibles a los sectores más afectados por las acciones del gobierno actual. No lo hicieron. Desaprovecharon el espacio.
El debate mostró que la actual elite gubernamental es la única interesada en el poder. La oposición no. Es razón suficiente para explicar porque Antonio Gali, como ya lo hemos afirmado, se perfila como el ganador de la contienda.
A menos de dos semanas concluye la campaña y no hay al frente indicios de un ataque demoledor de los candidatos opositores, del gobierno federal o de actores políticos de talla nacional. Ninguna personalidad se ha involucrado directa o indirectamente. Menos han protagonizado notas estridentes de impacto local que afecten la marcha hacia el gobierno del estado.
Con todo y estar suficientemente marcado y anunciado el desenlace, emergen otras dimensiones de análisis: la agenda de los actores políticos ya se movió hacia el día “después de la elección”. Hoy la meta de los coalicionistas es ganar la elección, con más del 50% de la votación. La razón no encuentra su razón en evitar una supuesta judicialización, sino en afirmar las coordenadas del ejercicio de poder gubernamental ante un periodo tan corto de gobierno.
La reforma para implementar la mini gubernatura, rompió una de las prácticas políticas de mayor efectividad para otorgar estabilidad al sistema político local: el manejo de las rutinas de temporalidad del poder.
Seis años en el gobierno estatal, brindaron holgura en el aprendizaje administrativo, transmisión efectiva de poder, efectividad y certeza en las negociaciones con las administraciones municipales y capacidad de interlocución con el gobierno federal. La reforma constitucional local, origen de la mini gubernatura, fracturó el escenario.
Todos los procesos tendrán que ser extremadamente rápidos eficientes y tersos. La mayoría absoluta le permitirá al futuro gobernante enfrentar con tranquilidad las tensiones propias de la salida del poder de la actual administración. Que iniciaran justo con la llamada presidencial de felicitación para el nuevo gobernante.
Es verdad, no se puede negar que el porcentaje óptimo tiene efectos nacionales: hace altamente competitiva la facción que encabeza Moreno Valle para disputar, al interior del PAN, candidaturas de todo tipo para el 2018. Sobre todo la próxima gubernatura. Los instala en la antesala de espacios decisionales en las distintas esferas de gobierno, en todo el territorio nacional. El efecto es presencia, prestigio, respeto e incluso, en los sectores filo panistas menos reacios a las posiciones pragmáticas del panismo, hasta admiración.
La campaña del PAN en Puebla ha estado orientada también hacia el elector externo. Han asociado a la candidata Blanca Alcalá, la figura de Mario Marín. Ambos personajes son la personificación del PRI. La derrota de la candidata es la derrota del PRI.
En Puebla ganar por amplio margen destruye la leyenda de la indestructibilidad del Partido Revolucionario Institucional. Y mucho mejor si se presenta el mejor escenario, aquel que asegura votación de mayoría absoluta.
El peor escenario es aquel derivado de una votación menor al 50%. Proyectaría mensajes de debilidad política. La sumatoria del voto opositor mayor a los votos que reciba el ganador indicaría debilidad en la elite que actualmente gobierna puebla.
Si los candidatos de la oposición partidaria no estuvieron o no quisieron estar a la altura de la contienda, por raquitismo, la falta de compromiso de sus dirigencias nacionales, la mediocridad de la oferta política, la débil posición crítica ante temas sensibles para el electorado y las disputas internas, lo esperado es que el ex munícipe arrase en las elecciones.
Dicho de otra manera, ante una oposición débil, auto marginal, complaciente con su precariedad ideológica, el candidato oficialista, que ha dado muestra de tener suficientes recursos humanos, técnicos y mediáticos, que ha desarrollado su campaña con relativo orden, que ha sido operador de obra pública durante cinco años y el mismo, ha estado expuesto ante reflectores de radio, televisión, medios impresos y electrónicos, se esperaría un triunfo de más del 50% por cierto. No es mucho pedir, se impone en política el criterio de ganar y de ganar mayoría porque eso significa la legitimidad de un proyecto político que rebasa las fronteras poblanas. De no ser así, de no superar la totalidad de votos opositores, lo que veremos en el año ocho meses será un ejecutivo sometido a presión interna y externa de modo permanente.
La única manera de remontar el escenario adverso que significa no superar la totalidad de los votos opositores es optar por la reconstrucción de dispositivos políticos de inclusión que permitan garantizar eficacia decisional, sobre todo en temas complejos como el de la seguridad. El modelo pactista puede tener utilidad siempre y cuando exista una vocación de futuro gobernante genuina con valores sustanciales de la democracia como el respeto a los adversarios y la tolerancia frente a quienes disienten de las acciones del grupo gobernante. Es mucho pedir en el contexto poblano, que muestra todavía amplias franjas de ejercicio discrecional de poder, es mínimo en realidad para los demócratas.
Desde luego, la otra lectura es que interesa ganar, sea cual sea la diferencia, el que gana se queda con todo en la fórmula electoral de mayoría. Tal connotación sería significativa en periodos “normales” de gobierno. Para el caso no. Es un periodo breve de acceso, ejercicio y salida del gobierno del estado y se requiere estabilidad.
La interlocución y construcción de acuerdos con la mayor cantidad posible de actores políticos puede evitar tránsitos de poder accidentados.
Es la vuelta genuina a la sociedad a la que apelaron hace seis años.
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