Viernes, 15 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Ocurrencias y estupideces, símbolo de un (des)gobierno

.

Raúl Espejel Pérez

Ha colaborado como articulista en la revista Jueves de Excélsior, El Universal de México, El Universal Gráfico, El Universal de Puebla, El Día, Nueva Era de Puebla y la revista Momento de Puebla (versión impresa y digital).

Viernes, Mayo 13, 2016

Para  Claudia Morales,

con un afectuoso

Más artículos del autor

saludo de despedida.

Mientras la alternancia gubernamental llegó a México el 1 de diciembre del año 2000, al asumir Vicente Fox la presidencia de la república, en la ahora Ciudad de México, la alternancia se adelantó tres años, al obtener la jefatura de gobierno del Distrito Federal un candidato de la oposición, el 5 de diciembre de1997.

Ejercer, desde hace casi veinte años, el derecho a elegir, mediante el voto directo y secreto, al jefe de gobierno, diputados locales y jefes delegacionales, debió ser la oportunidad histórica para que los habitantes del Distrito Federal hubiéramos mejorado, por la vía electoral democrática, nuestra calidad de vida, en materia de gobernabilidad; de respeto a la libertad de tránsito de las personas y de acceso a servicios públicos eficientes, como impartición de justicia, seguridad, transporte de pasajeros y suministro de agua potable, entre otros. Sin embargo no ha sido así.

Desde entonces, los habitantes del Distrito Federal hemos pagado un precio muy elevado por esa alternancia que ha arrojado resultados insatisfactorios ─y hasta negativos─ para la población, salvo en los casos de la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y la despenalización del aborto en embarazos de hasta doce semanas.

La constricción de la Línea 12 del Sistema de Transporte Colectivo (Metro) que debió ser una obra de infraestructura urbana importante, terminó siendo un fraude para la ciudad y un engaño para sus potenciales usuarios y un barril sin fondo para las finanzas capitalinas, por su alto costo y sus constantes e interminables gastos de reparación.

Cuauhtémoc Cárdenas, Andrés Manuel López, Marcelo Ebrard y Miguel Ángel Mancera, han sido los jefes de gobierno electos por los habitantes de la ciudad capital. Aunque los tres primeros son de origen priista, fueron postulados por el PRD, igual que Mancera.

Ninguno de los tres primeros, junto con los jefes de gobierno sustitutos de Cárdenas y López, tuvieron un desempeño sobresaliente. Ebrard, prácticamente, salió del gobierno capitalino y del país por la puerta trasera, con un señalamiento popular de defraudador. Al no obtener una diputación que le otorgara fuero e impunidad, decidió refugiarse en la capital de Francia.

Miguel Ángel Mancera, sin duda alguna, es el peor de todos. Es la joya de la corona en materia de ocurrencias y estupideces gubernamentales.

La elevación de los índices de la contaminación ambiental que afectan al Distrito Federal, permitió, a quienes todavía no se percataban de su ineptitud, darse cuenta que lo único que tiene en su haber el jefe de gobierno capitalino es una desenfrenada ambición por participar en las elecciones presidenciales de 2018.

Fuera de esto, no tiene nada que avale su permanencia en el cargo que ocupa.

En los tres años y medio que Mancera tiene de encabezar el gobierno de la ciudad de México, nada ha hecho para mantener bajo control la contingencia ambiental.

Las políticas públicas indispensables para lograr este propósito, continúan, desde entonces, ausentes en su agenda de gobierno. 

Durante los dos meses de la contingencia ambiental que padece la capital del país, a él y su secretaria del Medio Ambiente, Tanya Müller, solo se les ha ocurrido cometer ocurrencia tras ocurrencia y estupidez tras estupidez.

Cuando un reportero preguntó a Müller en qué proporción las marchas y plantones de manifestantes contribuyen a incrementar los niveles de contaminación, la secretaria mancerista del Medio Ambiente, apenas alcanzó a discurrir que esos eventos políticos “no contaminan”. Pasó por alto que las marchas y plantones ocasionan mayores congestionamientos de vehículos, que al permanecer detenidos, forzosa e innecesariamente, durante más tiempo, generan emisiones de partículas contaminantes que podrían evitarse si los manifestantes no entorpecieran la circulación de automóviles.

La encargada de cuidar el medio ambiente en el Distrito Federal, no se ha percatado que la secretaría de Gobernación ─del gobierno federal─, sin que las autoridades locales lo impidan, contribuye eficazmente a elevar los índices de contaminación cuantas veces se le ocurre cerrar las calles aledañas a sus oficinas centrales, un día sí y otro también, para evitar que grupos de inconformes sociales se acerquen a perturbar la zona de confort del secretario de Gobernación y sus allegados.

Incapaz de enfrentar el problema ambiental con medidas eficaces, Mancera solo ha logrado urdir ocurrencias que nada resuelven y, por regla general, complican las cosas.

Siendo de mala calidad el transporte público de pasajeros gubernamental y, además, insuficiente para cubrir la demanda habitual, bajo el argumento de ayudar a las personas que por no circular sus automóviles necesitan trasladarse por cualquier otro medio, declaró la gratuidad del servicio. No obstante que el Metro, los trolebuses, el Tren Ligero y los autobuses de la Red  de Transporte Público, operan con pérdidas financieras que ponen en riesgo su viabilidad operativa, debido a que esa gratuidad conlleva, irremediablemente, a disminuir las partidas presupuestales destinadas a cubrir los gastos de mantenimiento del parque vehicular.

Con un retraso de mil 253 días, a Miguel Ángel Manceras se le ocurrió considerar la conversión del motor a gasolina de mil 240 vehículos del gobierno capitalino a gas natural, con la finalidad de evitar que por el mal estado mecánico en que se encuentran muchos de ellos, continúen contaminado la atmósfera capitalina.

Esta reconversión, estimada entre 35 mil y 40 mil pesos por unidad, debió ordenarla Mancera al iniciar su mandato, no después de recorrer más de la mitad del camino  de su administración gubernamental.

Otra ocurrencia mancerista consiste en el establecimiento de horarios escalonados de entrada y salida, a partir del mes de junio, para el personal que labora en el gobierno de la Ciudad de México. Con esta medida, se pretende reducir el tráfico de vehículos en las horas pico y las emisiones contaminantes.

Mancera, atolondrado por los nubarrones de la contaminación ambiental, acaba de darse cuenta que, conservadoramente, el 20% de los taxis que circulan en la ciudad son de modelos anteriores a 2006 y requieren ser remplazados cuanto antes por otros modernos, debido a que son altamente contaminantes.

Después del fenómeno Mencera, peor destino no puede tener la Ciudad de México.

Aunque tendremos de esperar dos larguísimos años para saber si los capitalinos dispondremos de mejores opciones de gobierno en 2018 o el Distrito Federal continúa deslizándose en el despeñadero. Todo dependerá de los candidatos que postule la partidocracia.

Vistas: 3049
AL MOMENTO
MÁS LEIDAS

Blogs