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Miércoles, 13 De Mayo De 2026 | Puebla

OPINIÓN

Dos o tres líneas

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Fidencio Aguilar Víquez

Es Doctor en Filosofía por la Universidad Panamericana. Autor de numerosos artículos especializados y periodísticos, así como de varios libros. Actualmente colabora en el Centro de Investigación Social Avanzada (CISAV).

Lunes, Mayo 9, 2016

Pasada la media noche, entre sábado y domingo, no duermo, estoy tratando de escribir estas dos o tres líneas. ¿Qué puedo decir cuando hay mucho que decir y todo que callar? Pensamientos, sentimientos, emociones, recuerdos, imaginaciones, todo se agolpa en mi mente como un río caudaloso que corre en la tormenta, todo es energía, impulso, movimiento, vamos hacia allá, voy hacia allá, me muevo hacia, ¿dónde? No lo sé aún. Tomo las palabras del poeta: “escribo, me detengo, escribo”.

También tomo estas otras palabras que me inspiran y me impulsan, del mismo poema escrito en esa lejana tierra de la India: “escribo sin conocer el desenlace de lo que escribo”, esa es la idea, o la imagen; y ahora me entra la duda, ¿se trata del mismo poema o de otro distinto? No lo sé, no tengo a la mano el libro de los poemas, no el libro pequeño sino el libro de las Obras completas, los tomos 11 y 12 donde viene toda su poética. No importa, lo cierto es lo que señala: escribo pero no sé en qué terminará el texto. Las dos o tres líneas, poco a poco van inundando la página en blanco.

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Todo el sábado, bueno, casi todo, porque hubo una larga siesta vespertina –estaba yo tan cansado que me levanté tarde y aun así dormí siesta-, me había pasado buen tiempo escuchando música de los Sonorrítimicos, música que hacía tiempo no escuchaba, desde que era niño o adolescente, y recordé varias canciones, todo eso me hizo estar escuchando a este grupo, luego a Pepe Aguilar, una que otra, tampoco es que me guste toda su música (“Por mujeres como tú”, creo que se llama alguna muy llegadora, como se dice), hasta que, pasada la media noche, volvía a buscar algunas de Robie Williams, “Angels”, entre ellas, John Lenon, “Imagine” y “Woman”, y entonces, mi ánimo se decantó: ¿Por qué no fui compositor, músico? Porque no es fácil, desde luego; miro entonces los últimos años, la música que, aunque no es nueva, es nuevo mi descubrimiento y mi gusto por ella: Tina Arena, Zucchero, o bien, artistas más recientes: Lady Gaga y Alizée.

¿Por qué no fui artista? Porque no es fácil el arte, porque creadores de arte hay muy pocos aunque haya muchos artistas (o que intentan serlo). Muchos grupos, muchos músicos, muchos cantantes, pocos artistas, poco arte, poco aun más el sublime, ese arte que abre el interior, que llega al fondo y transforma el alma. He ahí la razón por la cual no pude, no intenté y, hasta ahora, puedo imaginar poder haber sido, difícil será serlo, por no decir imposible.

Escribo, me detengo, escribo, dice el poeta. Voy recorriendo no esa voz interior (no, la inspiración también pocas veces nos visita), sino el camino interior donde encuentro esto o aquello o lo de más allá. Me gustaría ser poeta, pero comenzar a serlo a los cincuenta años me parece no sólo poco menos que imposible, sino una verdadera locura, ¿cómo voy a serlo si nunca he escrito un poema? No al menos en su forma técnica, académica, seria y bien hecha. Claro que sí he escrito alguno que otro poema, un par de ellos publicado como anexo de mi libro Mística y política, pero no eran sino sentimientos que brotaban casi por necesidad. Con todo, al leer a los poetas, Pèguy el primero, Paz, Huidobro, Whitman, Pacheco, me encuentro en un río de interioridad, de vasos comunicantes –como suele expresar Octavio Paz- entre pensamientos y sentimientos, entre lo que he sido, lo que soy y lo que quiero ser.

No soy poeta ni hijo de poeta, sino un estudioso de la filosofía a quien, además, le gustan las novelas y la poesía, mejor dicho, ciertos poemas que le dejan abierta la puerta a ese gran abismo, a ese gran mar y a ese gran misterio que es el propio yo en su forma personal y en su forma de otredad, de anhelo de otredad. Soy, ahora, estudioso de Octavio Paz, lector de sus poemas, no digo fan pero no sería extraño que lo fuera. Me gusta, me arrebata, me inspira. Me hace conocer una parte de mí que aún tengo que descubrir.

Escribo, me detengo. Ahora recuerdo, me recuerdo a mí mismo siendo estudiante de bachillerato y cómo, algunas veces, me iba de mi pueblo, al noroeste de la Ciudad de México, allá en el Estado de México, a Azcapotzalco, al CCH, donde estudié. Digo, me iba con mi guitarra cantando en los camiones, ganándome algunas monedas que los pasajeros me daban. La primera vez, sin duda, el nervio, el cantar para otros, y yo ahí solo, me aventaba –como se dice el argot popular- a cantar; “Mi plegaria”, “Felicidad”, “Creo estar soñando”, “Sólo sé” y algunas otras, eran mi repertorio. Era necesario pasar por dos o tres camiones para llegar a mi destino. Era la forma de ayudarme cuando mi papá no podía darme para el pasaje. Entonces, llegaba no sólo con el traslado gratis, sino con algo de dinero para almorzar o comer. No cabe duda que esa guitarra me ayudó en los momentos precisos. Y también me abrió  amistades, ahí están Nacho, Enrique, Marcos, José y algunas compañeras que gustaban de escuchar nuestras canciones. De esa época son mis dos únicas composiciones: “Isabel”, cuya letra he olvidado pero por ahí debe andar, y “Por tu manera de ser”, esa sí con toda la letra y la música. ¿Por qué no fui compositor y cantante? No lo sé. Había mucho sentimiento, quizá un poco de inspiración y mucha juventud, amistades hondas, profundas.

Escribo, me detengo, recuerdo y escribo. El espíritu serenatero, que me pervivió incluso aquí en Puebla, me llegó por tres vías, por tres fuentes. Una, de mi primo Octavio, cómo nos íbamos, a veces sin pensarlo mucho y hasta de forma arrebatada, a darle serenata a la que hoy es su esposa, mi ahora prima Gaby. Canciones que salían de un repertorio que a veces, incluso yo desconocía. Pero eran dos voces, dos guitarras y mucho sentimiento. La otra vena de ese espíritu eran los amigos de Chilpan, para mí unos verdaderos artistas, sacaban con escuchar una sola vez alguna canción, la música y la arreglaban metiéndole voces, primera, principal y hasta tercera. Sus serenatas eran casi conciertos: unas cinco voces, otras tantas guitarras, claves, a veces pandero, requinto infaltable y mucho sentimiento. Eran amigos no sólo de serenatas, también de ideales, sueños, anhelos, vivencias, experiencias compartidas, lecturas, campamentos. Y la tercera, unos amigos de mi pueblo con los que formamos una estudiantina o coro en la parroquia. Algunos de ellos estudiaban música en escuelas universitarias y de bellas artes (luego fueron músicos profesionales). En esa época entonces las serenatas eran casi cada ocho días, viernes o sábado y, muchas veces, viernes y sábado. En esas ocasiones ocurrió que, además  llevarle serenata a mi mamá al panteón el 10 de mayo, me acompañaron alguna vez a llevarle serenata a mi papá el día del padre: no pudo faltar “Mi viejo” de Piero. Cómo se conmovió mi viejo. Estaba contentísimo y yo también. Era raro que un hijo llevara gallo a su papá. Ni mis amigos lo hicieron que yo sepa. Y me sigo preguntando por qué no pude ser artista. Quizá si hubiera sido artista no habría yo venido a Puebla, que es la otra mitad de mi historia. Y un poco más de la mitad. Yo llegué aquí en el 85, a los 19 años de edad.

Escribo, me detengo, recuerdo, escribo. En los años universitarios y luego de concluir la carrera, el espíritu de serenata me siguió acompañando, mis amigos eran otros, pero el ánimo y la cordialidad era similar. Ellos me ayudaron a llevar la flor, el poema, la canción y el gesto a mi ahora mujer. Una canción permaneció a lo largo del tiempo y nos conectó desde el inicio: “Sólo sé”, con los arreglos de mis amigos de Chilpan: “Yo no sé/ si tu pelo se parece a la noche,/ yo no sé/ si tu risa es tan hermosa como tú./ Sólo sé/ que te quiero y que te adoro,/ que te quiero y amo tanto/ como nunca a nadie amé;/ también sé/ que muy pronto partirás,/ pero sólo quiero amarte/ y después te vas,/ te vas/ de mí.” ¿Por qué no fui artista, poeta, músico?

En cambio se me abría la carrera académica, clases, investigaciones y publicaciones; luego la opinión pública, el periódico, el portal, los artículos, las opiniones, los análisis, las incursiones en la diversidad de temas y la función pública sobre asuntos electorales, su parte política, su parte de decisión, la filigrana, tensiones, presiones y pretensiones; esos han sido los veintisiete años después de la carrera de filosofía. Filosofía, política y literatura, se completa la trilogía. ¿Por qué no fui artista, poeta, músico? Quizá porque faltaba mi encuentro con la literatura, con ese mundo lleno de ficción, de invención, de imaginación y de sentido también. Me detengo, vuelvo a acudir al poeta (el poeta es Octavio Paz) y, del poema “Himno entre ruinas”, tomo sus palabras finales:

Hombre, árbol de imágenes,

palabras que son flores que son frutos que son actos.

Ahí me descubro, me reconozco; yo soy ese árbol de imágenes y mis palabras son flores, frutos, actos. Así es como terminan mis dos o tres líneas. Al comenzar no sabía a dónde iba el río de mi discurso, de mi discurrir. La voz me fue guiando, se ayudó del recuerdo, de las vivencias y con su propia pluma pronunció las palabras, dibujó las imágenes. Ahora me detengo, dejo de escribir, otra vez es pasada la media noche, ahora entre el domingo y el lunes… Y termino de escuchar “Felicidad” del Pirulí.

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