En cierta manera, la sociedad –no sólo la nuestra sino todas- ha sido reinterpretada con el impacto de las tecnologías, ciencias y la globalización misma. Sin embargo, sin dudar, creo que ha llegado el momento de la cultura, de esa cultura de legalidad y responsabilidad, articulando cada uno de los elementos éticos que conformarían la libre, pero pacífica convivencia humana.
Antes de pensar en nuevas políticas debemos preocuparnos por la transformación de nuestra sociedad para recibirlas y aceptarlas, con una conciencia plena; dejando atrás la discusión y cuestionamiento para llegar a actuarlas y vivirlas. La causa común para que una multitud sea una sociedad es pues, la responsabilidad, esa responsabilidad para con sí y el entorno.
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Por otro lado, sabemos que la reducción de toda ética a juicios de valor ha dado espacio libre a la destrucción del ser humano y de la naturaleza. Es por eso que no debemos reducir los espectros de la ética a una formulación de enunciados -importantes indudablemente pero que el entorno percibe como vacíos e inoperantes-.
La reducción de la ética a juicios de valor –como análisis limitados- supone que la ética es ornato puro de la vida humana, de la que también puede prescindirse; y así lo hemos hecho, enfrentándonos a una palabrería hueca y sin sentido.
Actualmente, la ética debe asumir los efectos indirectos de lo que resulta una ética de beneficio común. Insisto, hace falta que construyamos una nueva ética; pero no son las normas éticas las que están en cuestión, no se trata de nuevos mandamientos pues éstos ya existen. Desde tiempos inmemorables se postularon: no matar, no robar, no mentir. Sin embargo, han sido reducidos a éticas funcionales en un sistema desempeñado casi exclusivamente sobre la base de la racionalidad de las acciones directas, y por tanto, fragmentarias.
Las éticas funcionales representan estas mismas normas para violarlas: matarás, robarás, mentirás. Las invertimos y de esa forma las actualizamos; a eso me refiero cuando digo que no se trata de hacer nuevas normas sino de hacerlas efectivas. Entonces descubrimos que es un crimen contaminar el aire; que es un robo despojar a la población de sus condiciones materiales de existencia, así como destruir la naturaleza. Es mentira presentar este sistema de expoliación como progreso. Son asesinatos, expoliaciones y mentiras promovidas por la propia ética al ser reducida a la ética funcional del sistema de la acción directa.
El problema entonces no es discutir las normas ni peguntar cómo podemos justificar filosóficamente su validez; el problema es la reducción de una ética ajustada al paradigma de la ética de la banda de ladrones –lo que hacen los míos es lo bueno y los que hacen lo contrario están equivocados; respetando tres normas básicas (no matarse ni robarse entre sí y respetar los acuerdos, siendo un modo normal y cuasi-natural de existencia)-
La responsabilidad es nuestra, de la sociedad, para hacerla vigente y no una ética privada. Debemos transformarla, de una manera tal que la ética del bien común, que es una ética de responsabilidad, pase, a largo plazo, de lo deseable a lo efectivamente posible; y a más largo plazo, de lo posible a lo consumado por la conciencia y convicción humana y social.