Las primeras encuestas de la actual campaña al gobierno del estado son coincidentes, asignan al candidato del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), Abraham Quiroz Palacios, académico universitario, el tercer lugar en la contienda, con porcentajes que oscilan entre el 6 y el 10 por cierto.
No es extraño, si es notable. Apenas, en las pasadas elecciones federales, en Puebla, los resultados de Morena sobrepasaron la votación del Partido de la Revolución Democrática.
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En un régimen político como el poblano, la emergencia de un partido político que no ha tenido publicidad espectacular, con nulo acceso a medios locales de comunicación, que ha hecho poco uso del potencial de las redes sociales, que no cuenta con recursos, y cuyo candidato solo es conocido en espacios académicos universitarios, constituye una novedad.
El porcentaje de arranque que las encuestas asignan a dicho partido de ningún modo es marginal. Si bien, se encuentra muy lejos del primero y segundo sitio. Los datos son indicadores de un segmento de votantes leales en camino a consolidarse. Aunque en el transcurso de la campaña pudiera existir variación negativa, es altamente probable que conforme el candidato tenga acceso a medios de comunicación y se extienda e intensifique su campaña en redes, la candidatura al gobierno estatal puede crecer, afirmándose dicho partido como tercera fuerza electoral en el estado.
Son diversos los factores explicativos de la participación de Morena como actor político de relevancia en Puebla. Uno de ellos es, sin lugar a dudas, la propia figura de López Obrador. Su larga campaña por la presidencia de la República lo consolidó como la principal figura opositora en el país, a contrapelo de la también larga campaña negativa en medios; no es desmesurado afirmar que es el político mexicano, en lo que corre del siglo XXI, más atacado y ofendido en los medios de comunicación. A pesar de ello, su contribución consolidó un proyecto partidario de alta potencialidad para ganar elecciones.
Otro aspecto destacable es el modelo de partido. Desde la campaña presidencial del 2006, fue observable la creación de una estructura electoral sobre el esquema de frente amplio y en movimiento; orientaron hacia la arena electoral segmentos de la sociedad movilizados, en resistencia, o en actitudes anti régimen. La posibilidad de representación política para dichas voces, dio lugar a lo que hoy conocemos como Morena. No fue mala estrategia. A través de las campañas presidenciales y con la creación del partido político se canalizó la protesta social hacia su institucionalización, hacia la representación política. Desde luego, también pretexto de linchamiento público permanente en contra de Morena.
El modelo de frente amplio es omniabarcante. Confluyen en él personalidades, grupos y organizaciones afines a la izquierda con historial de aversión a la participación electoral, actores de origen partidario diverso y amplios sectores empresariales a disgusto con las políticas, implementadas por el PAN y el PRI en sus respectivos periodos presidenciales. La oferta política mantiene una característica: se acumularon tal número de problemas sociales, económicos, de seguridad pública y corrupción en el país, que el modelo reivindicatorio de la honestidad ha permitido compartir proyecto a segmentos sociales disímbolos y diversos.
La fórmula política, del orden de la ética pública, ha sido en si misma unificadora. No es el carisma del líder, el potencial cohesionador deriva de los inocultables excesos de las elites políticas en la administración de la cosa pública. Mejores controles de la hacienda pública y endurecimiento de las sanciones por administración negligente o indebida de los recursos públicos, restarían toda posibilidad mediática al discurso político de Morena. Como no es así, en los actuales procesos electorales locales, los contenidos discursivos críticos son atractivos para el votante mexicano.
El discurso de Morena ha ido acompañado de estrategias de propaganda austera, de modelo retro, que privilegia las pintas en bardas, por encima del gasto en grandes espectaculares y en medios de comunicación impresos y electrónicos. El uso de estos últimos solo conforme al tiempo destinado por ley. Todo lo demás es campaña de contacto directo con el potencial votante y de establecimiento de alianzas con sectores diversos, como han sido las campañas exitosas de la izquierda en América Latina.
En Puebla la participación de Morena no escapa al influjo de las próximas elecciones presidenciales, con un agregado: consolidarse y generar condiciones para buscar la gubernatura en el 2018; reafirma nicho de votantes, estructura electoral, y alianzas en todo el estado, para meterse a disputarle al PRI y al PAN la representación política en todos los espacios.
Hay que señalarlo, quien abre las puertas para el crecimiento de Morena en Puebla no es el perredismo sino la extinta Alianza Compromiso por Puebla. El espectro de amplitud social electoral de morena y su implementación en Puebla, será beneficiario de lo que el morenovallismo indujo en el contexto poblano: una vez que el PRI se fue de Casa Puebla, el pluralismo político desbordó los límites que le imponía el partido hegemónico. El gobierno actual intentó realinearlo para utilidad propia, pagó muchos costos en ello y no tuvo éxito. Esas fuerzas locales que desató la elección para gobernador en el 2010 son el potencial crecimiento del morenismo. No es prematuro ni aventurado, recién inicia la campaña y emerge un tercer contendiente para la próxima elección estatal.
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