La crítica es un punto de encuentro y desencuentro de los hombres públicos y la gente de los medios. Y claro, por hombre público se entiende a quien se mueve lo mismo en el gobierno y los partidos que a los empresarios.
Pero también a líderes religiosos, dirigentes políticos o sindicales, o participantes en oeneges.
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Y hay de crítica a crítica. Los desahogos que saturan las redes sociales y las páginas de diarios, con columnas o comentarios, por lo común son eso, chismarajos del mismo autor, o por encargo. Hay amanuenses casi sicarios. Por paga o negocios, contratos o intercambio de favores, degradan espacios que debieran tener otro destino. El que les suelen dar, bien podría no pasar del cesto de papeles de un sanitario, y ya sería mucho.
No cuesta trabajo la identificación de quienes así proceden. Basta ver antecedentes, cruzar información y encontrar la cola. El apéndice suele ser largo, en simetría con la lengua. Hay analistas serios, responsables y profesionales. Brillan con luz propia y tienen un sitio de consideración. No son muchos, lamentablemente para los medios del país.
El sujeto criticado suele tener distintas reacciones. Si es un individuo no profesional, actúa con soberbia, fanfarronería o cinismo. O todo junto. Por lo común, primero niega, luego se torna colérico, la emprende furiosamente contra el mensajero en lugar de revisar la información que lo señala de algo negativo. (Ejemplo: Caso Aristegui, pero hay muchos todos los días…)
Y casi nunca reacciona con inteligencia y elegancia. La lógica indicaría: Revisar quién es el crítico, cuál es la naturaleza de lo que afirma, y si tiene sustento. Si hay materia digna de tomar en cuenta, una actitud honesta sería admitir la parte de verdad, asumir la responsabilidad de un error por comisión u omisión y rectificar de cara al público. Los grandes hombres suelen hacerlo y salen airosos. Los enanos se quedan en ese nivel.
Revise su derredor y encontrará numerosos ejemplos de todos los niveles, todo el tiempo.
Si la crítica no tiene nada, parte de infundios, suposiciones o calumnias, y el portador carece de autoridad moral para hacerla, entonces dejarla pasar. No olvidar que “para hacer leña del árbol caído hay tener credencial de leñador; y que esté vigente!!”
Ante una crítica, hay quienes han ido más allá: Don Julio Scherer demandó a Pedro Ferríz y lo obligó la ley a ofrecer una disculpa y reparar el daño moral; la empresaria Arámburuzavala hizo lo propio con López Dóriga.
El hombre público profesional debiera tomar la crítica como lo que es, un requisito indispensable de toda sociedad democrática. Debiera verla como una especie de contraloría de la sociedad, un sinodal multipresente, un espejo en el que hay que mirarse diariamente. (Y no olvidar: la autocrítica es hermana legítima de la crítica, y si la usamos como verbo, vale para críticos y criticados) .
Hay liderzuelos intolerantes a quienes horroriza la crítica. Por lo común se enconchan en murallas de soberbia y se llenan la boca para hablar de democracia, pero no la practican; han hecho del nepotismo una cualidad negra que les mancha la imagen doquiera que se plantan.
Claro, para tener el carácter de crítica ( en su mejor acepción, la de cribar, separar, distinguir) debe contar con mínimos de calidad. Para empezar, debe comprender lo negativo y positivo (si lo hay), aplauso y censura. O solamente esto último, sobre todo cuando el universo está saturado por focas aplaudidoras o aduladores profesionales.
Para ejercerla no se requiere tener valor, no al menos en el sentido machista (“valentón”) que aquí se le da al término. Si, en cambio, sencillamente responsabilidad y profesionalismo. Información sólida, hechos que se confronten con el deber ser que es traicionado por uno o varios sujetos. El criticado tiene en sus manos el estupendo antídoto contra la crítica: transparencia, legalidad, honestidad. Quizá no más, pero tampoco menos.
Los hombres públicos con sensibilidad, deberían asimilar el enorme valor de la crítica como un conjunto de expresiones que muestran los signos y síntomas de la sociedad, pero no sólo para verla como un mal necesario, o como algo que “debe” tolerarse como signo de civilidad. No, el político actual debe incorporar aquello positivo y saludable que la crítica entraña y que es viable y pertinente.
No hacerlo, es quedarse en el horizonte plano de la mediocridad.
No escucharla, frenarla o reprimirla, es la respuesta común de aquellos que son enfermos del poder, casos patológicos, carne para siquiatras.