Independientemente de cómo vaya en las encuestas, cualquier candidat@ necesita un buen discurso, un mensaje que conecte con los electores, en particular aquellos que no han decidido el sentido de su voto. Es cierto que un discurso no gana votos, pero es certísimo que quien gana una elección lo hace, en buena medida, por tener ese discurso o ese mensaje que termina convenciendo no sólo a los suyos sino a los otros y, en última instancia, a la mayoría.
Ernst Cassirer en El mito del estado (FCE), señala las nuevas técnicas (o las técnicas modernas) de propaganda política que privilegian no el uso racional por parte de la sociedad sobre las diversas propuestas de los dirigentes o de los actores políticos, sino del uso de las emociones, y de los instintos incluso, para sumarlos a sus propuestas. Y señala el renacer de los mitos y de los rituales como lenguaje simbólicos con usos para fines políticos:
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“Los políticos modernos saben muy bien que a las grandes masas las mueve mucho más fácilmente la fuerza de la imaginación que la pura fuerza física. Y de este saber han usado ampliamente. El político se convierte en una especie de adivino. La profecía es un elemento esencial de la nueva técnica de mando. Se hacen las promesas más improbables y hasta las imposibles” (op. cit.: 342).
A mi modo de ver, Mircea Elíade (El mito del eterno retorno y Lo sagrado y lo profano, editoriales Alianza y Labor respectivamente) da las pautas para una mejor y más detallada comprensión del mito y de sus rituales en la vida cotidiana y política del hombre contemporáneo (el sujeto simbólico). Y es quien, desde el análisis de las religiones, establece una metodología del simbolismo que yo suelo utilizar para comprender el discurso político.
En dicho simbolismo, como en la tradición semítica, cristiana y luego secular, existen cinco elementos que se conectan para comprender todo el mito y su ritual. Primero hay un pueblo elegido, una comunidad, un país, un estado, una sociedad, el electorado e, incluso, un individuo. Es el sujeto iniciado, llamado, elegido, convocado (cuando el OPLE en este proceso electoral corriente lanzó la convocatoria lo hizo a los ciudadanos, a los poblanos y poblanas, a los electores y a los actores, podría decirse, al pueblo). A ese mismo sujeto iniciado se dirigen los partidos políticos y sus candidatos y todos los demás candidatos. A ellos va su mensaje. En segundo lugar, a ese pueblo elegido se le muestra una tierra prometida, se la hace una promesa, se le abre una esperanza, la meta planteada como a Israel, el pueblo elegido por Yahvé, la tierra prometida donde mana leche y miel, etcétera. Por tanto, en tercer lugar, hay que recorrer un camino, hay que cruzar el desierto. En el camino, en cuarto lugar, hay peligros, obstáculos, riesgos, enemigos, demonios, seducciones, fuerzas nefastas y demás. Se le advierte al pueblo lo nefando que resultaría caer en manos de esos poderosos enemigos, o engañadores, distractores y toda la caterva que puede distraer del camino correcto y seguro. Y en quinto lugar, para prevenir los riesgos y peligros, para enfrentar a los enemigos y garantizar que se llegará a la meta, están las fuerzas benéficas, o simplemente el mesías, como en el caso del pueblo judío. Sólo él garantizará que se cumpla la promesa y se llegue a la tierra prometida.
La versión moderna, sobre todo desde el siglo XVIII, también tiene su simbolismo: la tierra prometida ahora se llama república, sociedad sin clases, o sus sinónimos, el camino es el progreso, los enemigos son la ignorancia y la religión, o sus representantes, y el nuevo mesías la razón, la ciencia, la tecnología.
Aterrizado a nivel local todo lo anterior veamos el simbolismo en los discursos de candidat@s y algunos otros actores; la coalición azul y multicolor muestra su discurso: “Sigamos adelante”, o bien, “sigamos por el camino correcto”; ambas expresiones denotan un planteamiento donde se privilegia la imagen –a veces no tanto la idea- del camino. Caminamos y vamos seguros, parece decir el slogan, aunque no plantee hacia dónde, le interesa más por dónde, el medio y no el fin. Además del tema de la continuidad: sigamos así. No hay meta, no hay peligros, no hay enemigos, no hay salvadores, no hay quienes ayuden, no hay sujeto o sociedad o pueblo al que hay que conducir o que deba éste caminar; simplemente, hay camino y vamos –dicen las expresiones- bien.
En el lado tricolor el discurso apunta más bien hacia el sujeto iniciado, hacia el pueblo, tanto en su sentido interior como exterior, tanto al partido como a la gente en general: “les vamos a ganar porque los poblanos ya abrieron los ojos y no los van a cerrar porque necesitamos hacer de todos ustedes, de todos los equipos, un solo equipo, el equipo de la victoria”. Y remata la candidata: “la propuesta que quiero compartir con ustedes es la de un gobierno participativo que comprende que no se puede vivir tranquilo ni satisfecho cuando tantos poblanos sufren carencias, un buen gobernante es el que está al lado de sus habitantes, nunca por encima de ellos”. Siempre aludiendo simbólicamente al pueblo. Lo convoca, lo invoca y (acaso) lo provoca. Aunque aluda a una propuesta, en realidad vuelve sobre el tema de la gente, tanto del partido como de la sociedad, su tema es la unidad; en estricto sentido no hay planteamiento de meta ni de camino, sí de enemigos, sí de rivales, de situaciones amenazantes presentes, de riesgos.
Otros actores políticos han planteado también sus discursos; por ejemplo Ana Tere Aranda –que aspira a ser candidata independiente- ha señalado en sus diversas posturas a un enemigo claro y visible a quien promete –y le canta- “sacar de casa Puebla”. Hasta ahora es quizá lo más relevante de su discurso. Sin los otros elementos de la estructura simbólica. Por su parte, Roxana Luna, la actual secretaria de movimientos sociales del PRD, ha planteado, como tierra prometida, una Puebla honesta y justa, la promesa, la meta, el objetivo. Y también muestra la referencia al sujeto: la gente, el pueblo, las comunidades.
De este modo, tan sólo atendiendo a los discursos, se puede apreciar hasta este momento, en términos de símbolos y de usos lingüísticos, cómo de lado azul y multicolor se plantea el camino; del lado tricolor, el sujeto iniciado (el partido y la gente en general); del lado de una aspirante a candidata independiente, el enemigo; y en el escenario amarillo, con una política que muestra su disposición para lograr la candidatura de su partido, se plantea la meta, el objetivo, el fin. Y la gente, el pueblo, como sujeto iniciado.
¿Qué pesará más en el ánimo del electorado? Esa es la pregunta que se puede ir viendo y analizando conforme se vayan desarrollando las diversas propuestas y el ánimo de la gente y sus humores. Lo que cada vez es más creciente es la volatilidad, la oscilación y hasta la exigencia de electores que no viven pendientes de lo que hace el círculo rojo: “Ellos, en general, no leen la sección política de la prensa; se interesan por la sección deportiva y la crónica roja. Su voto, el día del escrutinio, tiene el mismo peso que los votos de quienes hemos dedicado buena parte de nuestra vida a estudiar la política. Nosotros somos pocos. Ellos son muchos. La estrategia correcta para una campaña ganadora se estructura a partir de un profundo respeto por el elector común; parte de comprender su vida cotidiana, sus problemas y sus ambiciones.” (Jaime Durán Barba y Santiago Nieto: Mujer, sexualidad, Internet y política. Los nuevos electores latinoamericanos, FCE: 363).
He ahí, pues, la relevancia del discurso, de la propuesta, del tema, de los símbolos y de todo aquello que configura un mensaje que apunta a esas pulsiones de los electores, sus sentimientos, deseos, temores y resentimientos incluso. No cabe duda, somos homo loquens, homo simbolicus, lenguaje, palabra, discurso.