De Adolf Hitler, el alemán más temible de todos los tiempos para Occidente y antagónico hollywoodense del mundo, a Donald Trump quien a través de una serie de mensajes mediáticos que parecían irónicos, pero que con el paso del tiempo se fueron haciendo reales, solo hay un paso. El candidato por el Partido Republicano a la presidencia de los Estados Unidos fue mostrando la intolerancia, el racismo y la discriminación como sentimiento identitario y fundante de los Estados Unidos. La blanquitud en el extremo, la distinción fascista vuelve a lograr exaltar los sentimientos nacionalistas de un pueblo tan enajenado, racista, excluyente, inhumano, consumista y contaminante (causante de muchos de los males económicos, políticos, sociales y culturales de este mundo), que han considerado estos síntomas dignos de un país del eje del mal como una opción de gobierno. No hay nada de qué sorprenderse, Donald Trump sólo encarna la historia de los Estados Unidos.
Quien creyó por un instante que con la llegada de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos se manifestaba la síntesis de siglos de luchas de migrantes no-blancos a la nación norteamericana por lograr los derechos de la nación que fue considerada como la cuna de la democracia (Tocqueville), la nación meramente moderna (Weber) y la más cercana a lograr el comunismo (Marx), puede sentirse sin razón, en la orfandad de su esperanza, pues nada de estas condiciones tiene el país norteño. Independientemente, del posible triunfo de Trump en Estados Unidos, se ha evidenciado la verdadera ideología de gran parte de los norteamericanos. En los últimos años, George W. Bush dejó claro el cinismo de una nación criminal y explotadora que puede invadir cualquier lugar del mundo, en aras de los derechos humanos y la democracia. Un policía global que no respeta los derechos humanos ni democráticos. Una nación que considera el racismo como opción política. Donald Trump puede ser un desquiciado de poder, pero su pueblo también. O, ¿cómo pueden ser llamados?
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El famoso “supermartes” sólo confirmó la historia norteamericana. Donald Trump y Hillary Clinton se han consolidado como los líderes en las primarias de los partidos Republicano y Demócrata, respectivamente. El primero ha conseguido diez victorias desde el inicio de la temporada electoral el 1 de febrero: New Hampshire, Carolina del Sur, Nevada, Alabama, Arkansas, Georgia, Massachusetts, Tennessee, Vermont y Virginia. Así, ha acumulado 316 delegados de los 1 237 necesarios para obtener la nominación republicana. La segunda, ha conseguido 1 000 delegados. De ellos, 543 proceden de las urnas de Iowa, Nevada, Carolina del Sur, Alabama, Arkansas, Georgia, Massachusetss, Tennessee, Texas y Virginia. El resto son "superdelegados", un tipo especial de delegado dentro del Partido Demócrata que puede escoger apoyar al candidato que prefiera.
Increíblemente, aun en los estados en los cuáles Trump no logró la victoria, las votaciones fueron muy cerradas, lo cual indica que el discurso racista del candidato repúblicano ha permeado en la sociedad norteamericana y ha revivido el sentimiento supremacista blanco. No es ninguna casualidad que grupos de extrema derecha, homófobos, xenófobos, racistas y anticomunistas que enarbolan la supremacía de la raza blanca estén retomando bríos en los Estados Unidos, como es el caso de Ku Klux Klan (KKK).
Pero Estados Unidos no es la excepción, sino la regla del retorno de la blanquitud y su extremismo. Basta identificar los casos de grupos neonazis y fascistas en Europa para reconocer cómo aquellas ideologías de ultraderecha que parecían erradicadas regresan a un mundo en crisis y donde el propio capitalismo neoliberal, con su fin de las ideologías, permite y auspicia las ideologías más contrarias al republicanismo, la democracia y los derechos humanos.
Estados Unidos vuelve a mostrar el lado más evidente de su historia, la cual se construyó con base en la explotación, la humillación, la xenofobia y profanación de la dignidad humana, la igualdad y la fraternidad entre los seres humanos. Ejemplo de ello, es que aun cuando pierda Donald Trump ante Hillary Clinton, Estados Unidos (tanto gobierno como pueblo) ha mostrado al mundo la vergüenza que representa para la humanidad.
Trump, quizá pierda, y, obviamente, Clinton podría obtener la victoria. Una mujer, la primera, en la presidencia de los Estados Unidos, vencerá al racista Trump, tal y como en historieta postguerra mundial y durante la Guerra Fría. Sin embargo, ha legitimado la contienda con una bazofia humana. Claro está, que Clinton, no por ser mujer no ha atentado contra la dignidad humana, ya que siendo secretaría de Estado también mostró una política imperialista ante el mundo, tan sólo basta recordar los 21 000 soldados norteamericanos enviados a Afganistán durante su gestión.
Hombre, mujer, blanca/o, afrodescendiente, o cualquiera que sea la combinación, buscan afianzar el modelo de blanquitud. Pareciera que ser estadounidense o europeo es convertirse en lo peor de la humanidad. Quizá tenemos nuestros problanquitud en cada país, en cada región, pero pareciera inexplicable que se combatan los fundamentalismos de los Otros y se permitan y refuercen los propios.
Picaporte
Es evidente que hay dos tipos de derechos humanos en México: 1) los que viola el Estado y que defienden organizaciones civiles y religiosas y; 2) los que quiere el Estado a modo.
Los primeros han dejado muchos muertos. Los segundos, que le pregunten al Secretario de Gobernación del gobierno federal, quien sigue afirmando que los informes de violaciones a los Derechos Humanos “no refleja la situación general del país”. ¿En qué país vivirá él?