Desde su mensaje en Palacio Nacional hasta su alusión al poema “Hermandad” de Octavio Paz en la misa de Ciudad Juárez, el papa Francisco abrió horizontes de nuevas lecturas de la realidad, de la condición humana, de la situación de los mexicanos y, sobre todo, de la esperanza que significa el llamado de la Virgen a Juan Diego para construir un santuario donde pueda atender las necesidades de sus hijos, los mexicanos.
En primera instancia, a la clase política, le señaló prácticamente que el bien común es el propósito de toda acción política, y que cuando alguien hace política de grupo para favorecer a los suyos, está de antemano haciendo a un lado el bien común, con lo que su acción se torna antipolítica. Lo mismo pasó con los dirigentes religiosos, los obispos, a quienes los dibujó en un solo trazo: como hombres, peléense, y si se tiene que decir las cosas, díganselas de frente, pero luego, como hombres de Dios, pónganse a orar y a pedirse perdón si se pasaron de la raya.
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En su homilía en la basílica de Guadalupe, la alusión a la imagen de María que acude a ayudar a su prima Isabel, la colocó en un nuevo contexto: la mujer del sí ahora acude en ayuda y al servicio de sus hijos, los mexicanos, por eso pide la construcción de un santuario donde pueda consolar y resolver sus problemas. Eso lo vuelve a pedir ahora, a las generaciones coincidentes de este 2016 para que, como se le pide a Juan Diego, vaya y anuncie este mensaje; y nadie puede quedar excluido. Y más aun: no quiere sino a los sencillos, los que quizá a sí mismos se consideran indignos, insuficientes e incapaces de llevar a cabo la misión:
“en la construcción de ese otro santuario, el de la vida, el de nuestras comunidades, sociedades y culturas, nadie puede quedar afuera. Todos somos necesarios, especialmente aquellos que normalmente no cuentan por no estar a la «altura de las circunstancias» o no «aportar el capital necesario» para la construcción de las mismas.”
En Ecatepec habló de las tres tentaciones en una sociedad como la nuestra: corrupción, vanidad y orgullo, cuando nos aprovechamos de los bienes de otros y cuando agredimos o ignoramos la dignidad humana. Y luego, a ejemplo de Jesús, cómo debe uno responder a las tentaciones. Porque “con el demonio no se dialoga, no se puede dialogar porque siempre nos va a ganar, solamente la fuerza de la palabra de Dios lo puede derrotar.”
En Chiapas fueron elocuentes el perdón pedido a los indígenas, el rezo en la tumba del obispo Samuel Ruiz y el encuentro con las familias; a mí en lo personal me conmovieron tanto el gesto del Papa como el de Manuel, un adolescente enfermo, el uno tomando del otro –el grande tomando del pequeño- esas palabras de “echarle ganas”, porque en la familia –expresó el pontífice-, se le echan ganas porque hay amor, aunque haya peleas de vez en cuando. Y la imagen a la que invita a ver el Papa: unos padres arrodillados ante el hijo enfermo, unidos en su amor y a su servicio. Qué gesto de amor, solidaridad y fe, es decir, esperanza de que las cosas pueden ir mejor.
El mensaje a los jóvenes en Morelia también me conmovió: el valor, la riqueza, dijo, está en ustedes, en lo que son, no en el dinero ni en el poder, ni en el reconocimiento, sino en el valor personal. La riqueza de México son sus jóvenes. Y sí, yo tengo tres jóvenes en casa, que van a la universidad también, que tienen un futuro, que deben abrir ese futuro y transitarlo. Para ello, como lo dijo el Papa, necesitan esperanza y, sobre todo, no perder el encanto de soñar. Y ello resumido en las tres palabras que corearon: riqueza, esperanza y dignidad. Así son los jóvenes, su riqueza son ellos mismos, su esperanza sus sueños y su dignidad por ser personas y por ser discípulos de Jesús. Precisamente de la mano de Jesús los jóvenes pueden descubrir que sus vidas no pueden quedar en manos del narco, de sus mercenarios, de la corrupción o de la indiferencia ante los problemas. Aquí abrió nuevamente los horizontes de la esperanza.
En Ciudad Juárez, el encuentro con los presos me conmovió, al grado de centrarme en esas palabras de cómo la sociedad a veces muestra esas deficiencias que se agudizan en las cárceles, precisamente cuando ya no puede dar alternativas de vida a sus miembros y les abre los caminos de la violencia, la corrupción y la delincuencia. Cuando una sociedad no sabe qué hacer con sus pobres, con sus enfermos o con sus presos, de antemano tiene problemas. Sin embargo, lo más valioso que pude apreciar fue el mensaje central: “Quien ha sufrido el dolor al máximo, y que podríamos decir ‘experimentó el infierno’, puede volverse un profeta en la sociedad. Trabajen para que esta sociedad que usa y tira a la gente no siga cobrándose víctimas.” He aquí la crítica a la sociedad, sobre todo a lo que llamó “cultura del descarte”, del úsese y tírese. Y cómo un preso puede volverse voz para evitar ese cáncer.
Vendrían luego el encuentro con el mundo del trabajo, donde nuevamente volvió a prevenirnos de la cultura del descarte, y la misa vespertina. Ahí, ante el problema de la violencia generada por mafias que aprovechan los vacíos legales y la corrupción para hacer de las suyas con los migrantes y en particular con las mujeres a las que han dado muerte en una espiral de crímenes, pidió actuar como los ninivitas: implorar la misericordia de Dios para transformar el corazón de la sociedad. Hacia el final de la misa, y como respuesta al obispo del lugar, citó a Octavio Paz, cosa que me volvió a conmover (este Papa tiene lo suyo y con esta cita lo pude comprobar):
“Soy hombre: duro poco/ y es enorme la noche./ Pero miro hacia arriba:/ las estrellas escriben./ Sin entender comprendo:/ también soy escritura/ y en este mismo instante/ alguien me deletrea.”
En resumen, esta ha sido una visita que vino a remover los humores más sensibles y nobles del pueblo mexicano (o de una mayoría del mismo), algo que nos hacía falta oír, no porque no lo supiéramos, sino porque siempre es preciso que venga otro y nos lo diga, porque suele ser que, en la escucha del otro, volvemos a nosotros mismos para vernos como en realidad somos. Ese es el efecto Francisco, el habernos hecho ver la gran riqueza que tiene el pueblo mexicano, su fe, su esperanza, sus jóvenes, su sensibilidad, sus sueños. El reto es que todo ello se traduzca en una sociedad que abra espacios para todos, en justicia, dignidad y paz. Es lo que debemos agradecer, me parece, a este hombre vestido de blanco.